Historia

APÓCRIFOS, LIBROS

Libros apócrifos, Βιβλία ἀπόκιρφα, es la denominación dada a la siguiente colección de libros:
I. 1 Esdras.
II. 2 Esdras.
III. Tobías.
IV. Judit.
V. Adiciones a Ester.
VI. Sabiduría.
VII. Eclesiástico.
VIII. Baruc.
IX. Adiciones a Daniel.
X. Oración de Manasés.
XI. 1 Macabeos.
XII. 2 Macabeos.

Significado e historia de la palabra
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El significado principal de apócrifo, ἀπόκιρφος, 'oculto, secreto' (sentido en el que se usa en griego helenístico y clásico, cf. Eclesiástico 23:19; Pues no hay nada oculto que no haya de ser manifiesto, ni secreto que no haya de ser conocido y salga a la luz.[…]Lucas 8:17; en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.[…]Colosenses 2:3), parece, hacia el final del siglo II, haber quedado asociado con el significado de 'espurio' y, en última instancia, haber predominado sobre el primero. Tertuliano (de Anim. c. 2) y Clemente de Alejandría (Strom. i. 19, 69, iii. 4, 29) lo aplican a los libros falsificados o espurios que los herejes de su tiempo usaban como autoritativos. El primer pasaje referido en Stromata, sin embargo, puede tomarse como un ejemplo de la etapa de transición de la palabra. Los seguidores de Pródico, un maestro gnóstico, se jactaban de tener libros apócrifos de Zoroastro. En Atanasio (Ep. Fest. vol. ii. p. 38; Synopsis Sac. Script. vol. ii. p. 154, ed. Colon. 1686), Agustín (c. Faust. xi. 2; de Civ. Dei, xv. 23) y Jerónimo (Ep. ad Laetam y Prol. Gal.) la palabra se usa de manera uniforme en el mal sentido asociado a ella. Sin embargo, los escritores de ese período, no parecen haber visto claramente cómo la palabra había adquirido ese sentido secundario; y por lo tanto encontramos explicaciones conjeturales de su etimología. Agustín observa: 'Apocryphae nuncupantur eo quod earum occulta origo non claruit patribus' (Se les llama apócrifos porque su origen oculto no era conocido por los padres) [de Civ. Dei, l. c). 'Apocryphi non quod haliendi sunt in aliqua auctoritati? testificación secreta sed quia nulla is luce declarati, de nescio quo secreto, nescio quorum prfesumtione prolati sunt' (c. Faust. l. c). Las conjeturas posteriores son (1), la dada por la traducción de la Biblia inglesa (ed. 1539, Pref. a Apocr.), 'porque no se solían leer abiertamente y en común, sino en secreto y aparte'; (2) otra es, apoyada en un malentendido del significado de un pasaje en Epifanio (de Mens. ac Pond. c. 4), que los libros en cuestión fueron llamados así porque, al no estar en el canon judío, fueron excluidos del arca en la que se conservaban las verdaderas Escrituras; (3) que la palabra apócrifa responde a otra palabra hebrea, גְכוּזִים, libri absconditi, por la cual los judíos posteriores designaron a esos libros que, a partir de una dudosa autoridad o no tendientes a la edificación, no se leían públicamente en las sinagogas; (4) que se origina en los libros secretos de los misterios griegos. De todo ello puede ser suficiente decir, que (1) está, en lo que respecta a algunos de los libros que ahora llevan el nombre, en desacuerdo con los hechos; que (2), como ha se ha dicho, se basa en un error; que (3) le falta el apoyo de evidencia directa del uso de apócrifo como traducción de la palabra hebrea, y que (4), aunque se aproxima a lo que es probablemente la verdadera historia de la palabra, es sólo una conjetura. Los datos para explicar la transición del significado neutral al malo, deben ser encontrados, se cree, en las citas ya dadas y en los hechos relacionados con los libros a los que el epíteto se aplicó en primera instancia. El lenguaje de Clemente implica que no eran totalmente rechazados por aquellos de cuyos libros él usa. Agustín admite implícitamente que una 'secreta auctoritas' había sido reclamada por los escritos a los que atribuye meramente un 'occulta origo'. Todos estos hechos armonizan con la creencia de que el uso de la palabra aplicada a libros especiales se originó, en la pretensión común a casi todas las sectas que participaban del carácter gnóstico, a un conocimiento esotérico depositado en libros que eran conocidos sólo por los iniciados. Parece que no es impropio que haya una referencia en en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.[…]Colosenses 2:3 a las pretensiones de tales maestros. Los libros de nuestros propios apócrifos dan testimonio tanto del sentimiento y la forma en que operó. La inspiración de los pseudo-Esdras (2 Esdras 14:40-47) le lleva a dictar 204 libros, de los cuales los 70 últimos deben ser 'entregados sólo a los sabios entre el pueblo.' Entre las lecturas variantes de 94 en las versiones árabe y etíope para ser la lectura verdadera, eso indica la forma en que los libros secretos, en los que estaba la 'fuente del entendimiento, el manantial de la sabiduría y la corriente del conocimiento', se establecieron como de mayor valor que los veinticuatro libros reconocidos por el canon judío, que eran para 'los dignos y los indignos por igual'. Era casi natural que estos libros secretos fueran pseudónimos, atribuidos a los grandes nombres de la historia judía o pagana asociados con la reputación de una sabiduría misteriosa. Tales libros en los apócrifos existentes llevan los nombres de Salomón, Daniel, Jeremías y Esdras. Más allá de sus límites, la creación de documentos espurios tomó un rango aún mayor y la lista dada por Atanasio (Synops. S. Script.) muestra la variedad y extensión de la literatura mítica que fue presentada a los incautos como secreta y sagrada.

