Historia

UTILITARISMO

Utilitarismo es la idea filosófica que puede considerarse desde dos puntos de vista diferentes, desde la teoría ética abstracta o desde la relación práctica con las instituciones sociales y políticas.

Definición.
En Inglaterra, donde el utilitarismo tuvo sus exponentes más importantes, normalmente se enfoca desde el lado práctico y está definido en la bien conocida fórmula: "La mayor felicidad para el mayor número posible." En el continente europeo y en América, donde el utilitarismo es conocido principalmente como una entre varias teorías éticas, se considera sinónimo de hedonismo y se define como la doctrina de que las acciones derivan su carácter moral de sus consecuencias, o, que las acciones son correctas cuando promueven la felicidad e incorrectas cuando producen miseria. El valor ético de una acción depende, y deriva, de su utilidad. Sin embargo, una acción puede ser útil para el individuo solamente o para la sociedad. Esta distinción en la extensión de la utilidad lleva a otra. El individuo generalmente considera acciones útiles las que producen placer, lo cual es el hedonismo egocéntrico, pero si mira sus acciones no tanto desde el punto de vista del placer individual sino de la felicidad, encuentra que ésta está estrechamente relacionada con la felicidad de sus semejantes y si actúa con la idea de promover la felicidad general, es un hedonista altruista, o, apropiadamente hablando, un utilitarista.

Historia.
El utilitarismo está histórica y teóricamente relacionado con las escuelas clásicas cirenaica y epicúrea de filosofía. La doctrina de esas escuelas era principalmente el hedonismo egocéntrico. Como doctrina del hedonismo altruista, se dice que el utilitarismo tuvo su origen en el publicista italiano Cesare Marchese de Beccaria Bonesana (1735-94). Sin embargo, esa doctrina ha sido relacionada generalmente con la filosofía inglesa, ya que Inglaterra no sólo ha producido los más antiguos y mejores exponentes de este sistema, sino también los defensores más vigorosos de las consecuencias prácticas de esta teoría.

Richard Cumberland
Richard Cumberland
Cumberland, Berkeley y Hume.
Richard Cumberland (1631-1718) fue el primer filósofo en proponer un sistema utilitarista. Las claves para su doctrina son las declaraciones de que los sentimientos son por naturaleza tanto egoístas como altruistas y que el hombre se adapta a la sociedad por los segundos. La racionalidad subraya los sentimientos altruistas en este aspecto en dos maneras: primero, capacitando para reconocer que el propio bien está indisolublemente conectado con el de la sociedad y guiando de este modo a una conducta moralmente objetiva a partir de los motivos egoístas; segundo, capacitando para reconocer y desear lo bueno en uno mismo y para sí mismo. Lo "bueno" lo define Cumberland como lo que perfecciona la mente y el cuerpo. Sin embargo, Cumberland es en alguna manera ambiguo sobre lo que tiende en esa dirección y habla con frecuencia de felicidad como lo bueno. La felicidad es placer dependiendo (1) de las actividades normales no impedidas de mente y cuerpo; (2) de un tranquilo marco de mente, que está condicionado a veces por circunstancias externas, a veces por el sentimiento de que se ha actuado consistentemente y otras por la conciencia de que se ha actuado por el bien común y (3) por el saber que otros son felices. George Berkeley (1685-1753) es el padre del "utilitarismo teológico." Por este término se entiende el intento de reconciliar los motivos de acción egoístas con la moralidad. Si el propio interés es el principio determinante de la naturaleza humana, ha de mostrarse que el interés del individuo demanda una acción moral. Pero esto no siempre puede demostrarse, particularmente si la sanción sobrenatural se desprecia, ya que ningún hombre es capaz de predecir las consecuencias de sus actos. Solo la omnisciencia divina puede hacer eso y formular reglas de acción que tenderán hacia el bienestar de todos los hombres y todas las naciones y, por tanto, hacia el bienestar del individuo. Las sanciones sobrenaturales son por tanto necesarias para producir acciones morales. David Hume (1711-76) argumentó firmemente que los hombres nunca aprueban ninguna cualidad de la naturaleza humana que al menos no parezca ser útil o agradable. Una distinción moral sólo es posible sobre la base de la utilidad y el placer o de la inutilidad y el dolor. Sin embargo, la utilidad y el agrado deben extenderse más allá de uno mismo a otros y la consideración de otros ha de ser un sentimiento de humanidad que puede razonablemente ser considerado la causa última de todo fenómeno moral. Pudiera suceder que al actuar según este sentimiento el individuo se convierta en perdedor; pero la tranquilidad mental y la conciencia de integridad, tan necesaria para la felicidad, serán no obstante cultivadas y deseadas por todo hombre verdadero. Hume liberó al utilitarismo del dogma de que el motivo del agente siempre, en último análisis, es egocéntrico, y defendió las tendencias altruistas de la naturaleza humana.

