Historia

CANON DE LA ESCRITURA

Canon de la Escritura es la designación para la colección de libros que forman la regla escrita original y autoritativa de la fe y práctica de la Iglesia.

Significado original del término.
La palabra canon (Κανών) en griego clásico es propiamente una vara recta, la vara de una insignia, o la que se usa para tejer, o la regla de un carpintero. El tercer uso ofrece una fácil transición al uso metafórico de la palabra para una regla de prueba en ética (comp. Aristóteles, Ética para Nicómaco, iii. 4, 5), o en el arte (el Canon de Policleto; Luciano, de Salt. páginas 946 B.), o en el lenguaje (los cánones de la gramática). Las tablas cronológicas se llamaron cánones cronológicos (Plut. Sol. pág. 27); y el resumen de un libro fue llamado canon, al proporcionar la "regla", por así decirlo, de su composición. Los gramáticos alejandrinos aplicaron la palabra en este sentido a los grandes "escritores clásicos", que fueron llamados "la regla", o el modelo perfecto de estilo y lenguaje. Pero además de estos significados activos, la palabra también se usó pasivamente para un espacio medido (en Olimpia), y, en épocas posteriores, para un impuesto fijo (Du Cange, s. v. Canon).

El uso eclesiástico de la palabra ofrece un paralelo completo al clásico. Ocurre en la Septuaginta en su sentido literal (Judit, xiii. 6), y de nuevo en Aquila (¿Quién puso sus medidas?, ya que sabes, ¿o quién extendió sobre ella cordel?[…]Job 38:5). En el Nuevo Testamento se encuentra en dos lugares en las epístolas de Pablo (Y a los que anden conforme a esta regla, paz y misericordia sea sobre ellos y sobre el Israel de Dios.[…]Gálatas 6:16; 13 Mas nosotros no nos gloriaremos desmedidamente, sino dentro de la medida de la esfera que Dios nos señaló como límite para llegar también hasta vosotros. 14 Pues no nos excedemos a nosotros mismos, como si no os hubiéramos alcanzado, ya que nosotr[…]2 Corintios 10:13-16) y en el segundo texto la transición de un sentido activo a uno pasivo vale la pena considerarla. En los escritos patrísticos la palabra es comúnmente usada como "regla" en el más amplio sentido, y especialmente en las frases "la regla de la Iglesia", "la regla de la fe", "la regla de la verdad" o "la regla" simplemente. Esta regla era considerada bien como la norma abstracta e ideal, encarnada sólo en la vida y acción de la Iglesia; o como el credo concreto y definido, que establece los hechos de los que brotó esa vida (regula, Tertuliano, de Virg. vel. 1). En el siglo IV, cuando la práctica de la Iglesia se sistematizó aún más, las decisiones de los sínodos fueron llamadas "Cánones", y la disciplina por la cual los ministros estaban obligados era técnicamente "la Regla", siendo llamados los que estaban así obligados Canonici ("Canónigos"). En la frase "el canon (es decir, la parte fija) de la misa", de la cual el sentido popular de "canonizar" se derivó, el sentido pasivo volvió a imponerse.

Tal como se aplica a las Escrituras, los derivados de canon se usan mucho antes que la palabra simple. La traducción latina de Orígenes habla de Scripturae Canonicae (de Princ. iv. 33), libri regulares (Comm. in Matt. § 117), y libri canonizati (id. § 28). En otro lugar ocurre la frase haberi in Canone (Prol. in Cant.), pero probablemente solo como una traducción de canonizado, que se usa en este y sentidos afines en Atanasio (Ep. Fest.), los Cánones de Laodicea (Can. lix.), y escritores posteriores. Esta circunstancia parece demostrar que el título "Canónico" se le dio por primera vez a los escritos en el sentido de "admitido por la regla", y no como "formando parte y proporcionando la regla". Es cierto que una ambigüedad, por lo tanto, se adhiere a la palabra, que puede querer decir solo "públicamente usado en la Iglesia"; pero tal ambigüedad puede encontrar muchos paralelos, y el uso tendió a eliminarla. El espíritu de la cristiandad reconoció los libros que verdaderamente expresaban su esencia; y en el transcurso del tiempo, cuando ese espíritu fue amortiguado por el crecimiento posterior de la superstición, la "Regla" escrita ocupó el lugar y recibió el nombre de esa "Regla" vital, por la cual fue primero sellada con autoridad (Isidoro de Pelusio, Ep. cxiv.; comp. Agustín, de doctr. Chr. iv. 9 (6); y como contraste Anon. ap. Eusebio. H. E. v. 28).

La primera aplicación directa del término Canon a las Escrituras parece estar en los versos de Anfiloquio (c. 380), quien concluye su conocido Catálogo de las Escrituras usando la palabra en el sentido de lo que debe determinar el contenido de la Biblia, añadiendo a continuación un índice de los libros constituyentes. Entre los escritores latinos la palabra comúnmente se encuentra desde la época de Jerónimo (Prol. Gal.... Tobias et Judith non sunt in Canone) y Agustín (De Civ. xvii. 24,. . . perpauci auctoritatem Canonis obtinuerent; id. xviii. 38,... inveniuntur in Canone), y su uso de la palabra, que es más amplia que la de los escritores griegos, es la fuente de su aceptación moderna.

Los libros no canónicos fueron descritos simplemente como "aquellos sin" o "aquellos no canónicos" (Conc. Laod. lix.). Los libros apócrifos, que se suponía que ocupaban una posición intermedia, fueron llamados "libros para leer" (Atanasio, Ep. Fest.), o "eclesiásticos" (ecclesiastici, Rufino, en Symb. Apost. § 38), aunque este último título también se aplicó a las Escrituras canónicas (Leoncio, l. c. infr.). Los libros canónicos (Leoncio, de Sect. ii.) también fueron llamados "libros del Testamento" y Jerónimo calificó toda la colección por el llamativo nombre de "la biblioteca sagrada" (Bibliotheca sancta), que felizmente expresa la unidad y variedad de la Biblia.