Aquellos cuya fe descansaba en la enseñanza de la Iglesia y que consideraban las Escrituras del Antiguo Testamento ya sea en hebreo o en la colección de la Septuaginta, no tardaron en percibir que estas elaboraciones estaban desprovistas de toda autoridad y les aplicaron con desprecio lo que se había utilizado como título de honor. El libro secreto (libri secretiores, Orig. Comm. in Matthew ed. Lomm. iv. pág. 237) fue rechazado como espurio. La palabra apócrifo se degradó a la posición de la que no había surgido. Hasta donde concernía a libros como el Testamento de los Doce Patriarcas y la Asunción de Moisés, la cuestión de la discriminación fue comparativamente fácil, pero se hizo más difícil cuando la cuestión afectó a los libros que estaban en la Septuaginta y eran reconocidos por los judíos helenísticos, pero no estaban en el texto hebreo o en el canon reconocido por los judíos de Palestina. Los maestros de las iglesias griegas y latinas, acostumbrados al uso de la Septuaginta o versiones que descansan sobre la misma base, naturalmente citaron abundantemente y reverentemente de todos los libros que estaban incorporados en ellas. En Clemente de Alejandría, Orígenes, Atanasio, por ejemplo, hay citas de los libros de los actuales apócrifos como 'Escritura', 'divina Escritura', 'profecía' y están muy lejos de aplicar a tales escritos el término apócrifos. Si son conscientes de la diferencia entre ellos y los otros libros del Antiguo Testamento, es sólo hasta donde les lleva (cf. Atanasio, Synops. S. Script. l. c.), a poner a los primeros en la lista de libros que eran más útiles para la instrucción ética de los catecúmenos que para la edificación de los cristianos maduros. Agustín, en manera semejante, aplica la palabra apócrifos sólo a los libros espurios con títulos falsos, que estaban en circulación entre los herejes, admitiendo a los demás, aunque con algunas calificaciones, bajo el título de canónicos (de doctr. Chr. ii. 8). (2) Por otro lado, donde quiera que cualquier maestro entraba en contacto con los sentimientos que prevalecían entre los cristianos de Palestina, la influencia de la rigurosa limitación del antiguo canon hebreo es conspicua. Esto se ve en su relación con la historia del canon en la lista dada por Melitón, obispo de Sardis (Eusebio, H. E. iv. 20), y obtenida por él de Palestina. De sus efectos sobre la aplicación de la palabra, los escritos de Cirilo de Jerusalén y Jerónimo dan abundantes ejemplos. El primero (Catech. iv. 33) da la lista canónica de los 22 libros del Antiguo Testamento y rechaza la introducción de todos los escritos 'apócrifos'. El segundo, en su epístola a Laeta advierte a la madre cristiana sobre la educación de su hija contra 'omnia apocrypha.'. El Prologus Galeatus muestra que no se retrae de incluir bajo ese título a los libros que formaron parte de la Septuaginta, y fueron tenidos en alto honor por las iglesias alejandrina y latina. Al ocuparse de los varios libros, los discute cada uno por sus propios méritos, admirando algunos y hablando sin vacilar de los 'sueños' y 'fábulas' de otros. (3) La enseñanza de Jerónimo influyó, aunque no decididamente, en el lenguaje de la Iglesia occidental. Los antiguos escritos heréticos espurios, los 'apócrifos' de Tertuliano y Clemente, cayeron más y más en el trasfondo, y quedaron casi completamente olvidados. Los libros dudosos del Antiguo Testamento fueron usados públicamente para el servicio de la Iglesia, citados libremente con reverencia como Escritura, a veces sin embargo con dudas o limitaciones en cuanto a la autoridad de los libros individuales, según el conocimiento o discernimiento crítico de tal o cual escritor (Cosin, Scholastic History of the Canon). Durante este periodo el término por el cual fueron comúnmente descritos no era 'apócrifos' sino 'eclesiásticos'. Así habían sido descritos por Rufino (Expos. in Symb. Apost./> p. 26), que prácticamente reconocía la distinción trazada por Jerónimo, aunque no usara los más oprobiosos epítetos de libros que se eran tenidos en honor: 'libri qui non canonici sed Ecclesiastici a majoribus appellati sunt'... 