Jeremy Bentham, detalle de un óleo pintado porH.W. Pickersgill, 1829; National Portrait Gallery, Londres
Jeremy Bentham, detalle de un óleo pintado por
H.W. Pickersgill, 1829; National Portrait Gallery, Londres
Bentham, Mill y Spencer.
Jeremy Bentham (1748-1832) subrayó la motivación del aspecto placentero de las acciones, pero principalmente aquellas que dan placer al hacedor. Distinguió trece clases de placeres con sus correspondientes sufrimientos: propósito, riqueza y privación, habilidad y dificultades, amistad y enemistad, reputación y desgracia, poder, piedad, benevolencia y malevolencia, memoria, imaginación, expectación y asociación. Sólo dos de esas clases, benevolencia y malevolencia, se refieren al prójimo; todas las demás conciernen sólo al individuo. John Stuart Mill (1806-73) redondeó el sistema del utilitarismo, lo liberó de su estrechez y lo hizo aceptable para teólogos y estadistas. Por su insistencia sobre el "carácter adquirido" de los sentimientos morales subrayó su naturaleza social como nadie lo había hecho hasta entonces, dando a este sistema de ética una importancia en la vida inglesa que a duras penas cualquier otra filosofía había tenido. Esta gran influencia se debe a su proposición de que el espíritu público desinteresado debería ser el motivo prominente en la realización de toda obra social útil y que, aun los preceptos sanitarios deberían inculcarse no principalmente sobre bases de prudencia, sino porque "despilfarrar nuestra salud nos impide prestar servicios a nuestros semejantes." Herbert Spencer (1820-1903) introdujo el principio del desarrollo racial paulatino en los conceptos del utilitarismo. Siempre había sido una dificultad insuperable para los utilitaristas demostrar cómo el principio de felicidad general podía surgir del de felicidad personal, ya que la experiencia demuestra que las acciones para el bienestar general frecuentemente entran en conflicto con los intereses y la felicidad personal. Spencer intentó mostrar que su transformación es casi imposible en lo individual, pero que es probable en el conjunto por el lento y gradual acrecentamiento que el individuo hereda al hacer otros tratos favorables en la lucha por la existencia. El hábito de actuar con la idea de la felicidad de otros es una ventaja para cualquier pueblo o nación y, por tanto, es probable que con inteligencia creciente los principios de benevolencia sean desarrollados y eventualmente heredados por el individuo, que los practicará tan naturalmente como los del interés personal.