Formación y extensión del Canon judío del Antiguo Testamento.
La historia del canon judío en los primeros tiempos está plagada de las mayores dificultades. Antes del período del exilio sólo aparecen débiles rastros de la solemne preservación y uso de los libros sagrados. Según el mandato de Moisés el 'libro de la ley' fue 'puesto al lado del arca' (Moisés ordenó a los levitas que llevaban el arca del pacto del SEÑOR, diciendo:[…]Deuteronomio 31:25 sig.), pero no en ella (En el arca no había más que las dos tablas de piedra que Moisés puso allí en Horeb, donde el SEÑOR hizo pacto con los hijos de Israel cuando salieron de la tierra de Egipto.[…]1 Reyes 8:9; comp. Josefo, Ant. iii. i. 7, v. 1, 17), y así en el reinado de Josías, Hilcías "encontró el libro de la ley en la casa de Jehová" (Entonces el sumo sacerdote Hilcías dijo al escriba Safán: He hallado el libro de la ley en la casa del SEÑOR. E Hilcías dio el libro a Safán, y éste lo leyó.[…]2 Reyes 22:8; comp. Y mientras ellos sacaban el dinero que habían traído a la casa del SEÑOR, el sacerdote Hilcías encontró el libro de la ley del SEÑOR dado por Moisés.[…]2 Crónicas 34:14). Este 'libro de la ley', que, además de los preceptos directos (Luego tomó el libro del pacto y lo leyó a oídos del pueblo, y ellos dijeron: Todo lo que el SEÑOR ha dicho haremos y obedeceremos.[…]Éxodo 24:7), contenía exhortaciones generales (También toda enfermedad y toda plaga que no están escritas en el libro de esta ley, el SEÑOR traerá sobre ti hasta que seas destruido.[…]Deuteronomio 28:61) y narrativas históricas (Entonces dijo el SEÑOR a Moisés: Escribe esto en un libro para que sirva de memorial, y haz saber a Josué que yo borraré por completo la memoria de Amalec de debajo del cielo.[…]Éxodo 17:14), fue aumentado aún más por los registros de Josué (Y escribió Josué estas palabras en el libro de la ley de Dios; y tomó una gran piedra y la colocó allí debajo de la encina que estaba junto al santuario del SEÑOR.[…]Josué 24:26), y probablemente por otros escritos (Entonces Samuel dio al pueblo las ordenanzas del reino, y las escribió en el libro, el cual puso delante del SEÑOR. Y despidió Samuel a todo el pueblo, cada uno a su casa.[…]1 Samuel 10:25), aunque es imposible determinar su contenido. En un tiempo subsiguiente se hicieron las colecciones de proverbios (También éstos son proverbios de Salomón, que transcribieron los hombres de Ezequías, rey de Judá:[…]Proverbios 25:1), y los profetas posteriores (especialmente Jeremías) estaban familiarizados con los escritos de sus predecesores, una circunstancia que naturalmente puede estar relacionada con "las escuelas proféticas". Tal vez señale un paso más en la formación del Canon cuando se menciona "el libro de Jehová" por Isaías, como una colección general de enseñanza sagrada (Buscad en el libro del SEÑOR, y leed: Ninguno de ellos faltará, ninguno carecerá de su compañera. Porque su boca lo ha mandado, y su Espíritu los ha reunido.[…]Isaías 34:16; comp. En aquel día los sordos oirán las palabras de un libro, y desde la oscuridad y desde las tinieblas los ojos de los ciegos verán.[…]Isaías 29:18), a la vez familiar y autoritativa; pero es poco probable que cualquier colección definida ya sea de "los salmos" o de "los profetas" existiera antes del cautiverio. Zacarías habla de 'la ley' y 'los profetas primeros' como una medida coordinada (Y endurecieron sus corazones como el diamante para no oír la ley ni las palabras que el SEÑOR de los ejércitos había enviado por su Espíritu, por medio de los antiguos profetas; vino, pues, gran enojo de parte del SEÑOR de los ejércitos.[…]Zacarías 7:12) y Daniel se refiere a 'los libros' (en el año primero de su reinado, yo, Daniel, pude entender en los libros el número de los años en que, por palabra del SEÑOR que fue revelada al profeta Jeremías, debían cumplirse las desolaciones de Jerusalén: setenta años.[…]Daniel 9:2) en una manera que señala a los escritos proféticos ya recogidos en un todo. Incluso después del cautiverio la historia del Canon, como toda la historia judía hasta el tiempo de los Macabeos, está envuelta en una gran oscuridad. Sólo quedan débiles tradiciones para interpretar los resultados que se descubren cuando la oscuridad se aclara. La creencia popular asigna a Esdras y "la Gran Sinagoga" la tarea de recolectar y promulgar las Escrituras como parte de su obra en la organización del judaísmo. Se han vertido dudas sobre esta creencia (Rau, De Sinag. magnâ, 1726; comp. Ewald, Gesch. d. V. Isr. iv. 191), y es difícil responderlas, por la escasez de evidencia que puede ser aducida; pero la creencia es consistente en todos los sentidos con la historia del judaísmo y con la evidencia interna de los libros mismos. Los adornos posteriores de la tradición, que presenta a Esdras como el segundo autor de todos los libros, o define más exactamente la naturaleza de su obra, puede solo ser aceptada como signo de la creencia universal en su obra, y no debe arrojar descrédito sobre el simple hecho de que el fundamento del presente Canon se debe a él. No se puede suponer que la obra se completó de inmediato; de manera que el relato (2 Macabeos ii. 1-3) que asigna una colección de libros a Nehemías es en sí mismo una confirmación de la verdad general de la formación gradual del Canon durante el periodo persa. La obra de Nehemías no se describe como iniciadora o final. La tradición omite toda mención de la ley, que se puede suponer asumió su forma final bajo Esdras, pero dice que Nehemías "para fundar una biblioteca reunió los [escritos] concernientes a los reyes y profetas, y los [escritos] de David, y cartas de los reyes acerca de las ofrendas". Las varias clases de libros fueron completadas en sucesión; y esta idea armoniza con lo que debe haber sido el desarrollo natural de la fe judía tras el regreso. La constitución de la comunidad judía y la formación del Canon fueron por su naturaleza, gradual y mutuamente dependientes. La construcción de un sistema de gobierno implicaba la determinación práctica de la regla divina de la verdad, aunque, como en el caso paralelo de las Escrituras cristianas, la persecución abierta primero dio una expresión clara y distintiva a la fe implícita.

La persecución de Antíoco (168 a. C.) fue para el Antiguo Testamento lo que la persecución de Diocleciano para el Nuevo, la crisis final que sellaba a las Sagradas Escrituras con su peculiar carácter. El rey buscó "los libros de la ley" (1 Macabeos i. 50) y los quemó; y la posesión de un "libro del pacto" era un crimen capital (Josefo, Ant. xii. 5, § 4). Según la tradición común, esta proscripción de "la ley" condujo al uso público de los escritos de los profetas, y sin discutir la exactitud de esta creencia, es evidente que el efecto general de tal persecución fue dirigir la atención del pueblo más de cerca a los libros relacionados con la fundación original de su fe. Y este fue de hecho el resultado de la gran prueba. Después de la persecución Macabea, la historia de la formación del Canon se fusiona con la historia de su contenido. La Biblia aparece desde esa época en su conjunto, aunque era natural que las diversas partes aún no estuvieran colocadas en un mismo nivel, ni consideradas universalmente y en cada aspecto con igual reverencia.

Pero mientras que la evidencia combinada de la tradición y del curso general de la historia judía guía a la conclusión de que el Canon en su presente forma se formó gradualmente durante un prolongado intervalo, comenzando con Esdras y extendiéndose hasta una parte o incluso la totalidad del período persa (458-332 a. C.), cuando el cese del don profético señaló la necesidad y definió los límites de la colección, es de la mayor importancia notar que la colección era peculiar en carácter y circunscrita en contenido. Toda la evidencia que se puede obtener, aunque es manifiestamente escasa, tiende a mostrar que es falso, tanto en teoría como en hecho, describir al Antiguo Testamento como "todas las reliquias de la literatura hebreo-caldea hasta cierta época" (De Wette, Eind. § 8), si esa frase pretende referirse hasta el tiempo cuando el Canon fue completado. El epílogo de Las palabras de los sabios son como aguijones, y como clavos bien clavados las de los maestros de colecciones, dadas por un Pastor.[…]Eclesiastés 12:11 habla de una extensa literatura, con la que se contrasta la enseñanza de la sabiduría, siendo "fatiga de la carne" el resultado del estudio que se le ha encomendado. Es imposible que estos "muchos escritos" puedan haber perecido en el intervalo entre la composición de Eclesiastés y la invasión griega, y los apócrifos en particular incluyen varios fragmentos que deben ser referidos al período persa (Buxtorf, Tiberias, 10 f.; Hottinger, Thes. Phil.; Hengstenberg, Beiträge, i.; Havernick, Einl. i.; Oehler, art. Kanon d. A. T. en Encykl. de Herzog).

El contenido del canon judío.
La primera mención sobre el Antiguo Testamento consistente de varias y definidas partes, se produce en el prólogo a la traducción griega de la Sabiduría de Sirac (Eclesiástico). La fecha se disputa, pero si se admite la fecha posterior (c. 131 a. C.), coincide con lo que se ha dicho sobre el efecto de la persecución de Antíoco. Después de que "la ley, las profecías y el resto de los libros" se mencionan como secciones integrales de un todo completo, la frase que designa la última clase sugiere que no hay razón para suponer que estaba todavía indefinido y abierto a adiciones. Una clasificación triple similar se utiliza para describir el Antiguo Testamento completo en Y les dijo: Esto es lo que yo os decía cuando todavía estaba con vosotros: que era necesario que se cumpliera todo lo que sobre mí está escrito en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos.[…]Lucas 24:44; comp. Y habiéndole fijado un día, vinieron en gran número adonde él posaba, y desde la mañana hasta la tarde les explicaba testificando fielmente sobre el reino de Dios, y procurando persuadirlos acerca de Jesús, tanto por la ley de Moisés como por los pro[…]Hechos 28:23), y aparece de nuevo en un pasaje de Filón, donde los terapeutas dicen que encuentran su verdadero alimento en "las leyes y oráculos pronunciados por los profetas, los himnos y los otros [¿libros?] por los cuales el conocimiento y la piedad se aumentan y perfeccionan" (Filón, de Vita cont. 3).

La triple división del Antiguo Testamento no es en sí misma un mero arreglo accidental o arbitrario, sino un reflejo de las diferentes etapas del desarrollo religioso por donde pasó la nación judía. La Ley es el fundamento de toda la revelación, la disciplina especial por la cual un pueblo elegido fue instruido. Los profetas retratan las luchas de las mismas personas cuando entraron en una relación más estrecha con los reinos del mundo, siendo inducidos a buscar los antitipos internos de los preceptos exteriores. Los hagiógrafos llevan la lección divina aún más allá, y muestran su funcionamiento en las diversas fases de la vida individual, y en relación a los grandes problemas de pensamiento y sentimiento, que se presentan por una ley necesaria en las etapas posteriores de la civilización.

Pero el contenido general de estas tres clases todavía queda por determinar. Josefo, el primer testigo directo sobre la cuestión, enumera veintidós libros "que son justamente creídos como divinos": cinco libros de Moisés, trece de los profetas, extendiéndose hasta el reinado de Artajerjes (es decir, Ester, según Josefo), y cuatro que contienen himnos y enseñanzas para la vida (Josefo, c. Apión i. 8). Pero todavía hay algo de ambigüedad en esta enumeración, pues para componer los números, es necesario bien sea clasificar a Job entre los profetas, o excluir un libro, y en ese caso probablemente Eclesiastés, de los hagiógrafos. La primera alternativa es la más probable, porque es digno de considerarse que Josefo se refiere principalmente al carácter histórico de los profetas, circunstancia que explica su desviación del arreglo común con respecto a los anales posteriores (1 y 2 Crónicas, Esdras, Nehemías) y Daniel y Job, aunque él guarda silencio en cuanto a este último en su narración (comp. Orígenes, ap. Eusebio. H. E. vi. 2.5). La historia posterior, agrega, también se ha escrito en detalle, pero los registros no han sido estimados dignos del mismo crédito, "porque la sucesión exacta de los profetas no se conservó en su caso". "Pero qué fe ponemos en nuestras propias Escrituras se ve en nuestra conducta. Ellas no han sufrido ninguna adición, disminución o cambio. Desde nuestra flaqueza aprendemos a considerarlos como decretos de Dios; los observamos, y si es necesario, con gusto morimos por ellos." (c. Apión i. 8; comp. Eusebio, H. E. iii. 10).