'quae omnia legi quidem in Ecdesiis voluerunt non tamen proferri ad auctoritatem ex his fidei confirmandam. Caeteras vero scripturas apocryphas nominarunt quas en Ecclesiis legi noluerunt', en un término medio entre el lenguaje de Jerónimo y el de Agustín, y como tal encontró favor. (4) Estaba reservado para la época de la Reforma sellar la palabra apócrifo con su significado presente. Las dos ideas que hasta entonces existían juntas, una al lado de la otra, sobre lo que la Iglesia no había efectuado una decisión autoritativa, permanecieron en fuerte contraste. El concilio de Trento cerró la cuestión que había quedado abierta y privó a sus teólogos de la libertad que hasta entonces habían tenido, extendiendo el canon de las Escrituras para incluir a todos los que hasta entonces eran libros dudosos o deuterocanónicos, con la excepción de los dos libros de Esdras y la oración de Manasés, contra los cuales la evidencia parecía demasiado fuerte para ser resistida (Sess. IV. de Can. Script.). De acuerdo con este decreto, las ediciones de la Vulgata publicada por autoridad contenían los libros que el concilio había declarado canónicos, estando en pie de igualdad con aquellos que nunca habían sido cuestionados, mientras que los tres que habían sido rechazados se imprimieron comúnmente en tipos más pequeños y se situaron después del Nuevo Testamento. Los reformadores de Alemania e Inglaterra, por otro lado, influenciados en parte por el resurgimiento del estudio del hebreo y el consiguiente reconocimiento de la autoridad del canon hebreo, y posteriormente por la reacción contra este alargamiento de la autoridad, mantuvieron la idea de Jerónimo y la llevaron a sus legítimos resultados. El principio que había sido afirmado dogmáticamente por Carlstadt en su De Canonicis Scripturis libellus (1520) fue llevado a cabo por Lutero, quien habló de libros individuales entre los que estaban cuestionados con una libertad tan grande como la de Jerónimo, juzgando a cada uno por sus propios méritos, alabando a Tobías como una 'agradable comedia' y a la oración de Manasés como un 'buen modelo para los penitentes' y rechazando los dos libros de Esdras por contener inútiles fábulas. El ejemplo de recoger los libros dudosos en un grupo separado, se había establecido en la edición de Estrasburgo de la Septuaginta, 1526. En la edición completa de Lutero de la Biblia alemana (1534) los libros (Judit, Sabiduría, Tobías, Sirac, 1 y 2 Macabeos, adiciones a Ester y Daniel, y la oración de Manasés) se agruparon bajo el título general de 'Apócrifos, es decir, libros que no tienen el mismo valor que la Sagrada Escritura, pero son buenos y útiles para leer'. En la historia de la Iglesia inglesa, Wycliffe se mostró en éste como en otros puntos, precursor de la Reforma, y aplicó el término apócrifos a todos menos a los 'veinticinco' libros canónicos del Antiguo Testamento. El juicio de Jerónimo fue afirmado formalmente en los Seis Artículos. Los libros disputados fueron recopilados y descritos en la misma manera en la Biblia inglesa de 1539 (de Cranmer), y desde entonces no ha habido fluctuaciones en cuanto a la aplicación de la palabra. Los libros a los que se atribuye el término son en el habla popular no meramente apócrifos, sino los Apócrifa.

