Política y gobiernos

Del entusiasmo al desengaño

Del entusiasmo al desengaño
Se habían puesto tantas esperanzas en aquel gobernante, después de uno de los periodos más aciagos que había pasado la nación, que la sola mención de su nombre ya despertaba la ilusión de todo el pueblo. Por fin se dejaba atrás una pesadilla que había durado demasiado tiempo, cuando los abusos, el caos y los desmanes de todo tipo habían sido el pan de cada día.
Se habían puesto tantas esperanzas en aquel gobernante, después de uno de los periodos más aciagos que había pasado la nación, que la sola mención de su nombre ya despertaba la ilusión de todo el pueblo. Por fin se dejaba atrás una pesadilla que había durado demasiado tiempo, cuando los abusos, el caos y los desmanes de todo tipo habían sido el pan de cada día. Es verdad que había habido claros en medio de los nubarrones, pero eran como flashes destellantes tras los cuales la oscuridad volvía a hacerse hegemónica una y otra vez. Pero ahora ya no sería así, porque, por fin, el gobernante ideal había hecho acto de presencia.

Su estampa, su sentido de la responsabilidad y su sencillez, alejada de toda afectación, hacían prever que la nación se hallaba en el umbral de una nueva era. Además tenía la capacitación necesaria para desempeñar la alta función a la que había sido llamado. Pero más allá de ser una mera promesa, el nuevo gobernante comenzó siendo la realidad por la que todos suspiraban, pues en la primera gran crisis que se produjo tras su ascenso al poder supo estar a la altura de las circunstancias, poniéndose a los mandos de la nación y guiando al ejército a una victoria fulgurante contra un enemigo exterior que pretendía humillar y someter la soberanía nacional.

Tras aquel resonado triunfo, en el que hasta las dudas de algunos obstinados escépticos quedaron disueltas, la figura del dirigente se agrandó aún más, suscitando el entusiasmo de todos. ¡Qué maravilla poder tener a alguien así al frente de los destinos de la nación! Nunca más se volvería atrás, porque por fin el poder estaba en manos de un hombre digno de tan alta magistratura. En los festejos para celebrarlo se tiró la casa por la ventana, habida cuenta de que la ocasión sobradamente lo merecía.

Pero el tiempo pasó y comenzó a hacerse evidente que en la mítica figura del grandioso gobernante comenzaban a aparecer ciertos síntomas preocupantes, que podían ser alarmantes, de desviación respecto a la etapa inicial. Las decisiones apresuradas, el acaparamiento de funciones y la dureza contra todo aquel que no le siguiera la corriente, mostraban que un cambio inquietante se estaba produciendo en la personalidad del encumbrado personaje. Pero tal vez todo se debía a una momentánea flaqueza humana que podía ser corregida, pues, a fin de cuentas, la aureola de excelencia permanecía casi intacta sobre él. Tenía a su favor un crédito demasiado grande como para desvanecerse a las primeras de cambio. Seguramente los inquietantes síntomas no eran sino un inconveniente pasajero, pensaron sus incondicionales.

Sin embargo, lejos de menguar o desaparecer, las evidencias mostraban que los síntomas de desequilibrio iban en aumento, siendo el principal problema la negativa a reconocer cualquier equivocación o error por su parte. A estas alturas ya se le habían abierto los ojos incluso a algunos de sus más acérrimos defensores, la gente que le había apoyado en su ascenso al poder. El mismo hombre que años atrás había dado sobradas muestras de mesura, hasta de humildad, consciente de que era un don nadie, y de generosidad hacia quienes dudaban de él, ahora se aferraba al poder a toda costa, ignorando las sabias advertencias de sus más íntimos.

Cuando se hizo patente que aquello no tenía vuelta atrás y que la solución estaba en sacarlo del poder y poner a otro en su lugar, su reacción fue implacable, considerando enemigo a todo aquel que pudiera hacerle sombra o poner en duda su capacidad. Su obsesión se transformó en delirio enfermizo y a partir de entonces su único propósito en la vida fue perpetuarse en el puesto, pasando por las armas a cualquier sospechoso de conspiración. Metió a la nación en su propio puño, que antes fue enérgico contra los enemigos extranjeros pero que ahora era feroz contra sus propios compatriotas disidentes.

¡Qué vuelco había dado este hombre! ¡Cuántas expectativas puestas en él quedaron frustradas para siempre! ¡Cómo los sueños de antaño se habían transformado en pesadillas hogaño! ¿Quién hubiera albergado la más mínima sospecha de que este giro de ciento ochenta grados iba a producirse? Y así fue como la nación que un día suspiró por él, ahora gimió a causa de él. No es extraño que el explosivo entusiasmo se trocara en profundo desengaño. ¿A quién o a qué creer después de esta insufrible experiencia?

Y es que Saúl, porque de él se trata, es prototipo de tantos otros gobernantes que, a lo largo de la historia, se presentaron un día como promesa esperanzadora de salvación y terminaron siendo losas insoportables de maldición.

Qué diferencia con el Gobernante del que cada año sus seguidores celebran su nacimiento, muerte y resurrección, esperando su regreso en gloria. De quien está escrito: ‘El que creyere en él, no será avergonzado.’ (Pues esto se encuentra en la Escritura: HE AQUI, PONGO EN SION UNA PIEDRA ESCOGIDA, UNA PRECIOSA piedra ANGULAR, Y EL QUE CREA EN EL NO SERA AVERGONZADO.[…]1 Pedro 2:6).

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Cuadro: El rey Saúl por Ernst Josephson