En estas palabras Josefo claramente expresa no su propia opinión privada, ni la opinión de su secta, los fariseos, sino la opinión general de sus compatriotas. La creencia popular de que los saduceos recibieron sólo los libros de Moisés (Tertuliano, De Praescr. Haeret. 45; Jerónimo, in Matth. xxii. 31, pág. 181; Orígenes, c. Celso, i. 49), no se basa en suficiente autoridad; y si lo hubieran hecho, Josefo no habría dejado de notar el hecho en su relato de las diferentes sectas. En Ant. xiii. 10, § 6, Josefo simplemente dice que los saduceos rechazaban los preceptos que no estaban contenidos en las leyes de Moisés, sino derivados sólo de la tradición. La declaración no tiene relación alguna con los otros escritos del Canon. El Canon de los samaritanos se limitó al Pentateuco, no tanto por su hostilidad hacia los judíos, como por su exaltación indebida de la Ley (Keil, Einl. § 218).

En las tradiciones del Talmud, por otro lado, a Gamaliel se le representa usando pasajes de los profetas y los hagiógrafos en sus controversias con ellos, y ellos responden con citas de las mismas fuentes sin escrúpulos ni objeciones. (Comp. Eichhorn, Einl. § 35; Lightfoot, Horae Hebr. et Talm. ii. 616; C. F. Schmid, Enarr. Sent. Fl.Josephi de Libris V. T. 1777; G. Güldenapfel, Dissert. Josephi de Sadd. Can. Sent. exhibens, 1804).

Las citas casuales de Josefo concuerdan con su Canon expreso. Con excepción de Proverbios, Eclesiastés y Cantares, que no proporcionaron materiales para su obra, y Job, que, aunque histórico, no ofrecía ningún punto de contacto con otra historia, él usa todos los otros libros como escritos divinamente inspirados (cinco de Moisés, Isaías, Jeremías, Ezequiel, Daniel, doce profetas), o como fuentes autorizadas de la verdad.

Los escritos del Nuevo Testamento confirman completamente el testimonio de Josefo. Las coincidencias de lenguaje muestran que los apóstoles estaban familiarizados con varios de los libros apócrifos, pero no contienen una autoridad o cita directa de ellos. Los pasajes principales que cita Bleck, tras Stier y Nitzsch, son Esto sabéis, mis amados hermanos. Pero que cada uno sea pronto para oír, tardo para hablar, tardo para la ira;[…]Santiago 1:19 con Eclesiástico v. 11; En lo cual os regocijáis grandemente, aunque ahora, por un poco de tiempo si es necesario, seáis afligidos con diversas pruebas,[…]1 Pedro 1:6 con Sabiduría. iii. 3-7; Hbreos 11:34,35 con 2 Macabeos vi. 18—vii. 42; Hbreos 1:3 con Sabiduría vii. 26, etc.; 20 Porque desde la creación del mundo, sus atributos invisibles, su eterno poder y divinidad, se han visto con toda claridad, siendo entendidos por medio de lo creado, de manera que no tienen excusa. 21 Pues aunque conocían a Dios, no le honraron com[…]Romanos 1:20-32 con Sabiduría xiii.-xv.; ¿O no tiene el alfarero derecho sobre el barro de hacer de la misma masa un vaso para uso honroso y otro para uso deshonroso?[…]Romanos 9:21 con Sabiduría xv. 7; 13 Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiéndolo hecho todo, estar firmes. 14 Estad, pues, firmes, CEÑIDA VUESTRA CINTURA CON LA VERDAD, REVESTIDOS CON LA CORAZA DE LA JUSTICIA, 15 y calzados LOS PIE[…]Efesios 6:13-17 con Sabiduría v. 18-20. Pero es obvio que si estos pasajes prueban satisfactoriamente que los escritores apostólicos estaban familiarizados con los libros apócrifos, indican con igual claridad que su silencio con respecto a ellos no puede haber sido puramente accidental. Por otyra parte, con la excepción de Jueces, Eclesiastés, Cantares, Ester, Esdras y Nehemías, todos los demás libros del Canon hebreo se usan en el Nuevo Testamento para ilustrar o demostrar. Algunos pasajes se citan en el Nuevo Testamento que no se encuentran en los libros canónicos. El más importante de es el de las profecías de Enoc (De éstos también profetizó Enoc, en la séptima generación desde Adán, diciendo: He aquí, el Señor vino con muchos millares de sus santos,[…]Judas 1:14). Se han encontrado otros en 49 Por eso la sabiduría de Dios también dijo: "Les enviaré profetas y apóstoles, y de ellos, matarán a algunos y perseguirán a otros, 50 para que la sangre de todos los profetas, derramada desde la fundación del mundo, se le cargue a esta generación,[…]Lucas 11:49-51; El que cree en mí, como ha dicho la Escritura: "De lo más profundo de su ser brotarán ríos de agua viva."[…]Juan 7:38: 5 ¿O pensáis que la Escritura dice en vano: El celosamente anhela el Espíritu que ha hecho morar en nosotros? 6 Pero El da mayor gracia. Por eso dice: DIOS RESISTE A LOS SOBERBIOS PERO DA GRACIA A LOS HUMILDES. […]Santiago 4:5,6; sino como está escrito: COSAS QUE OJO NO VIO, NI OIDO OYO, NI HAN ENTRADO AL CORAZON DEL HOMBRE, son LAS COSAS QUE DIOS HA PREPARADO PARA LOS QUE LE AMAN.[…]1 Corintios 2:9; pero estos son más o menos cuestionables.

Varios de los primeros Padres describen el contenido del Canon hebreo en términos que generalmente concuerdan con los resultados ya obtenidos. Melitón de Sardis (c. 179) en un viaje a Oriente planteó la pregunta del número exacto y el orden de "los libros del Antiguo Testamento" como tema de consulta especial, para satisfacer los deseos de un amigo (Eusebio, H. E. iv. 26). Da el resultado en la siguiente lista: esos libros son, cino de Moisés... Josué, Jueces, Rut, cuatro de Reyes, dos de Crónicas, Salmos, Proverbios, Eclesiastés, Cantares, Job, Isaías, Jeremías, doce profetas, Daniel, Ezequiel y Esdras. El arreglo es peculiar, faltando los libros de Nehemías y Ester. El primero está sin duda incluido en el título general "Esdras", y se ha conjeturado (Eichhorn, Eind. § 52; comp. Routh, Rel. Sacr. i. 136) que Ester pudo haber formado parte de la misma colección de registros de la historia después del exilio. El testimonio de Orígenes está bajo una dificultad parecida. Según el presente texto griego (Eusebio H. E. vi. 25; In Ps. i. Philoc. 3), al enumerar los veintidós libros "que los hebreos han incluido en el Testamento", omite el libro de los doce profetas menores, y añade "la carta" al libro de Jeremías y Lamentaciones. El número es por lo tanto imperfecto, y la versión latina de Rufino ha conservado correctamente el libro de los doce profetas en el catálogo, colocándolo después de Cantares y antes de los profetas mayores, una posición extraña, que difícilmente puede haber obedecido a una inserción literaria (comp. Hilario, Prol. in Ps. 15). La adición de "la carta" a Jeremías es inexplicable, excepto en la suposición de que fue un error surgido naturalmente del uso habitual de la Septuaginta, en la que se juntan los libros, pues no hay la más mínima huella de que este tardío fragmento apócrifo alguna vez formara parte del Canon judío. La declaración de Jerónimo es clara y completa. Después de notar la coincidencia de los veintidós libros de la Biblia hebrea con el número de las letras hebreas, y de las cinco letras dobles con los cinco "libros dobles" (Samuel, Reyes, Crónicas, Esdras, Jeremías), da el contenido de la Ley, los Profetas y los Hagiógrafos, en exacto acuerdo con las autoridades hebreas, colocando a Daniel en la última clase; y agregando que lo que esté fuera de este número se debe colocar entre los apócrifos ("Hic prologus Script. cuasi galeatum principium omnibus libris quos de Hebraeo vertimus in Latinum convenire potest, ut scire valeamus, quidquid extra hos est, inter Apocrypha esse ponendum", Jerónimo. Prol. Gal.). La declaración del Talmud es en muchos aspectos tan notable que debe ser transcrita entera: "¿Quién escribió [los libros de la Biblia]? Moisés escribió su propio libro (?), el Pentateuco, la sección sobre Balaam y Job. Josué escribió su propio libro y los ocho [últimos] versos del Pentateuco. Samuel escribió su propio libro, el libro de Jueces y Rut. David escribió el libro de los Salmos, [de los que, sin embargo, algunos fueron compuestos] por los diez venerables ancianos: Adán, el primer hombre, Melquisedec, Abraham, Moisés, Hamán, Jedutún, Asaf y los tres hijos de Coré. Jeremías escribió su propio libro, los libros de Reyes y Lamentaciones. Ezequías y sus amigos compilaron los libros contenidos en la palabra conmemorativa IaMSCHaK, es decir, Isaías, Proverbios, Cantares, Eclesiastés. Los hombres de la Gran Sinagoga [compilaron] los libros contenidos en la palabra conmemorativa KaNDaG, es decir, Ezequiel, los doce profetas menores, Daniel y Ester. Esdras escribió su propio libro y las genealogías de los libros de Crónicas hasta su propio tiempo.... ¿Quién trajo el resto de los libros [de Crónicas] hasta el final? Nehemías el hijo de Hacalías." (Baba Bathra p. 14 b).