Historia y carácter de los apócrifos en relación con la cultura judía

Cualesquiera que sean las cuestiones que puedan surgir en cuanto a la autoridad de estos libros, tienen en todo caso un interés del que ninguna controversia puede privarlos en relación con la literatura, y por lo tanto con la historia, de los judíos. Representan el período de transición y decadencia que siguió al regreso de Babilonia, cuando los profetas que fueron los maestros del pueblo habían pasado y les sucedió la edad de los escribas. Inciertas como pueden ser las fechas de libros individuales, pocos, si alguno, puede fecharse más atrás que el comienzo del siglo III a. C. El último, el segundo libro de Esdras, probablemente no sea anterior al año 30 a. C, siendo 2 y que me ha extendido misericordia delante del rey y de sus consejeros y delante de todos los príncipes poderosos del rey. Así fui fortalecido según estaba la mano del SEÑOR mi Dios sobre mí, y reuní a los jefes de Israel para que subieran conmigo.[…]Esdras 7:28 una interpolación posterior. Las alteraciones de carácter judío, las diferentes fases que el judaísmo presentó en Palestina y Alejandría, lo bueno y lo malo que suscitó el contacto con la idolatría en Egipto y la batalla contra ella en Siria, está todo presente ante el lector de los apócrifos con mayor o menor distinción. En medio de las diferencias que naturalmente podríamos esperar encontrar en libros de diferentes autores, en diferentes países, y en considerables intervalos de tiempo, es posible discernir algunas características que pertenecen a la colección en su conjunto, que pueden ser notadas en el siguiente orden.

(1) Ausencia del elemento profético. Desde el principio hasta el último, los libros dan testimonio de la afirmación de Josefo (c. Ap. i. 8), que la estricta sucesión de los profetas se había roto tras el cierre del canon del Antiguo Testamento. Nadie habla porque la palabra del Señor haya llegado a él. Algunas veces hay una confesión directa de que el don de profecía había desaparecido (1 Macabeos 9:27), o la expresión de una esperanza de que algún día volvería (14:41). A veces, un maestro afirma en palabras la perpetuidad del don (Sabiduría 7:) y muestra en el acto de afirmarlo cuán diferente es la iluminación que él había recibido de lo que se le otorgó a los profetas de los libros canónicos. Cuando un escritor simula el carácter profético, repite con ligeras modificaciones el lenguaje de los antiguos profetas, como en Baruc, o hace una mera predicción al texto de una disertación, como en la epístola de Jeremías, o juega arbitrariamente con combinaciones de sueños y símbolos, como en 2 Esdras. Extraño y desconcertante como es este último libro, sea lo que sea que haya en él de sentimiento genuino, indica una mente que no está en tranquilidad consigo misma, distraída con sus propios sufrimientos y con los problemas del universo, y en consecuencia, muy lejos de la expresión de un hombre que habla como mensajero de Dios.

(2) Relacionado con esto está la desaparición casi total del poder que había mostrado en la poesía del Antiguo Testamento. El Canto de los tres muchachos pretende tener el carácter de un Salmo, y probablemente sea una traducción de algún himno litúrgico; pero con esta excepción, la forma de la poesía está completamente ausente. Hasta donde los escritores han llegado en medio de la influencia griega, captan el gusto por el adorno retórico que caracterizó a la literatura de Alejandría. Ficticios discursos se convierten en adiciones casi indispensables a la ingenuidad de un historiador, y la historia de un mártir no está completa a menos que (como en las posteriores actas de las tradiciones cristianas) la víctima declame en términos establecidos contra los perseguidores (Canto de los tres muchachos 3-22; 2 Macabeos 6; 7).

