Historia

WORMS, DIETA DE

Dieta de Worms es la importante asamblea ante la cual Lutero fue obligado a comparecer, cerrando el primer período de la Reforma y mostrando al mundo que el movimiento comenzado era más grande que el que inició Hus y que probablemente tomaría otros derroteros. Lutero llegó el martes 16 de abril de 1521 y fue alojado en la casa de los Caballeros de San Juan. Al día siguiente, a las seis de la tarde, apareció ante la dieta convocada en el palacio episcopal.

Representación del calzado de Lutero en el lugar donde compareció ante Carlos V en WormsFotografía de Wenceslao Calvo
Representación del calzado de Lutero en el lugar donde compareció ante Carlos V en Worms
Fotografía de Wenceslao Calvo
El siguiente texto recoge el discurso de Martín Lutero ante el emperador y los príncipes en Worms:
'Serenísimo Señor Emperador, Ilustrísimos Príncipes, Clementísimos Señores: a la hora que se me fijó anoche comparezco obediente y suplicando por la misericordia de Dios que Vuestra Serenísima Majestad y Vuestras Ilustrísimas Señorías se dignen escuchar clementes esta causa que es justa y recta tal como yo lo espero y perdonar benignamente si no le hubiera dado a alguien por impericia los títulos que le corresponden o si de alguna manera hubiera pecado contra las costumbres y el ceremonial de la corte, puesto que no soy hombre acostumbrado a ella, sino a las celdas del convento. No puedo declarar sobre mí otra cosa sino lo que hasta ahora he enseñado y escrito con simplicidad de corazón, teniendo en vista sólo la gloria de Dios y la sincera instrucción de los fieles cristianos.
Serenísimo Emperador, Ilustrísimos Príncipes, Vuestra Serenísima Majestad me propuso ayer dos preguntas, a saber, si yo reconocía como míos los libros nombrados y editados bajo mi nombre y si quiero perseverar en ellos defendiéndolos o si deseo revocarlos. Di una respuesta pronta y clara a la primera y en esto persisto hasta ahora y persistiré eternamente, es decir, estos libros son míos y yo los publiqué bajo mi nombre, a no ser que hubiera sucedido en el ínterin por casualidad que alguno de mis émulos, ya sea por astucia o por sagacidad importuna, hubiese cambiado algo en ellos o sacado taimadamente una parte, puesto que plenamente no reconozco nada que no pertenezca a mí solo y no haya sido escrito por mí mismo con exclusión de toda interpretación sutil de cualquiera.
Al contestar a la segunda pregunta, ruego que Vuestra Serenísima Majestad y Vuestras Señorías se dignen notar que no todos mis libros son de una misma clase.
Hay, pues, algunos en los cuales he expuesto la fe religiosa y la moral de una manera tan sencilla y evangélica que los mismos adversarios se ven compelidos a admitir que son útiles, inofensivos y clara-mente dignos de ser leídos por cristianos. Incluso la bula, si bien es impetuosa y cruel reconoce que algunos son inocuos, aunque los condene también con un criterio verdaderamente monstruoso. Por lo tanto, si yo empezase a revocarlos, os ruego: ¿qué haría sino condenar como único entre todos los mortales esta verdad que amigos y enemigos por igual confiesan pugnando sólo frente al criterio concorde de todos?
Otra clase de libros la componen aquellos que atacan al papa y a los asuntos de los papistas en cuanto que sus doctrinas y sus pésimos ejemplos han devastado al mundo cristiano mediante un mal que afecta tanto al cuerpo como al espíritu. Nadie puede negarlo o disimularlo, porque la experiencia de todos y las quejas universales atestiguan que por las leyes del papa y por doctrinas humanas las conciencias de los fieles fueron enredadas, vejadas y torturadas en la forma más horrible, mientras la increíble tiranía devoró los bienes y el patrimonio, sobre todo en esta ínclita nación alemana y aún sigue devorándolos sin cesar hasta el día de hoy por medios indignos, mientras ellos mismos por sus propios decretos (como dist. 9 y 25, g. 1 y 2) advierten que las leyes y las doctrinas del papa han de tenerse por erróneas y réprobas cuando se oponen al Evangelio y a las sentencias de los Padres. Por consiguiente, si yo revocara también estos libros no habría hecho otra cosa que fortalecer más la tiranía y abrir ya no las ventanas, sino las puertas a tanta impiedad que robaría más amplia y más libremente de lo que se ha atrevido a hacerlo jamás hasta este momento. Y por el testimonio de esta revocación mía, el reino de su maldad muy licenciosa y del todo impune se hará completamente intolerable para el mísero vulgo y, no obstante, quedaría fortalecido y consolidado, principalmente si divulgasen la noticia de que yo lo hice en virtud de la autoridad de Vuestra Serenísima Majestad y de todo el Imperio Romano. ¡Oh Dios mío, qué tapujo sería yo para la malignidad y tiranía!
El tercer género lo componen los libros que escribí contra algunas personas privadas y (como ellos dicen) distinguidas, es decir, las que se empeñaban en defender la tiranía romana y en aniquilar la piedad que yo enseñaba. Confieso que he sido más acerbo de lo que corresponde a mi estado de monje profeso. No quiero tampoco pasar por santo ni estoy disputando sobre mi vida, sino sobre la doctrina de Cristo. No es correcto tampoco que revoque estos escritos porque, debido a semejante retractación, nuevamente podría acontecer que bajo mi patrimonio reinasen latiranía y la impiedad y se enseñaran contra el pueblo de Dios de una manera más violenta que nunca.