A pesar de la fecha relativamente tardía (c. 500 d. C.), de donde se deriva esta tradición, es evidentemente, en esencia, la más antigua descripción de la obra de Esdras y de la Gran Sinagoga que ha sido preservada. Los detalles deben ser probados por otra evidencia, pero la descripción general del crecimiento del Canon judío lleva todas las huellas de probabilidad. Las primeras fábulas en cuanto a la obra de Esdras son una corrupción natural de esta creencia original, y después de un tiempo las suplantaron enteramente; pero tal como está en la gran colección de la enseñanza de las escuelas hebreas, da testimonio de la autoridad del Canon completo y al mismo tiempo reconoce su formación paulatina, de acuerdo con los resultados independientes de la evidencia interna.

Los catálogos judíos posteriores arrojan poca luz sobre el Canon. Suelen contar veintidós libros, iguales en número a las letras del alfabeto hebreo, cinco de la Ley, ocho de los profetas (Josué, Jueces y Rut, 1 y 2 Samuel, 1 y 2 Reyes, Isaías, Jeremías y Lamentaciones, Ezequiel, doce profetas), y nueve de los hagiógrafos (Jerónimo, Prol. in Reg.). El último número se aumentó más comúnmente a once, por la distinta enumeración de los libros de Rut y Lamentaciones ("los 24 Libros"), y en ese caso se suponía que la Yod fue repetida tres veces en reverencia por el nombre sagrado (Hody, De Bibl. Text. p. 644; Eichhorn, Einl. § 6). En los manuscritos hebreos, y en las primeras ediciones del Antiguo Testamento, el arreglo de los últimos libros ofrece grandes variaciones, pero generalmente concuerdan al contar todos por separado, excepto los libros de Esdras y Nehemías (Buxtorf, Hottinger, Hengstenberg, Hâvernick; Zunz, Gottesd. Vorträge d. Juden). A pesar del juicio unánime de escritores posteriores, hay huellas de la existencia de duda entre los primeros doctores judíos en cuanto a algunos libros. Así, en la Mishná (Yad. 3, 5) se registra una discusión en cuanto a Cantares y Eclesiastés, sobre "si contaminan las manos"; y una diferencia en cuanto a este último libro existió entre las grandes escuelas de Hillel y Shammai. Las mismas dudas sobre Eclesiastés se repiten en otra forma en el Talmud (Sabb. f. 30, 2), donde se dice que el libro habría quedado oculto de no ser por las citas al principio y al final. Compárese Jernónimo, Comm. in Eccles.: "Aiunt Hebraei cum inter caetera scripta Solomonis quae antiquata sunt nec in memoria duraverunt, et hic liber oblitterandus videretur, eo quod vanas Dei assereret creaturas... ex hoc uno capitulo (xii.) meruisse auctoritatem..."

Por tanto, el Canon hebreo era uniforme y coincidente con el nuestro; pero mientras los judíos de Palestina se unieron para preservar los estrictos límites de los antiguos escritos proféticos, los judíos alejandrinos se permitieron mayores libertades. Su constitución era menos definida, y las mismas influencias que crearon entre ellos una literatura independiente, les indujeron a considerar con marcada veneración más que la propia Ley. La idea de un Canon era ajena a sus hábitos; y el hecho de que poseían los libros sagrados no meramente en una traducción, sino en una traducción hecha en diferentes momentos, sin ninguna unidad de plan y sin ninguna uniformidad de ejecución, necesariamente debilitó ese tradicional sentimiento de su relación real que existía en Palestina. Se hicieron traducciones de libros posteriores (1 Macabeos, Eclesiástico, Baruc, etc.), y se escribieron otros nuevos (2 Macabeos, Sabiduría), que fueron contados en la totalidad de su literatura religiosa, y probablemente puestos en pie de igualdad con los hagiógrafos en común estima. Pero esto no fue el resultado de ningún juicio expreso sobre su valor, sino una consecuencia natural de la creencia popular en la doctrina de una Palabra viva que privaba a los escritos proféticos de parte de su valor distintivo. En la medida en que existió un Canon autoritativo en Egipto, es probable que fuera el mismo que el de Palestina. En ausencia de pruebas claras para lo contrario, esto es lo más probable, y no faltan indicaciones positivas del hecho. El traductor de la Sabiduría de Sirac utiliza la misma frase (la ley y los profetas y todos los otros libros) al hablar de los estudios bíblicos de su abuelo en Palestina, y de los suyos en Egipto, y difícilmente podría haberlo hecho, si la Biblia hubiera sido diferente en los dos lugares. La evidencia de Filón, si bien menos directa, es aún más concluyente. Su lenguaje muestra que estaba familiarizado con los libros apócrifos y, sin embargo, no hace una sola cita de ellos (Hornemann, Observ. ad illustr. doctr. de Can. V. T. ex Philone, páginas. 28, 29, ap. Eichhorn, Einl. § 26), aunque eran mucho más favorables a sus puntos de vista. Por otra parte, además de la Ley, cita todos los libros de "los Profetas" y los Salmos y Proverbios, de los hagiógrafos, y varios de ellos (Isaías, Jeremías, Oseas, Zacarías, Salmos, Proverbios) con afirmaciones claras de su carácter "profético" o inspirado. De los hagiógrafos restantes (Nehemías, Rut, Lamentaciones, 1 y 2 Crónicas, Daniel, Eclesiastés, Cantares) no hace ninguna mención, pero los tres primeros pueden haber sido adjuntados, como a menudo en el uso hebreo, a otros libros (Esdras, Jueces, Jeremías), de modo que cuatro escritos solos no están en absoluto atestiguados por él. Una nueva huella de la identidad del Canon alejandrino con el de Palestina se encuentra en el Apocalipsis de Esdras, donde "24 libros abiertos" son especialmente distinguidos de la masa de escritos esotéricos que fueron dictados a Esdras por inspiración (2 Esdr. xiv. 44 sig.).

A partir de la combinación de esta evidencia no queda ninguna duda razonable de que a principios de la era cristiana los judíos tenían sólo un Canon de las Sagradas Escrituras, definido claramente en Palestina, y admitido, aunque con una percepción menos definida de sus características peculiares, por los judíos helenizantes de la Diáspora, y que este Canon fue reconocido, hasta donde puede ser determinado, por Jesús y sus apóstoles. Pero por otro lado, la relación de otros libros religiosos con la traducción griega del Antiguo Testamento, y su uso común en Egipto, ya estaba dando paso a una extensión del Canon original, y asignando una autoridad a escritos posteriores que no se derivaba de la sanción oficial.

Canon cristiano del Antiguo Testamento.
La historia del Canon del Antiguo Testamento entre los escritores cristianos muestra el resultado natural de la aceptación de la Septuaginta, ampliada como lo había sido por adiciones apócrifas. En la medida en que los Padres fueron más o menos absolutamente dependientes de esa versión para su conocimiento de las Escrituras del Antiguo Testamento, gradualmente perdieron en la práctica el sentido de la diferencia entre los libros del Canon hebreo y los libros apócrifos. La costumbre de los individuos se convirtió en la costumbre de la Iglesia y el uso público de los libros apócrifos borró en la consideración popular las marcas características de su origen y valor, que sólo podían ser descubiertas por los eruditos. Pero la costumbre de la Iglesia no quedó fijada en un juicio absoluto. Puede parecer como si los grandes dirigentes cristianos retrocedieran por una sabia previsión de una obra para la que no estaban preparados; porque por adquisición y constitución eran poco capaces de resolver un problema que debía finalmente depender de los datos históricos. Y esta circunstancia debe aplicarse a los detalles de la prueba patrística sobre el contenido del Canon. Su hábito debe distinguirse de su juicio. La falta de tacto crítico que les permitió utilizar las obras más obviamente seudónimas (2 Esdras, Enoc) como producciones genuinas de sus supuestos autores, o como "Escritura divina", disminuye grandemente el valor de los testimonios casuales y aislados a libros individuales. En tales casos, tanto la forma como el hecho de la autenticación requiere ser examinado, y tras ello el testimonio combinado de las diferentes iglesias por sí solas puede bastar para sellar un libro con autoridad eclesiástica.