(3) La aparición, como parte de la literatura actual de la época, de obras de ficción, se apoya o pretende apoyarse sobre una base histórica. Es posible que este desarrollo del genio nacional pueda haber sido en parte el resultado del cautiverio. Los judíos exiliados trajeron consigo la reputación de sobresalir en juglaría, siendo llamados a cantar los 'cánticos de Sion' (1 Junto a los ríos de Babilonia, nos sentábamos y llorábamos, al acordarnos de Sion. 2 Sobre los sauces en medio de ella colgamos nuestras arpas. 3 Pues allí los que nos habían llevado cautivos nos pedían canciones, y los que nos atormentaban nos ped[…]Salmo 137). La prueba de habilidad entre los tres jóvenes de 1 1 Cuando llegó el mes séptimo, y los hijos de Israel estaban ya en las ciudades, el pueblo se reunió como un solo hombre en Jerusalén. 2 Entonces Jesúa, hijo de Josadac, con sus hermanos los sacerdotes, y Zorobabel, hijo de Salatiel, con sus hermanos[…]Esdras 3 y 4 implica una creencia tradicional de que aquellos que fueron promovidos a lugares de honor bajo los reyes persas, destacaban por sus dones de carácter algo similar. La transición a la práctica de contar historias fue con los judíos, como después con los árabes, bastante fácil y natural. El período de la cautividad con sus extrañas aventuras y la lejanía de las escenas relacionadas con ella, ofrecieron un amplio y atractivo campo a la imaginación de tales narradores. A veces, como en Bel y el Dragón, el motivo de tal historia sería el amor de lo maravilloso mezclándose con los sentimientos de desprecio con el que los judíos miraban a los idólatras. En otros casos, como en Tobías y Susana, la historia ganará en popularidad a partir de sus tendencias éticas. Las singulares variaciones en el texto del primer libro indican inmediatamente la extensión de su circulación y las libertades tomadas por sucesivos editores. En la narrativa de Judit, de nuevo, probablemente hay algo más que el interés asociado a la historia del pasado. De hecho, hay muy poca evidencia de la verdad de la narrativa para que la veamos como historia en absoluto, tomando su lugar en el campo del romance histórico, escrito con un motivo político. Bajo la apariencia del viejo enemigo asirio de Israel, el escritor ataca encubiertamente a los invasores sirios contra los que sus compatriotas luchan, animándolos con una historia de heroísmo tradicional o imaginado a seguir el ejemplo de Judit, como ella había seguido el de Jael (Ewald, Gesch. Israels, vol. iv. pág. 541). El desarrollo de esta forma de literatura es, por supuesto, compatible con un alto grado de excelencia, pero es verdad en todo momento, y lo fue especialmente en la literatura del mundo antiguo, que pertenece más bien a su posterior y más débil período. Es un signo especial de decadencia en honestidad y discernimiento, cuando tales escritos son deslizados a menudo y aceptados como si pertenecieran a la historia real.

(4) El libre ejercicio de la imaginación dentro del dominio de la historia, condujo al crecimiento de una literatura legendaria. El pleno desarrollo de este hecho estaba reservado para un período posterior. Los libros apócrifos ocupan un lugar intermedio entre los del Antiguo Testamento en su sencillez y confiabilidad y las burdas extravagancias del Talmud. Sin embargo, encontramos en ellos los gérmenes de algunas de las fabulosas tradiciones que estaban influyendo en las mentes de los judíos en el tiempo del ministerio de Jesús, y desde entonces en algunos ejemplos incorporados más o menos en la creencia popular de la cristiandad. Así en 2 Macabeos 1 y 2 hallamos las declaraciones de que en el tiempo de la cautividad, los sacerdotes habían escondido el fuego sagrado, que fue milagrosamente renovado, que Jeremías había ido, con el tabernáculo y el arca, 'a la montaña donde Moisés subió para ver la herencia de Dios', y los había escondido allí en una cueva, junto con el altar del incienso. La aparición del profeta al final del mismo libro (15:15), dando a Judas Macabeo la espada con la que, como 'regalo de Dios', iba a 'herir a los adversarios', muestra cuán prominente era el lugar ocupado por Jeremías en las tradiciones y esperanzas del pueblo, y ayuda a entender los rumores que siguieron a la enseñanza y obra de Jesús de que 'Jeremías o uno de los profetas' había aparecido de nuevo (Y ellos dijeron: Unos, Juan el Bautista; y otros, Elías; pero otros, Jeremías o uno de los profetas.[…]Mateo 16:14). Así de nuevo en 2 Esdras 13:40-47 encontramos la leyenda de la desaparición de las diez tribus que, a pesar del testimonio directo e indirecto por otro lado, ha dado ocasión incluso en tiempos presentes a tantas burdas conjeturas. En el capítulo 14 del mismo libro reconocemos (como ha sido ya señalado) la tendencia a dar un mayor valor a libros de un conocimiento esotérico que a los del canon hebreo; pero merece tener en cuenta que esto es también otra forma de la tradición de que Esdras dictó de un recuerdo inspirado sobrenaturalmente las Sagradas Escrituras que, según esa tradición, se habían perdido, y que las dos fábulas son exageraciones de la parte realmente asumida por él y por 'los hombres de la Gran Sinagoga' en la obra de recopilarlas y ordenarlas. Así también la narrativa retórica del Éxodo en Sabiduría 16-19, indica la existencia de una tradicional, medio legendaria historia, al lado de la canónica. De hecho, parecería, como si la vida de Moisés hubiera aparecido con muchos adornos diferentes. La forma en que la vida aparece en Josefo, los hechos mencionados en el discurso de Esteban y no encontrados en el Pentateuco, las alusiones a Janes y Jambres (Y así como Janes y Jambres se opusieron a Moisés, de la misma manera éstos también se oponen a la verdad; hombres de mente depravada, reprobados en lo que respecta a la fe.[…]2 Timoteo 3:8), la contienda entre Miguel y el diablo (Judas 9) o la roca que siguió a los israelitas (y todos bebieron la misma bebida espiritual, porque bebían de una roca espiritual que los seguía; y la roca era Cristo.[…]1 Corintios 10:4), dan testimonio de la amplia popularidad de esta historia semi-apócrifa.

