Historia

UNIÓN ECLESIÁSTICA EN ALEMANIA

Por unión eclesiástica se entiende la unidad de iglesias de distinto credo en una sola comunión sin cambio de peculiaridades denominacionales, siendo tal unión distintivamente protestante, centrándose esta discusión especialmente en Alemania. Los intentos de unir a la Iglesia católica con otras confesiones no son, hablando estrictamente, unionistas, ya que dicha Iglesia insiste en el reconocimiento de la supremacía del papa, lo que supone un cambio de doctrina y una pérdida de las características denominacionales.

Situación eclesiástica antes de la Unión.
La Reforma resultó en dos confesiones distintas en doctrina, organización y adoración, opuestas la una a la otra, tal como ambas lo eran a la Iglesia católica. En Suiza, Holanda, Escocia y Francia, la reformada fue suprema; en las tierras escandinavas el luteranismo fue triunfante; solo en Alemania existieron las dos juntamente. Aquí los luteranos se opusieron más a la unión que los reformados, siendo la divergencia esencialmente doctrinal y eucarística. La ortodoxia luterana prohibió toda unión durante los siglos XVI y XVII, pero cuando la supremacía de la ortodoxia se vio sacudida por el pietismo y rota por el racionalismo, hubo pensamientos de unión, aunque confinados a individuos, que obtuvieron amplia difusión. El pietismo, al poner todo su énfasis en la intensidad de la piedad, la experiencia personal y la vida cristiana, consideró claramente las virtudes de otras confesiones cristianas, junto a su falta de simpatía por las distinciones denominacionales. El racionalismo, opuesto al pietismo y a la ortodoxia, que estaban unidos en su adhesión a la revelación, negó que la religión fuera específicamente cristiana, siendo, por tanto, indiferente al sectarismo. Al mismo tiempo, los racionalistas cuando defendieron la unión, procuraron la promoción de la tolerancia y el consecuente desarrollo del cristianismo en una religión universal. Entonces comenzó el avivamiento del cristianismo bíblico a principios del siglo XIX. Sin embargo, esta nueva piedad, no tenía tendencias sectarias, sintiéndose luteranos, reformados y católicos esencialmente uno. Las dos confesiones protestantes se consideraban pertenecientes a la misma Iglesia, siendo las diferencias externas indeseables y el espíritu denominacional que, un siglo antes, se había mantenido por causa de la verdad, ahora era considerado culpable por causa de la verdad.

Literatura defensora de la unión.
Esto se puso de manifiesto en el dominio de la literatura. En 1703 Winkler, inspector en Halle, por su Arcanum regium (un plan de unión que sugirió a Federico I, según el cual nadie podía ser pastor sin haber estudiado en Halle) desató una avalancha de protestas; en 1803 la obra de G. J. Planck, Ueber die Trennung und Wiedervereinigung der getrennten christlichen Hauptparteien (Tubinga, 1803) halló aprobación general, cuando defendió la introducción cauta de la unión en al menos un área limitada. Schleiermacher, en su Zwei unvorgreifliche Gutachten in Sachen des protestantischen Kirchenwesens, zunächst in Beziehung auf den preussischen Staat (Berlín, 1801), insistió en el abandono de los antagonismos sectarios, aunque no de las distinciones denominacionales. Sin embargo, tal unión parecía aconsejable sólo cuando su necesidad fuera sentida de forma general y clara, como en Prusia; él mantuvo que debía efectuarse sin interferencia con la doctrina o liturgia, quedando bajo el mandato del Estado. Unos años más tarde apareció Ueber die Vereinigung der beiden protestantischen Kirchengemeinden in der preussischen Monarchie de F. S. G. Sack (Berlín, 1812), quien había, en 1798, propuesto una liturgia conjunta para luteranos y reformados en Prusia. Al revés que Schleiermacher, Sack mantuvo que era necesario un credo para la Iglesia unida, sugiriendo el Credo de los Apóstoles y la Confesión de Augsburgo con ese propósito; igualmente sustituía la autoridad del Estado por el consentimiento del clero de las dos iglesias y la aprobación de la gran mayoría de sus miembros.

Comienzos en Nassau, Prusia y otras partes.
Los planes para la unión recibieron un importante impulso por el trescientos aniversario de la Reforma en 1817. El comienzo fue en Nassau, donde, a sugerencia del gobierno, se convocó un sínodo en Ildstein de 38 clérigos delegados por el Estado, pensándose que la mejor celebración del evento conmemorado sería la unión de ambas confesiones protestantes en el ducado bajo el nombre de Iglesia cristiana evangélica. Su propuesta fue bien recibida por el sínodo y el pueblo, no siendo hasta después que varios luteranos se separaron de la Iglesia nacional y formaron una iglesia luterana distintiva en Steeden. En Prusia la introducción de la unión estuvo relacionada con el mismo suceso en Nassau, aunque aquí llevó un desarrollo preliminar más largo. Desde principios del siglo XVI luteranos y reformados habían disfrutado de iguales privilegios en el electorado de Brandeburgo y el deseo de reconciliar las diferencias religiosas de sus súbditos y de unir a los protestantes en sus dominios había hecho que los Hohenzollerns defendieran la unión. Por tanto, Federico Guillermo III fue fiel a las tradiciones de su casa cuando, en su proclamación del 27 de septiembre de 1817, instó a la unión de luteranos y reformados en una nueva Iglesia cristiana evangélica. La apelación real fue gozosamente secundada, especialmente en las porciones occidentales de Prusia e incluso fuera del reino, hallando sólo oposición esporádica.