La confusión que necesariamente introdujo el uso de la Septuaginta se incrementó aún más cuando la Iglesia occidental se elevó en importancia. La Septuaginta misma era el original de la Antigua Latina, y el recuerdo de la distinción original entre los libros constitutivos de la Biblia se volvió más y más difícil en la versión de una versión; y al mismo tiempo, el judaísmo se redujo a una oscura secta, y el trato entre las iglesias del este y del oeste se volvió menos estrecho. El impulso que instigó a Melitón en el siglo II para buscar en "el este" un relato "preciso" de "los libros del Antiguo Testamento", gradualmente perdió su fuerza a medida que la nación y la literatura judía se retiraron aún más del círculo del conocimiento cristiano. La antigua versión latina convirtió el uso popularmente en creencia, y las investigaciones de Jerónimo fueron incapaces de contrarrestar el sentimiento que había ganado fuerza silenciosamente, sin ningún tipo de sanción autoritativa. Sin embargo, hubo una importante, aunque oscura, protesta contra el creciente error. Los nazarenos, las reliquias de la Iglesia judía, además del Nuevo Testamento "hicieron uso del Antiguo Testamento, como los judíos" (Epifanio, Haer. xxix. 7). Tenían "toda la Ley, y los Profetas, y los Hagiógrafos así llamados, que son los libros poéticos, y los de Reyes, y Crónicas y Ester, y todos los demás libros en hebreo". Y en relación con este hecho, es digno de mención que Justino Mártir, quien obtuvo su conocimiento del cristianismo de Palestina, no hace uso de los escritos apócrifos en ninguna de sus obras.

De lo dicho, es evidente que la historia del canon cristiano debe buscarse en primera instancia de catálogos definidos y no de citas aisladas. Estos Catálogos evidentemente se dividen en dos grandes clases, hebreo y latín; y el primero, de nuevo, muestra tres variedades distintas, que deben ser rastreadas hasta las tres fuentes originales de las cuales se derivaron los catálogos. El primero puede ser llamado el Canon hebreo puro, que es el de la Iglesia de Inglaterra (el Talmud, Jerónimo, Juan Damasceno). El segundo difiere por la omisión del libro de Ester (Melitón, [Atanasio] Syn. S. Script., Gregorio de Nacianzo, Anfiloquio, Leoncio, Nicéforo, Calixto). El tercero difiere por la adición de Baruc, o "la Carta" (Orígenes; Atanasio, Cirilo de Jerusalén, [Concilio de Laodicea], Hilario). La omisión de Ester puede señalar una variación real en cuanto al judaísmo, pero la adición de Baruc se debe probablemente al lugar que ocupaba en relación directa con Jeremías, no sólo en las traducciones griega y latina, sino también aparece en algunas copias del texto hebreo, lo que se explica muy probablemente por el hecho de que Lamentaciones y Baruc no son enumerados distintivamente por muchos escritores que recibieron ambos libros. Durante los cuatro primeros siglos este Canon hebreo es el único que se reconoce claramente, siendo respaldado por la autoridad combinada de aquellos Padres cuyo juicio crítico tiene derecho al mayor peso. Sin embargo, mientras tanto como ya se ha dicho, el uso común de los Padres antiguos fue influenciado por la posición que los libros apócrifos ocupaban en las versiones, y los citan con frecuencia como Escritura cuando no fueron inducidos a referirse al juicio de la antigüedad.

Pero estos testimonios casuales son de comparativamente poco valor y en muchos casos opuestos al criterio discrecional de los autores de quienes se citan. La divergencia real en cuanto al contenido del Canon del Antiguo Testamento se remonta a Agustín, cuyo vacilante e incierto lenguaje sobre la cuestión proporciona abundante material para la controversia. Por educación y carácter ocupó una posición más desfavorable de lo habitual para la crítica histórica y, sin embargo, su abrumadora influencia, cuando se hizo notar en el uso corriente, dio consistencia y fuerza a la opinión que parecía defender, pues se puede dudar razonablemente si difería intencionalmente de Jerónimo salvo en el lenguaje. En un famoso pasaje (de Doctr. Christ. ii. 8 (13)) enumera los libros contenidos en "todo el Canon de la Escritura", e incluye entre ellos los libros apócrifos sin ninguna señal clara de distinción. Esta afirmación general es confirmada por otros dos pasajes, en los que se argumenta que hace una distinción entre los Cánones judío y cristiano, y refiere la autoridad de los libros apócrifos al juicio de la Iglesia. En el primer pasaje habla de la historia Macabea como no "encontrada en las Sagradas Escrituras que se llaman canónicas, pero en otros, entre los cuales están también los libros de los Macabeos, que la Iglesia, y no los judíos, tienen por canónicos, a causa de los maravillosos sufrimientos de los mártires [registrados en ellos]..." (quorum supputatio temporum non in Scripturis Sanctis, quae Canonicae appellantur, sed in aliis invenitur, in quibus sunt et Machabaeorum libri, quos non Judaei, sed ecclesia pro Canonicis habet... De Civ. xviii. 36). En el otro pasaje habla de los libros de los Macabeos como "recibidos por la Iglesia, no sin provecho, si se leen con sobriedad" (c. Gaud. i. 38). Pero ha de prestarse atención a que en cada caso se traza una distinción entre libros "eclesiásticos" y propiamente "canónicos". En el segundo caso expresamente rebaja la autoridad de los libros de los Macabeos al señalar que "los judíos no los tienen como los Salmos y los Profetas a los que el Señor da su testimonio". Y el catálogo original está especialmente calificado como una introducción que distingue entre la autoridad de los libros que son recibidos por todos y por algunos de las iglesias; y, de nuevo, entre aquellos que son recibidos por las iglesias de mayor o menor peso (de Doctr. Christ. ii. 8 (12)) de modo que la lista que inmediatamente sigue debe ser interpretada por esta regla. En confirmación de esta opinión de Agustín sobre la consideración especial por el Canon hebreo, se puede además insistir en que apela a los judíos, "los bibliotecarios de los cristianos", que poseen "todos los escritos en los cuales Cristo fue profetizado" (In Psal. xl, Psal. lvi.), y a "la Ley, los Salmos y los Profetas", que estaban apoyados por el testimonio de los judíos (c. Gaud. l. c.), incluyendo "todas las autoridades canónicas de los Libros Sagrados" (de Unit. Eccles. pág. 16), que como dice en otro lugar (de Civ. xv. 23, 4), "fueron conservados en el templo del pueblo hebreo por el cuidado de los sucesivos sacerdotes". Pero, por otro lado, Agustín frecuentemente usa pasajes de los libros apócrifos y prácticamente ignora las reglas de distinción entre las diversas clases de escritos sagrados que él mismo había señalado. Se para en el borde de la era del saber independiente, y sigue en momentos las conclusiones de la crítica, pero en otros las prescripciones del hábito, que desde su fecha se hizo más y más poderoso.

CATáLOGO CRISTIANO DE LOS LIBROS DEL ANTIGUO TESTAMENTO
De los signos, ● indica que el libro está expresamente catalogado como Sagrada Escritura; que se coloca expresamente en un segundo rango; ? que se menciona con duda. En blanco señala el silencio del autor en cuanto al libro en cuestión.
  Lamentaciones Baruc Ester Eclesiástico Sabiduría Tobías Judit 1 y 2 Macabeos  
Catálogos conciliares                  
Laodicea
          Conc. Laod. lix.
Cartago    
Conc. Cart. Can. xxxix.
Cánones apostólicos    
   
?
Can. Apost. lxxvi.
Catálogos privados                  
Escritores griegos                  
Melitón                 Ap. Euseb. H. E. iv. 26
Orígenes
?
       
Ap. Euseb. H. E. vi. 25
Atanasio
  Ep. Fest. i. 767
Cirilo de Jerusalén
          Catech. iv. 35
Synopsis S. Script    
   
Nicéforo  
 
Gregorio de Nacianzo                 Carm. xii. 31
Anfiloquio    
?
           
Epifanio    
      De Mensuris
Leoncio                 De Sectis, Act. ii.
Juan de Damasco    
?
?
  De Fide orthod. iv. 17
Nicéforo Calixto    
?
           
Cod. Gr. Saec. X    
 
Escritores latinos                  
Hilario
?
   
?
?
  Prol. in Psal. 15.
Jerónimo
 
Prol. Galeat. ix.
Rufino    
Expos. Symb.
Agustín    
De Doctr. Christ. 11. 8
Dámaso
 
Inocencio    
Ep. ad Exsup.
Casiodoro    
De INst. Div. Litt. xiv
Isidoro de Sevilla
 
De Orig. vi.
Sacram. Gallic.    
   