John Stuart Mill
John Stuart Mill
Doctrinas del utilitarismo.
La conexión entre utilitarismo y hedonismo es estrecha y muchos defensores del primero han tenido dificultades en separar su sistema del segundo; algunos de ellos han propugnado más o menos abiertamente el hedonismo y han intentado liberarlo sólo de sus implicaciones más groseras. Un bosquejo del sistema de Bentham en su forma más completa (Principles of Morals and Legislation, Londres, 1789) lo aclara. Él comienza con la proposición hedonista y utilitarista de que el deseo de placer y el temor al dolor son los únicos motivos que pueden influenciar a la voluntad humana y que la obtención de la mayor felicidad posible es, por tanto, el interés supremo de cada individuo. Sin embargo, la sociedad consiste de individuos y debe estar motivada por el mismo deseo de felicidad; esto se traduce en la obtención de la mayor felicidad posible por todos los miembros que la componen. Sin embargo, esta felicidad para uno y para todos queda amordazada sólo por las consecuencias resultantes de las acciones que en la experiencia individual y de la raza han quedado registradas. La experiencia muestra que las acciones agradables son útiles en conjunto y las desagradables son inútiles, salvo como señales de aviso. El principio de utilidad o de la mayor felicidad es, consecuentemente, la única prueba de moralidad, ya que significa utilidad en el sentido más amplio. El carácter moral de una acción está determinado por un cálculo de los placeres y dolores envueltos en los elementos que la constituyen. El placer y el dolor pueden ser mayor o menor según la intensidad, duración, certeza o incertidumbre, cercanía o distancia, fuerza de expectación, fecundidad, pureza y extensión, es decir, por el número de personas afectadas. El placer y el dolor tienen diferentes fuentes o sanciones: físico, político, moral y también religioso, ya que Dios mismo quiere que sus hijos sean felices. La facultad moral, con la cual sólo la ética está relacionada, está constituida por la buena voluntad o benevolencia, el amor de la amistad, el amor a la reputación y los dictados de la religión y la prudencia. Los sistemas éticos que no están en acuerdo con el utilitarismo se pueden dividir en dos clases: los ascéticos, que desaprueban las acciones en proporción al aumento de felicidad y las aprueban en la medida que la disminuyen y los de simpatía. John Stuart Mill es el mejor representante del utilitarismo posterior. Él sostiene en su Utilitarianism (1863) que el criterio de moralidad, el fundamento de moralidad y el bien principal son idénticos. Sobre esta base argumenta que la firmeza y consistencia de las creencias morales de la humanidad se debe principalmente a la influencia tácita del utilitarismo, porque esta doctrina pone ante los hombres como bien principal la mayor felicidad no del individuo, sino de la raza. Pero el utilitarismo descansa sobre una distinción de placeres en clases: elevado y ruin, noble e innoble. Si los hombres hacen esta distinción, serán guiados a reconocer el poder de sacrificar su propia felicidad por la de sus semejantes, porque las acciones de esta clase pueden ser más útiles a la raza. En la vida cotidiana el hombre no calcula, como norma, las consecuencias de sus acciones, porque la conciencia ha dotado a la utilidad de fuerza obligatoria, suficiente para dirigirlo a la acción correcta. La justicia es una forma de utilidad y significa originalmente el deseo animal de repeler un daño o una represalia, pero se amplía hasta incluir a todas las personas mediante la capacidad humana para aumentar la simpatía y la noción del propio interés inteligente.

James Mill (1773-1836) contribuyó con algunos otros elementos. Las acciones útiles son de cuatro clases: actos de prudencia, fortaleza, justicia y benevolencia; las dos primeras incluyen actos primordialmente útiles para nosotros y secundariamente para otros, las dos últimas son aquellas primordialmente útiles para otros y secundariamente para nosotros. Los sentimientos morales son un crecimiento complejo, del que los constituyentes últimos son las sensaciones placenteras y dolorosas; por ejemplo, el desinterés es un hecho real que se ha desarrollado a patir de su asociación con el interés personal y se ha separado de sus raíces originales.

Crítica.
El utilitarismo como teoría de la vida es inadecuado (1) por su motivo y (2) por su principio fundamental. La moralidad está basada en el concepto del deber. Los utilitaristas contemplan el placer y el interés propio como las raíces originales de la moralidad. Pero el deber nunca puede desarrollarse desde esas raíces. Es fácil mostrar que la virtud es útil, pero imposible demostrar que la virtud es una derivación de la utilidad. Cuando los utilitaristas se acercan a este punto crucial apelan o bien a la voluntad de Dios (John Austin), o a la autoridad de la ley (Alexander Bain) o al sentimiento de la conciencia (John Stuart Mill). La teoría falla tanto respecto a la suficiencia del motivo como a su consistencia lógica. El principio fundamental del utilitarismo es el cálculo de las acciones. El hombre actúa en vista de los efectos agradables o desagradables, tanto para sí mismo como para otros. Eso sería una buena norma a seguir si el hombre fuera omnisciente. Pero ya que está limitado en su conocimiento debe actuar en muchos casos según la ley del precepto, ya sea divino o humano. Pero desde el momento que lo hace, abandona el principio utilitario y obedece alguna norma, ya sea de Dios o del hombre. Si se toma como guía el principio de "la mayor felicidad para el mayor número posible", no proporciona bases para el cómputo del placer y el dolor, ya que nadie puede saber lo que dará placer o dolor a otros. Dolores y placeres difieren no sólo entre diferentes individuos, sino en diferentes clases y etapas de la civilización. Fue la imposibilidad de fijar normas en lo fluctuante del dolor y felicidad lo que hizo que Herbert Spencer dijera: "Por tanto, si el método del hedonismo egocéntrico es insatisfactorio, mucho más insatisfactorio por las mismas clases de razones es el método del hedonismo universalista o utilitarismo" (Principles of Ethics, i. 155, Londres y Nueva York, 1910).