(5) Como característica más marcada de la colección en su conjunto y del período al que pertenece, existe la tendencia a hacer pasar supuestos libros bajo nombres ilustres. Los libros de Esdras, las adiciones a Daniel, las cartas de Baruc y Jeremías y la Sabiduría de Salomón, son obviamente de ese carácter. Tal vez sea difícil para nosotros medir en cada caso el grado en el que los escritores de tales libros fueron culpables de fraudes reales. En un libro como la Sabiduría de Salomón, por ejemplo, la forma puede haber sido adoptada como un medio de llamar la atención por el que nadie podía ser engañado y, como tal, no va más allá de los límites de la personificación legítima. La ficción en este caso no tiene por qué disminuir más el valor del libro de lo que destruiría a la autoridad de Eclesiastés, si llegáramos a la conclusión por otra evidencia de que perteneció a una época posterior a la de Salomón. El hábito, sin embargo, de escribir libros bajo nombres ficticios, es, como muestra la posterior historia judía, muy peligroso. La práctica se convierte casi en un comercio. Cada obra de ese estilo, crea una nueva demanda, a ser satisfecha a su vez por una nueva oferta, y señala la prevalencia de una literatura apócrifa que se convierte en signo seguro de falta de veracidad por un lado y falta de discernimiento por otro.

(6) La ausencia de honestidad y del poder para distinguir la verdad de la falsedad, se muestra en una forma aún más seria en la inserción de documentos que pretenden ser auténticos, pero que en realidad fallan por completo para establecer ninguna pretensión a ese título. Este es obviamente el caso del decreto de Artajerjes en Ester xvi. Las cartas con las que 2 Macabeos comienza, de los judíos en Jerusalén, delatan su verdadero carácter y su inexactitud histórica. Difícilmente podemos aceptar como genuina la carta en la que el rey de los lacedemonios (1 Macabeos 12:20,21) le dice a Onías que 'los lacedemonios y los judíos son hermanos, y que son de la estirpe de Abraham'. Las cartas en 2 Macabeos por otro lado, podrían ser auténticas en la medida en que su contenido avanza, pero la imprudencia con la que dichos documentos se insertan como adornos y dando peso, arroja dudas en mayor o menor grado sobre todas ellas.

(7) La pérdida de la simplicidad y exactitud que caracterizó la historia del Antiguo Testamento, se muestra también en los errores y anacronismos que abundan en estos libros. Para tomar algunos de los más casos sorprendentes, Amán es hecho un macedonio y el propósito de su complot es transferir el reino de los persas a los macedonios (Ester xvi:10); dos declaraciones contradictorias se dan en el mismo libro sobre la muerte de Antíoco Epífanes (2 Macabeos 1:15-17; 9:5-29); a Nabucodonosor se le presenta en Nínive como rey de los asirios (Judit 1:1).