Sin embargo, como soy hombre y no Dios, no puedo defender mis libritos con otra protección que con aquella que el mismo Señor mío Jesucristo defendió su doctrina. Cuando ante Anás lo interrogaron sobre su doctrina y un criado le dio una bofetada, dijo: "Si he hablado mal, testifica en qué está mal". Si el mismo Señor que sabía que no podía errar, no obstante, no se negó a escuchar un testimonio contra su doctrina, ni siquiera por el siervo más vil, cuánto más yo, que soy una hez capaz sólo de errar, debo desear y esperar que alguien quiera dar testimonio contra mi doctrina. En consecuencia, Vuestra Serenísima Majestad e Ilustrísimas Señorías, ruego por la misericordia de Dios, que cualquiera en fin, ya sea el más alto o el más bajo, con tal que sea capaz, de testimonio, me convenza de mis errores y los refute por medio de escrituras proféticas y evangélicas. Estaré del todo dispuesto, si me convencen, a renunciar a cualquier error y seré el primero en arrojar mis libros al fuego.
Creo que por mis declaraciones queda patente que he considerado y examinado bastante los riesgos y peligros como asimismo las pasiones y disensiones que se produjeron en el mundo con ocasión de mi doctrina y de los cuales me amonestaron ayer grave y fuertemente. Pero el aspecto más agradable en estos asuntos lo constituye para mí el ver que surgen pasiones y disensiones a causa de la Palabra de Dios. Es, en efecto, el camino, la oportunidad y el resultado de la Palabra Divina, como Cristo dice : "No he venido para traer paz, sino espada. He venido para poner en disensión al hombre contra su padre, etc.". Por ello, hemos de pensar cuán maravilloso y terrible es nuestro Dios en sus consejos para que aquello que aplicamos con el objeto de aplacar las pasiones no se transforme por ventura más bien en un diluvio de males intolerables, si empezamos a condenar la Palabra. Y hay que procurar que no resulte infeliz y desafortunado el gobierno de este adolescente óptimo, el Príncipe Carlos (en el cual después de Dios se cifra gran esperanza). Podría ilustrar esta afirmación con abundantes ejemplos tomados de las Escrituras: el faraón, el rey de Babilonia, los reyes de Israel se arruinaron completamente cuando trataban de pacificar y estabilizar sus reinos mediante consejos sapientísimos. Es el mismo Dios que "prende a los sabios en la astucia de ellos" y que arranca los montes antes que se den cuenta". Por tanto, es menester temer a Dios. No digo esto porque jefes tan altos necesiten de mi enseñanza y admonición, sino porque no debería sustraerme a la debida obediencia a mi Alemania. Y con estas palabras me encomiendo a Vuestra Majestad Serenísima y a Vuestras Señorías, rogando humildemente que no toleréis que por los celos de mis adversarios sin causa alguna quede aborrecible para vosotros.
He dicho.'
El funcionario de Tréveris conminó a Lutero de la siguiente manera, primero en latín y luego en alemán:
'Martín Lutero, su Majestad Imperial, sagrada y victoriosa (sacra et invicta), aconsejado por todos los estados del Santo Imperio Romano, ha ordenado que comparezcáis aquí, ante el trono de su majestad para que os retractéis y retiréis, de acuerdo a la fuerza, la forma, el significado de la citación-mandato decretada contra vos por su majestad y que os ha sido legalmente comunicada, los libros, tanto en latín como en alemán que habéis publicado y desparramado por todas partes junto con su contenido: por lo tanto yo, en el nombre de su majestad imperial y de los príncipes del Imperio os pregunto: Primero: ¿Confesáis que estos libros expuestos ante vuestra presencia (le mostró una porción de libros escritos en latín y en alemán) y que ahora nombramos uno por uno, que han circulado con vuestro nombre en la portada, son vuestros, y reconocéis que os pertenecen? Segundo: ¿Queréis retractaros y retirarlos y su contenido, o es vuestra intención aferraron a ellos y refirmarlos?'
A lo que Lutero pidió tiempo para meditar su respuesta, concediéndosele un día de plazo. Al día siguiente, tras ciertos prolegómenos, el funcionario le exigió una respuesta precisa, a lo que Lutero respondió:
'Si su Majestad Imperial desea una respuesta llana, se la daré, neque cornutum neque dentatum, y es ésta: Me es imposible retractarme, a menos que se me pruebe que estoy equivocado por el testimonio de la Escritura, o por medio del razonamiento; no puedo confiar ni en las decisiones de los concilios ni en las de los Papas, porque está bien claro que ellos no sólo se han equivocado sino que se han contradicho entre sí. Mi conciencia está cautiva de la Palabra de Dios y no es honrado ni seguro obrar en contra de la propia conciencia. ¡Que Dios me ayude! ¡Amén!'
El 26 de mayo el emperador firmó el bando que declaraba a Lutero fuera de la ley.