 
Cod. Clarom Saec. VII    
 

El Canon ampliado de Agustín, que estaba, como se verá, totalmente sin apoyo de ninguna autoridad griega, fue adoptado en el Concilio de Cartago (año 397), aunque con una reserva (Canon 47), y luego publicado en las decretales que llevan el nombre de Inocencio, Dámaso y Gelasio; repitiéndose en muchos escritores posteriores. Pero sin embargo una continua sucesión de los Padres más eruditos en occidente mantuvo la autoridad distintiva del Canon hebreo hasta el período de la Reforma. En el siglo VI, Primasio (Comm. in Apoc. iv. Coseno, § 92?), en el VII, Gregorio Magno (Moralia, xix. 21, pág. 622), en el VIII, Beda (In Apoc. iv.?), en el IX, Alcuino (ap. Hody, 654; sin embargo, ver Carm. vi., vii.), en el X, Radulfo Flaviano (In Levit. xiv. Hody, 655), en el XII, Pedro de Cluny (Ep. c. Petr. Hody, l. c), Hugo de San Víctor (de Script. 6), y Juan de Salísbury (Hody, 656; Cosin, § 130), en el XIII, Hugo Cardenalis (Hody, 656), en el XIV, Nicolás de Lyra (Hody, pág. 657; Cosin, § 146), Wycliffe (? comp. Hody, 658) y Occam (Hody, 657; Cosin, § 147), en el XV, Tomás Anglicus (Cosin, § 150), y Tomás de Walden (id. § 151), en el XVI, el cardenal Jiménez (Ed. compl. Pref.), Sixto Senensis (Biblioth. i. 1) y el cardenal Cayetano (Hody, pág. 662; Cosin § 173), repiten con aprobación la decisión de Jerónimo, y trazan una línea clara entre los libros canónicos y apócrifos (Cosin, Scholastical Historia of the Canon; Reuss, (die Gesch. d. heiligen Sckriften N. T., ed. 2, § 328).

Hasta la fecha del concilio de Trento, los católicos permitieron que la cuestión del Canon estuviera abierta, pero uno de las primeras tareas de esa asamblea fue circunscribir una libertad que el crecimiento de la literatura parecía volver peligrosa. El decreto del concilio "sobre las Escrituras Canónicas", que se hizo en la 4ª sesión (8 de abril de 1546), en la que estuvieron presentes unos 53 representantes, declaró el Canon ampliado, incluyendo los libros apócrifos, merecedores en todas sus partes de "igual veneración" (pari pietatis afFectu), y añadió una lista de libros "para prevenir la posibilidad de duda" (ne cui dubitatio suboriri possit). Este decreto precipitado y perentorio, a diferencia en su forma de cualquier catálogo antes publicado, fue cerrado por un solemne anatema contra todos los que "no reciban los libros enteros con todas sus partes como sagrados y canónicos" (Si quis autem libros ipsos integros cum ominibus suis partibus, prout in ecclesia catholica egi consueverunt et in veteri vulgata Latina editione habentur, pro sacris et canonicis non susceperit... anatema est, Conc. Trid. sesión iv.) Sin embargo, este decreto no fue aprobado sin oposición (Sarpi, 139 sig. ed. 1655, aunque Pallavacino lo niega); y a pesar de los términos absolutos en que se expresa, los católicos posteriores han procurado encontrar un método para escapar de la definida igualación de las dos clases de Sagradas Escrituras, por una interpretación forzada de las cláusulas subsidiarias. Du Pin (Dissert. prelim. i. 1), Lamy (App. Bibl. ii. 5), y Jahn (Einl. in d. A. T., i. 141 y ss. ap. Reuss, a. a. O. § 337), procuraron establecer dos clases, de libros protocanónicos y deuterocanónicos, atribuyendo a los primeros una autoridad dogmática, y a los segundos sólo una autoridad ética. Pero tal clasificación, por verdadera que sea, está obviamente en desacuerdo con los términos de la decisión Tridentina, y ha encontrado comparativamente poco favor entre los escritores católicos.

Las iglesias reformadas acordaron por unanimidad confirmar el Canon hebreo de Jerónimo, y rehusaron conceder cualquier autoridad dogmática a los libros apócrifos, pero la forma en que este juicio se expresó varió considerablemente en las diferentes confesiones. Los formularios luteranos no contienen ningún artículo definido sobre la cuestión, pero la nota que Lutero puso frente a su traducción al alemán de los apócrifos (ed. 1534), es una adecuada declaración del juicio posterior de esa comunión: "Los apócrifos, es decir, los libros que no están en pie de igualdad (nicht gleich gehalten) con la Sagrada Escritura, son sin embargo útiles y buenos para leer". Esta idea general fue más ampliada en los prefacios especiales a los libros separados, en los que Lutero criticó libremente su valor individual y rechazó totalmente 3 y 4 Esdras, como indignos de traducción. En un período anterior Carlstadt (1520) publicó un ensayo crítico, De canonicis scripturis libellus (reimpreso en Credner, Zur Gesch. d. Kan. páginas 291 y sig.), en el que siguió la división hebrea de los libros canónicos en tres rangos, y agregó Sabiduría, Eclesiástico, Judit, Tobías, 1 y 2 Macabeos, como hagiógrafos, aunque no incluidos en la colección hebrea, mientras que rechazó el resto de los apócrifos con considerables partes de Daniel como "totalmente apócrifos" (plane apocryphi; Credner, páginas 389, 410 y sig.).

Las iglesias calvinistas generalmente trataron la cuestión con más precisión, e introdujeron en sus documentos una distinción entre libros "Canónicos" y "Apócrifos", o "Eclesiásticos". La Confesión Galicana (1561), después de una enumeración del Canon de Jerónimo (Art. 3), añade (Art. 4) "que los otros libros eclesiásticos son útiles, pero no para que cualquier artículo de fe pueda establecerse a partir de ellos" (quo [sc. Spiritu Sancto] suggerente docemur, illos [sc. libros Canonicos'] ab aliis libris ecclesiasticis discernere, qui, ut sint utiles, non sunt tamen ejusmodi, ut ex iis constitui possit aliquis fidei articulus). La Confesión Belga (¿1561?) contiene una enumeración similar de los libros Canónicos (Art. 4), y permite a los apócrifos su uso público por la Iglesia, pero les niega a todos ellos autoridad independiente en materia de fe (Art. 6). La Confesión Helvética posterior (1562, Bullinger) señala la distinción entre los canónicos y los apócrifos, sin pronunciar juicio alguno sobre la cuestión (Niemeyer, Libr. Symb. Ecles., pág. 468. La confesión de Westminster [Art. 3) coloca los libros apócrifos en un nivel con otros escritos humanos, y no les concede otra autoridad en la Iglesia.

La Iglesia anglicana (Art. 6) apela directamente a la opinión de Jerónimo, y concede a los libros apócrifos (incluyendo [1571] 4 Esdras y La Oración de Manasés) un uso "para ejemplo de vida e instrucción de costumbres", pero no para establecer doctrina; y una decisión similar se da en los artículos irlandeses de 1615 (Hardwick, l. c. 341 sig.). Los artículos ingleses originales de 1552 no contenían catálogo (Art. 5) del contenido de la "Sagrada Escritura", y ninguna mención de los apócrifos, aunque el decreto Tridentino (1546) podría parecer haberlo hecho necesario. El ejemplo de iglesias extranjeras puede haber llevado a la adición en la revisión posterior.

La opinión expresada de la Iglesia griega posterior sobre el Canon de las Escrituras ha sido modificada en algunos casos por las circunstancias bajo las cuales se hizo la declaración. La "Confesión" de Cirilo Lucar, que estaba más favorablemente inclinado hacia las iglesias protestantes, confirma el Catálogo Laodiceno y señala a los apócrifos como no poseyendo la misma autoridad divina que aquellos cuyos canonicidad es incuestionable (Kimmel, Mon. Fid. Eccles. Or. i. pág. 42). En este juicio, Cirilo Lucar fue seguido por su amigo Metrófanes Critopulos, en cuya confesión figura una lista completa de los libros del Canon hebreo (Kimmel, ii. págs. 105 sig.), aunque se asigna algún valor a los libros apócrifos en consideración de su valor ético; y la detallada decisión de Metrófanes se cita con aprobación en la "Enseñanza Ortodoxa" de Platón, metropolitano de Moscú (ed. Atenas, 1836, p. 59). La "Confesión Ortodoxa" simplemente refiere la cuestión de las Escrituras a la Iglesia. Por otro lado el sínodo de Jerusalén, celebrado en 1672, "contra los calvinistas", que comúnmente se dice fue dirigido por influencia católica, declaró que los libros que Cirilo Lucar "ignorante o maliciosamente llamó apócrifos", son "canónicos y Sagradas Escrituras", por la autoridad del testimonio de la Iglesia antigua. El sínodo Constantinopolitano, que se celebró en el mismo año, señala la diferencia existente entre los catálogos apostólico, laodicense y cartaginés, y parece destacar que a los libros apócrifos no hay que rechazarlos completamente. El Catecismo Ruso autorizado (The Doctrine of the Russian Church., &c., por el reverendo W. Blackmore, Aberdeen, 1845, págs. 37 y sig.) cita claramente y defiende el Canon hebreo sobre la autoridad de los Padres griegos, y repite el juicio de Atanasio sobre la utilidad de los libros apócrifos, como estudio preparatorio de la Biblia; y no cabe duda de que la corriente de opinión griega, de acuerdo con el acuerdo unánime de los catálogos griegos antiguos, coincide con este juicio.