Desarrollo en Prusia.
Mientras tanto, en Prusia se estaban haciendo esfuerzos, tras 1814, para reorganizar la Iglesia y en 1817 y los años siguientes se introdujo un sistema sinodal-presbiteriano, que pronto demostró ser impracticable. El rey se vio obligado a hacerse cargo del asunto en mayor medida de lo que originalmente se había planeado. Bajo las condiciones entonces prevalecientes, la realización de la unión quedó casi totalmente restringida a la liturgia, especialmente porque, desde el mismo principio, la aceptación de un servicio común de comunión se consideró la aceptación de la unión. Hasta entonces, durante el periodo racionalista, el capricho había sido dominante en la liturgia, pero Federico Guillermo, inclinado hacia los usos honrados por el tiempo y captando las ventajas del antiguo orden de adoración, insistió ahora en la necesidad de una nueva liturgia para la Iglesia prusiana. Siendo un ferviente admirador de Lutero, la liturgia se modeló según líneas luteranas; aunque no podía ni quería forzar la unión, el rey sintió que podía, en virtud de su poder eclesiástico, ordenar la aceptación de una nueva liturgia. Pero los resultados fueron totalmente insatisfactorios, al ser demasiado luterana para los reformados y sospechosamente poco luterana para los luteranos. Incluso los presbiterios reformados dispuestos a la unión rechazaron esta liturigia, desembocando la oposición al ritual en oposición a la unión misma y después en la separación de los luteranos prusianos de la Iglesia nacional unida. Tal espíritu de resistencia a la nueva liturgia no se habría producido de no haber habido un cambio trascendental en las convicciones religiosas. El poder del racionalismo, con su indiferencia religiosa, había sido roto, siendo perceptible en todas partes un regreso a las enseñanzas de la Iglesia. Como consecuencia, surgieron varias tendencias que interpretaron la naturaleza y propósito de la unión en formas muy diferentes. Algunos valoraban la unión por ser una abolición del sectarismo; otros por representar los elementos comunes de las enseñanzas protestantes; todavía otros, como negación de la validez de las doctrinas luteranas en las iglesias históricamente luteranas o de las enseñanzas reformadas en los cuerpos reformados análogos. El cambio indicado se reflejó en declaraciones oficiales sobre la unión. En 1817 la unión significó el establecimiento de una nueva Iglesia cristiana evangélica, por la amalgama de dos confesiones protestantes separadas. En la orden ministerial del 28 de febrero de 1834 la unión no abrogaba nada, implicando sólo un espíritu de tolerancia no dispuesto a permitir puntos individuales de doctrina que formaran una barrera para la unidad religiosa externa. Las tendencias denominacionales dentro de la unión alcanzaron su punto álgido en la orden ministerial del 6 de marzo de 1852, que promulgaba que el consejo protestante supremo estaba facultado para representar a la Iglesia nacional evangélica en conjunto y para mantener y proteger los derechos de las diferentes confesiones y las instituciones basadas en esas confesiones, añadiendo que, en asuntos que pudieran determinarse sólo sobre la base de una de las dos confesiones, las decisiones se tomarían no según los votos de todos los miembros, sino sólo de los que pertenecieran a la denominación concernida. El desarrollo de la organización de la Iglesia nacional en Prusia desde 1873 no ejerció influencia directa sobre la unión, ya que se declaró explícitamente que esta organización no concernía a la unión o posición denominacional.

Situación presente.
Los hombres que propusieron y las iglesias que aceptaron la unión no hicieron algo incorrecto; el problema surgió primero cuando los de diferentes convicciones se vieron impedidos para actuar coordinadamente. La cuestión se agudizó cuando se consideró lo correcto o incorrecto de la unión. Este asunto ha sido discutido durante más de cuatro siglos y es muy probable que nunca tenga una respuesta definitiva, pues su solución no depende de hechos objetivos, sino del juicio sobre el valor de la unidad, la definición de la enseñanza de la Iglesia y la uniformidad de las ordenanzas eclesiásticas. Este juicio necesariamente varía según el individuo, siendo imposible la uniformidad absoluta de pensamiento y conducta, por más general que pueda ser el consenso de opinión. Tanto los defensores como los adversarios de la unión tienen un cierto grado de justificación y el hecho de que los oponentes del movimiento prevalecieran en los siglos XVI y XVII se debió a las condiciones del tiempo. Ninguna iglesia denominacionalmente luterana puede mantener una actitud hostil hacia las reformadas y en casi cada iglesia los reformados son admitidos a la Cena como invitados, debiéndose las pocas excepciones a los pastores más que a las congregaciones. La asociación extendida con miembros de otras denominaciones ha tendido a disminuir las distinciones sectarias, al mostrar los muchos puntos de creencia común y el progreso en el pensamiento teológico ha desembocado en una transformación completa del espíritu sectario prevaleciente en el siglo XVI. Por tanto, en la medida que han ganado reconocimiento general los puntos de acuerdo entre luteranos y reformados, se ha puesto menos énfasis en los divergentes. No obstante, los principios distintivos de las dos confesiones, que son más que diferencias eucarísticas, todavía permanecen. La unión ha fracasado en removerlas y, en la actual situación, no se vislumbra un cambio en el horizonte.