Wilsnack es el nombre de una localidad alemana que desde 1383 a 1552 fue uno de los más destacados lugares de
peregrinaje en esa nación, en medio de la batalla cuando diversas tendencias en la teología del siglo XV salieron a la luz y mientras los intereses eclesiásticos, territoriales y financieros, chocaban violentamente. En una lucha entre un tal Von Bülow y el
obispo de
Havelberg, la ciudad y la iglesia de Wilsnack quedaron reducidas a cenizas. El relato dice que tres
hostias fueron rescatadas de las ruinas, chamuscadas solo en los bordes y en medio de cada una había como una gota de sangre; cuando fueron llevadas a la iglesia vecina de Gross-Lüben sucedió otro milagro, haciéndose las hostias luminosas y llameantes sin destruirse. El portento atrajo multitud de peregrinos y el obispo Dietrich II (1370-85) dirigió una investigación; nuevos milagros disiparon cada duda y la peregrinación creció. El obispo comenzó la construcción de una nueva iglesia, para la cual el
papa Urbano VI otorgó la acostumbrada
bula, pero sin mencionar la "maravilla de la sangre"; sin embargo, el
arzobispo de
Magdeburgo la explotó debidamente. El obispo Johann Wöpelitz de Havelberg procuró para sí mismo los derechos del lugar, obteniendo de
Bonifacio IX en 1395 una bula que incorporaba la nueva iglesia, con la obligación de mantener un
vicario perpetuo allí. El obispo tomó un tercio de los ingresos de las ofrendas de los peregrinos y la venta de modelos de cuero de las hostias portadoras de sangre. La peregrinación se extendió desde todos los lugares, convirtiéndose el lugar en una ciudad. Pero la oposición comenzó a levantar la voz, especialmente desde Praga, mostrando una investigación que había habido manipulación
sacerdotal. Un
sínodo en Praga en 1405 prohibió la peregrinación al lugar y
Hus escribió sobre el tema en su
De omni sanguine Christi glorificato. En 1412 un sínodo en Magdeburgo acometió el asunto, proponiendo al obispo de Havelberg una serie de preguntas que facilitaran un informe que acusara de fraude al
clero, negando credibilidad al descubrimiento del milagro y afirmando que no hubo sangre ni nada semejante. En Havelberg se intentó eludir el asunto afirmando que era el
sacramento de la sangre lo que era honrado y dejando a los peregrinos que veneraran el milagro; una cuarta hostia consagrada nuevamente fue añadida a las tres anteriores. La
polémica literaria continuó y fue llevada por Heinrich Tocke, profesor de teología en
Erfurt y hombre de espíritu reformador; pero su representación no tuvo efecto sobre el
concilio de Basilea, en el que acompañó al arzobispo; su apelación fue efectiva con el obispo de Havelberg, hasta el punto de que éste prohibió a su clero difundir los cuestionables relatos de milagros realizados. Una investigación de las hostias mostró que fueron prácticamente calcinadas, quedando sólo la forma, sin signos de sangre. Aunque su celo por reforma chocó contra los diversos intereses creados, el arzobispo convirtió la batalla contra la peregrinación en un medio de avance de su
diócesis; el obispo de Havelberg alistó en ayuda de su interés financiero en el asunto los intereses políticos de los terratenientes locales, cuyo
patrocinio eclesiástico era elevado. En 1445 el nuevo arzobispo de Magdeburgo, conde Friedrich von Beichlingen, tomó el lugar de Tocke, mientras que Federico II tomó en defensa del milagro de Wilsnack a Matthias Döring, el
provincial franciscano. El obispo de Havelberg eludió los intentos del arzobispo de tratar con él personalmente y el asunto fue llevado a Roma para una decisión, en un momento cuando el reconocimiento, por el papa
Eugenio IV de Federico era necesario, con el resultado de un pronunciamiento cauto y evasivo, en el sentido de que era el sacramento lo honrado y no las hostias de sangre. Döring atacó a Tocke acusándole de ser
husita; los teólogos de Erfurt lo desaprobaron, pero se convirtió en una cuestión ante un sínodo provincial. Federico se quejó al arzobispo de Magdeburgo contra Tocke y otros, procurando la renovación de la bula de Eugenio IV por Nicolás (1447), protegiendo los derechos de Havelberg, cuyo obispo ofrecía ahora resistencia pasiva al arzobispo. En un sínodo en 1451 el
legado papal (
Nicolás de Cusa) prohibió la exhibición de las hostias supuestamente sangrientas y los modelos de cuero, lo que hizo que la peregrinación bajara en número. A su vez, los de Havelberg procuraron la
excomunión del arzobispo, llenando de bandos su territorio. En 1453 Nicolás publicó una bula liberando a ambas partes de las censuras a las que estaban sujetos, prohibiendo que hubiera nuevas diatribas y recompensando al arzobispo por los daños sufridos; el resultado fue en conjunto favorable a Havelberg, quedando el arzobispo obstruido de oponerse a esa sede que quedaba protegida.
La batalla literaria continuó y el cartujo Jacobo de Jüterbog y el agustino Jahnn von Dorsten de Erfurt la dirigieron. El objeto del ataque no era la trampa sacerdotal, sino la manía por la peregrinación, que era semejante a una plaga. Cuando la Reforma comenzó, Wilsnack era todavía muy popular como meta de peregrinación. No se tomaron medidas prácticas hasta 1548, quedando los poderes eclesiástico y civil fieles a Roma. En ese año Joachim Ellefeld, un predicador evangélico, fue nombrado, aunque el capítulo le obligó a dejar el ceremonial sin tocar. Pero Johann Agrícola exhortó a Ellefeld a extirpar la idolatría, entrando en la iglesia y quemando las hostias. En la indignación, el capítulo encarceló a Ellfeld. Pero lo que había sucedido es que éste no había quemado la hostia consagrada recientemente, por lo que fue puesto en libertad por el elector el 11 de noviembre de 1552. Desde ese tiempo la iglesia fue evangélica, aunque peregrinaciones de distintas regiones continuaron haciendo visitas a la iglesia durante algunas décadas. No obstante, la hostia ensangrentada de Wilsnack proporcionó un modelo que otros lugares emplearon.