La historia del Canon sirio del Antiguo Testamento está envuelta en una gran oscuridad por la escasez de pruebas que se pueden presentar al respecto. La Peshito se hizo, en primera instancia, directamente del hebreo, y en consecuencia se adhirió al Canon hebreo; pero como la Septuaginta se usó después para revisar la versión, muchos de los libros apócrifos fueron traducidos del griego en un período temprano y agregados a la colección original (Assemani, Bibl. Or. i. 71). Sin embargo, este cambio sólo se hizo gradualmente. En la época de Efrén (c. 370) faltaban las adiciones apócrifas a Daniel, y sus comentarios se limitaron a los libros del Canon hebreo, aunque estaba familiarizado con los apócrifos (Lardner, Credibility, iv. páginas 427 y sig.; ver Lengerke, Daniel, cxii.). Los escritores sirios posteriores no arrojan mucha luz sobre la cuestión. Gregorio Bar Hebraeus, en su breve comentario sobre la Escritura, trata los libros en el siguiente orden: Pentateuco, Josué, Jueces, 1 y 2 Samuel, Salmos, 1 y 2 Reyes, Proverbios, Eclesiástico, Eclesiastés, Cantar de loa cantares, Sabiduría, Rut, Historia de Susana, Job, Isaías, doce Profetas, Jeremías, Lamentaciones, Ezequiel, Daniel, Bel y el dragón, cuatro evangelios, Hechos y catorce epístolas de Pablo, omitiendo 1 y 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Ester, Tobías, 1 y 2 Macabeos, Judit, (Baruc), Apocalipsis, Santiago, 1 Pedro, 1 Juan.

En el Vocabulario Bíblico de Jacobo de Edesa (Assemani, l. c. p. 499), el orden y número de los libros comentados es algo diferente: Pentateuco, Josué, Jueces, Job, 1 y 2 Samuel, David (es decir, Salmos), 1 y 2 Reyes, Isaías, doce Profetas, Jeremías, Lamentaciones, Baruc, Ezequiel, Daniel, Proverbios, Sabiduría, Cantar de los cantares, Rut, Ester, Judit, Eclesiástico, Hechos, Santiago, 1 Pedro, 1 Juan, catorce epístolas de Pablo, cuatro Evangelios, omitiendo 1 y 2 Crónicas, Esdras, Nehemías, Eclesiástico, Tobías, 1 y 2 Macabeos, Apocalipsis (comp. Assemani, Bibl. Orient. iii. 4 not.).

El Catálogo de EbedJesu (Assemani, Bibl. Orient. iii. 5 sig.) es más bien un estudio general de toda la literatura hebrea y cristiana con la que estaba familiarizado (Catalogus librorum omnium Ecclesiasticorum) que un Canon de la Escritura. Después de enumerar los libros del Canon hebreo, junto con Eclesiástico, Sabiduría, Judit, adiciones a Daniel y Baruc, agrega, sin interrupción, "las tradiciones de los Ancianos" (Mishná), las obras de Josefo, incluyendo las Fábulas de Esopo, que popularmente se le atribuyeron, y al final menciona el "libro de Tobías y Tobit". En manera semejante, después de enumerar los cuatro evangelios, Hechos, tres epístolas católicas y catorce de Pablo, pasa inmediatamente al Diatessaron de Taciano, y los escritos de "los discípulos de los apóstoles". Poca dependencia, sin embargo, se puede conceder a estas listas, ya que no se apoyan en ningún fundamento crítico, y es sabido por otras fuentes que variedades de opinión sobre la cuestión del Canon existieron en la Iglesia siria (Assemani, Bibl. Orient. iii. 6 not.).

Pero un testimonio que deriva su origen de la Iglesia siria, es especialmente digno de mención. Junilio, obispo africano del siglo VI, ha conservado un interesante relato de la enseñanza de Paulo, un persa, sobre la Sagrada Escritura, que fue educado en Nisibis donde "la Ley Divina era explicada regularmente por maestros públicos", como una rama de la educación común (Junilio, De part. [div.] leg. Praef.). Él divide los libros de la Biblia en dos clases, los de "perfecta", y los de "media" autoridad [mediae auctoritatis]. La primera clase incluye todos los libros del Canon hebreo con la excepción de 1 y 2 Crónicas, Job, Cantares y Ester, y con la adición de Eclesiástico. La segunda clase consta de Crónicas (2), Job, Esdras (2), Judit, Ester, y Macabeos (2), que son añadidos por "muchos" (plurimi) a los libros canónicos. Los libros restantes se declaran sin autoridad, y de estos Cantares y Sabiduría se dice que son agregados por "algunos" (quidam) al Canon. La clasificación tal como está no deja de tener dificultades, pero merece más atención de la que ha recibido (comp. Hody, p. 653; Gallandi, Biblioth. xiii. 79 y sig. [Migne, Patrol. Lat. vol. lxviii.]

El Canon armenio, en la medida en que se puede determinar de adiciones, sigue al de la Septuaginta, pero no tiene autoridad crítica; y un comentario similar se aplica al Canon etíope, aunque es más fácil en este caso rastrear los cambios por los que ha pasado (Dillmann, Ueber d. Æth. Kan., en Jahrbücher de Ewald, 1853, págs. 144 y sig.).

Canon cristiano del Nuevo Testamento.
La historia del Canon del Nuevo Testamento presenta una destacada analogía con la del Canon del Antiguo Testamento. Los inicios de ambos cánones son oscuros, por las circunstancias bajo las cuales surgieron; los dos crecieron en silencio bajo la guía de un instinto interno, en lugar de por la fuerza de la autoridad externa; ambos estaban relacionados con otra literatura religiosa por una serie de libros que pretendían una parcial y cuestionable autoridad; ambos ganaron definición en tiempos de persecución. La principal diferencia reside en el consentimiento general con el que todas las iglesias del oeste se han unido en la ratificación de un Canon del Nuevo Testamento, mientras que están divididas en cuanto a la posición de los apócrifos del Antiguo Testamento.

La historia del Canon del Nuevo Testamento puede ser convenientemente dividida en tres periodos. El primero se extiende hasta la época de Hegesipo (c. 170), e incluye la era de la circulación y gradual recopilación de los escritos apostólicos. El segundo se cierra por la persecución de Diocleciano (303), y marca la separación de las Escrituras Sagradas de la restante literatura eclesiástica. El tercero puede ser definido por el tercer Concilio de Cartago (397), en el que un catálogo de los libros de la Escritura fue formalmente ratificado por la autoridad conciliar. El primero es característicamente un período de tradición, el segundo de especulación y el tercero de autoridad; y no es difícil rastrear las características de las edades sucesivas en el curso de la historia del Canon.

La historia del Canon del Nuevo Testamento hasta el año 170.
Los escritos del Nuevo Testamento mismo contienen poco más que débiles y tal vez insinuaciones inconscientes de la posición que estaban destinados a ocupar. La misión de los apóstoles era esencialmente la de predicar y no de escribir; de fundar una iglesia presente y no de legislar para una futura. La "palabra" es esencialmente la de "oír", "recibir" y "transmitir", un "mensaje", una "proclamación". La instrucción escrita fue en cada particular sólo ocasional y fragmentaria; y la terminación de la colección completa de registros incidentales así formada es una de las pruebas más sorprendentes del poder providencial que guiaba el natural desarrollo de la Iglesia. El método prevaleciente de interpretar el Antiguo Testamento, y la posición peculiar que ocuparon los primeros cristianos, estando al borde de "la edad venidera", parecía excluir la necesidad e incluso el uso de un "Nuevo Testamento". Sin embargo, incluso aunque nada indica que los apóstoles consideraran que sus escritos iban a preservar una muestra perfecta de la suma de la verdad cristiana, coordinada con la Ley y los Profetas, reclaman para sus escritos un uso público (Os encargo solemnemente por el Señor que se lea esta carta a todos los hermanos.[…]1 Tesalonicenses 5:27; Cuando esta carta se haya leído entre vosotros, hacedla leer también en la iglesia de los laodicenses; y vosotros, por vuestra parte, leed la carta que viene de Laodicea.[…]Colosenses 4:16; Yo testifico a todos los que oyen las palabras de la profecía de este libro: Si alguno añade a ellas, Dios traerá sobre él las plagas que están escritas en este libro;[…]Apocalipsis 22:18), y un poder autoritativo (Pero el Espíritu dice claramente que en los últimos tiempos algunos apostatarán de la fe, prestando atención a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios,[…]1 Timoteo 4:1 sig.; Ahora bien, hermanos, os mandamos en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que os apartéis de todo hermano que ande desordenadamente, y no según la doctrina que recibisteis de nosotros.[…]2 Tesalonicenses 3:6; y si alguno quita de las palabras del libro de esta profecía, Dios quitará su parte del árbol de la vida y de la ciudad santa descritos en este libro.[…]Apocalipsis 22:19); y, en el tiempo en que se escribió 2 Pedro, que en cualquier suposición es un escrito extremadamente temprano, las epístolas de Pablo fueron puestas en importante relación con "las otras Escrituras".