(8) En su relación con el desarrollo religioso y ético del judaísmo durante el período que los libros abarcan, encontramos influencias de la lucha contra la idolatría bajo Antíoco, como se muestra en parte en el renacimiento del antiguo espíritu heroico, y en el registro de los hechos que provocó, como en Macabeos, en parte de nuevo en la tendencia de una narrativa como Judit, y las protestas contra la idolatría en Baruc y Sabiduría; también el crecimiento de la hostilidad de los judíos hacia los samaritanos se muestra en la confesión del hijo de Sirac (Eclesiástico 1:23,26). La enseñanza de Tobías ilustra la prominencia asignada entonces y después de dar limosna, entre los deberes de una vida piadosa (Tobías 4:7-11; 12:9). La clasificación de los tres elementos de tal vida: oración, ayuno y limosnas, en 12:8, ilustra la tradicional enseñanza ética de los escribas, que fue inmediatamente reconocida y purificada de los errores que se habían relacionado con ella en el Sermón del Monte (1 Cuidad de no practicar vuestra justicia delante de los hombres para ser vistos por ellos; de otra manera no tendréis recompensa de vuestro Padre que está en los cielos. 2 Por eso, cuando des limosna, no toques trompeta delante de ti, como hacen los[…]Mateo 6:1-18). El mismo libro indica también la creciente creencia en la tutela individual de los ángeles y los gérmenes de una demonología grotesca, descansando en parte en los fenómenos más misteriosos de la naturaleza espiritual del hombre, pero asociada con demasiada facilidad con todos los fraudes y supersticiones de los exorcistas ambulantes. El gran libro alejandrino de la colección, la Sabiduría de Salomón, respira, como era de esperar, una tensión de un estado de ánimo más elevado; y aunque no hay absolutamente ningún fundamento para la tradición patrística de que lo escribió Filón, la conjetura de que podría haberlo sido, la tuvieron en cuenta hombres como Basilio y Jerónimo. La personificación de la Sabiduría como 'el espejo sin mancha del poder de Dios y la imagen de su bondad' (7:20), como el maestro universal de todas las 'almas santas' en 'todas las edades' (7:27), como guía y gobierno del pueblo de Dios, se acerca a la enseñanza de Filón y presagia la de Juan, en cuanto a la manifestación del Dios Invisible a través de la mediación del Logos y el oficio de esa Palabra divina como la luz que ilumina a todo hombre. En relación de nuevo con el carácter simbólico del templo como 'una semejanza del santo tabernáculo' que Dios 'ha preparado desde el principio' (9:8), el lenguaje de este libro se relaciona con el de Filón y con la enseñanza en la epístola a los Hebreos. Pero lo que es la gran característica del libro, como la de la escuela de la que emanó, es la aprehensión del escritor del gobierno de Dios y las bendiciones relacionadas con el mismo, eternas, y como tales, independientes de las ideas de los hombres de aquel tiempo. Así los capítulos 1 y 2 contienen la fuerte protesta de un hombre justo contra el materialismo que entonces en forma de egoísmo sensual, igual que después en el sistema desarrollado por los saduceos, estaba corrompiendo la antigua fe de Israel. Contra ello, afirma que 'las almas de los justos están en las manos de Dios' (3:1); que las bendiciones que la creencia popular relacionaba con la duración de los días, no debían medirse por la duración de años, viendo que 'la sabiduría es el cabello gris para los hombres, y una vida sin mancha es la vejez.' Respecto a otra verdad también, este libro fue un avance de la creencia popular de los judíos de Palestina. En medio de sus fuertes protestas contra la idolatría, hay el reconocimiento más completo del amor universal de Dios (11:23-26), de la verdad de que su poder no es sino el instrumento de su justicia (12:16); de la diferencia entre los que son 'menos culpables' como 'buscadores de Dios y deseosos de encontrarlo' (13:6) y las víctimas de una oscura y degradante idolatría. Aquí también el desconocido escritor de la Sabiduría de Salomón parece preparar el camino para la enseñanza superior y más amplia del Nuevo Testamento.


Bibliografía:
Edward Hayes Plumptre, Dr. William Smith's Dictionary of the Bible.