La transición de la edad apostólica a la subapostólica es esencialmente abrupta y llamativa. Una era de conservadurismo sucede a una era de creación; pero en sentimiento y carácter general el período que siguió a la obra de los apóstoles parece haber sido un fiel reflejo de lo que ellos moldearon. Los restos de la literatura a la que dio origen, que son enteramente griegos, son singularmente escasos y limitados en rango, solo unas pocas cartas y "Apologías". Hasta entonces, el escribir entre los cristianos fue, por regla general, el resultado de una necesidad apremiante y no de una elección; y bajo tales circunstancias, es vano esperar una clara conciencia de la necesidad de un Canon escrito, o cualquier testimonio claro en cuanto a sus límites. Los escritos de los Padres apostólicos (c. 70120) son todos ocasionales. Brotaron de circunstancias peculiares, y ofrecen poco alcance para ser citados. Al mismo tiempo la tradición apostólica aún estaba fresca en la memoria de los hombres, y la necesidad de evangelios escritos aún no se hizo evidente por la corrupción de la narración oral. Como consecuencia, el testimonio de los Padres apostólicos es principalmente importante, como prueba la vigencia general de tales esbozos de historia y tipos de doctrina como se conservan en nuestro Canon. Muestran de esta manera que los libros canónicos ofrecen una explicación adecuada de la creencia de la edad siguiente, y por lo tanto deben representar completamente la enseñanza anterior en la que se basaban. En tres lugares, sin embargo, en los que era natural buscar una referencia más distintiva, Clemente (Ep. 47), Ignacio (ad. Ef. 12) y Policarpo (Ep. 3), se refieren a las epístolas apostólicas escritas. Las coincidencias casuales de los escritos de los Padres apostólicos con el lenguaje de las epístolas es mucho más extenso. Con la excepción de las epístolas de Judas, 2 Pedro y 2 y 3 Juan, con las que no hay coincidencias y 1 y 2 Tesalonicenses, Colosenses, Tito y Filemón, con las que las coincidencias son muy cuestionables, todas las demás epístolas eran claramente conocidas y utilizadas por ellos; pero aún no se citan con las fórmulas que preceden a las citas del Antiguo Testamento, ni es la famosa frase de Ignacio (ad Filadelfios v., "después de haberme refugiado en el evangelio como en la carne de Cristo y en los apóstoles como en el senado de la iglesa"), suficiente para probar la existencia de una colección de registros apostólicos, a diferencia de la suma de la enseñanza apostólica. Las coincidencias con los evangelios, por otra parte, tanto de hecho como en sustancia son numerosas e interesantes, pero tales no pueden ser referidas al uso exclusivo de nuestros presentes evangelios escritos. Tal uso hubiera sido ajeno al carácter de la época, e inconsistente con la influencia de una tradición histórica. Los detalles de la vida de Cristo todavía estaban demasiado recientes para ser buscados sólo en registros fijos; e incluso donde la memoria era menos activa, el largo hábito interpuso una barrera al reconocimiento de nuevas Escrituras. El sentido de la profundidad infinita y máxima autoridad del Antiguo Testamento era demasiado poderoso, aun entre gentiles conversos para exigir o admitir la incorporación inmediata de libros complementarios. Pero el sentido de la posición peculiar que los apóstoles ocuparon, como los maestros inspirados originales de la Iglesia cristiana, ya se estaba haciendo sentir en la era subapostólica; y por un notable acuerdo Clemente (ad Cor. i. 7, 47) Policarpo (ad Fil. 3), Ignacio (ad Rom. 4) y Bernabé (cap. 1) trazan una línea clara entre ellos y sus predecesores, de quienes no estaban separados por un intervalo prolongado de tiempo. Como la necesidad de una norma definida de la verdad cristiana se volvió más apremiante, también lo fue el carácter de aquellos en cuyos escritos debía ser buscada y más claramente aprehendida.

El siguiente período (120170), que puede ser acertadamente llamada la era de los apologistas, lleva la historia de la formación del Canon un paso más allá. Los hechos de la vida de Cristo adquirieron una nueva importancia en la controversia con judíos y gentiles. La tradición oral, que aún perduraba en la edad anterior, estaba desapareciendo, y una variedad de documentos escritos pretendían ocupar su lugar. Entonces fue cuando los evangelios canónicos fueron definitivamente separados de la masa de narrativas similares en virtud de sus pretensiones externas, que habían permanecido, por así decirlo, en suspenso durante el período de la tradición. La necesidad no los creó, sino que los reconoció. Sin duda y sin controversia, ocuparon inmediatamente la posición que siempre han retenido como el cuádruple registro apostólico del ministerio del Salvador. Otras narrativas permanecieron vigentes durante algún tiempo, que eran formas interpoladas de los libros canónicos (El evangelio de los hebreos, etc.), o tradiciones independientes (El evangelio según los egipcios, etc.), y ejercieron más o menos influencia sobre la forma de la citaciones populares; pero donde la cuestión de la autoridad fue planteada, los cuatro evangelios fueron ratificados por universal consentimiento. El testimonio de Justino Mártir es en este sentido muy importante. Un examen imparcial de sus referencias evangélicas, si se lleva a cabo con la debida referencia a su general forma de citar, a posibles variantes de lectura, y a la naturaleza de su tema, que excluye citas expresas de libros cristianos, muestra que se derivaron ciertamente en lo principal, probablemente exclusivamente, de los evangelios sinópticos, y que cada evangelio es claramente reconocido por él (Diál. c. Trifón c. 103... comp. Dial. c. 49 con Entonces los discípulos entendieron que les había hablado de Juan el Bautista.[…]Mateo 17:13; Dial. c. 106 con 16 Designó a los doce: Simón (a quien puso por nombre Pedro), 17 Jacobo, hijo de Zebedeo, y Juan hermano de Jacobo (a quienes puso por nombre Boanerges, que significa, hijos del trueno); […]Marcos 3:16,17; Dial. c. 105 con Y Jesús, clamando a gran voz, dijo: Padre, EN TUS MANOS ENCOMIENDO MI ESPIRITU. Y habiendo dicho esto, expiró.[…]Lucas 23:46). Las referencias de Justino a Juan son menos decididas (comp. Apol. i. 61; Dial. [88,] 63, 123, 56, etc.; y de los otros libros del Nuevo estamento menciona el Apocalipsis solo por nombre (Dial. c. 81), y ofrece algunas coincidencias de lenguaje con las epístolas de Pablo.

La evidencia de Papías (c. 140150) es casi contemporánea con la de Justino. A pesar de las diversas cuestiones que se han planteado en cuanto a la interpretación de los fragmentos de sus "Enarraciones" presentados por Eusebio (H. E. iii. 39) parece en todos los aspectos más razonable concluir que Papías estaba familiarizado con nuestros actuales evangelios de Mateo y Marcos, el primero de los cuales se relacionó con un original hebreo anterior; y probablemente también con el evangelio de Juan, las epístolas de Juan y Pedro (Eusebio, H. E. iii. 24) y el Apocalipsis (Frag. viii.).

Mientras tanto, los escritos apostólicos fueron tomados por varios maestros místicos como la base de extraños sistemas de especulación, que son popularmente confundidos bajo el título general de gnosticismo, ya sea gentil o judío en su origen. En los primeros fragmentos de escritores gnósticos que quedan hay rastros del uso de los evangelios de Mateo y Juan, y de 1 Corintios, siendo el Apocalipsis atribuido por una confusión no difícil de explicar a Cerinto (Epifanio, Haer. li. 3). En otros escritos gnósticos (ofitas) un poco más tarde hay referencias a Mateo, Lucas, Juan, Romanos, 1 y 2 Corintios, Gálatas, Efesios y Hebreos; y las Homilías Clementinas contienen claras coincidencias con todos los evangelios (Hom. xix. Marcos; Hom. xix. 22 Juan). De hecho, en los fragmentos de un escritor gnóstico, Basílides (c. 125), los escritos del Nuevo Testamento se encuentran citados por primera vez en la misma manera como los del Antiguo (Basílides ap. Hipólito, adv. Haer. pág. 238, 240). Un gnóstico, Heracleón, fue el primer comentarista conocido sobre las Escrituras cristianas. Y otro escritor, Marción, proporciona la primera clara evidencia de un Canon del Nuevo Testamento.

La necesidad de un Canon definido debe haberse sentido durante el curso de la controversia gnóstica. Los registros comunes de la vida de Cristo pueden haber sido primero compuestos en las discusiones con adversarios externos. La norma de la enseñanza apostólica se determinó cuando la iglesia misma estaba sumida en divisiones internas. El Canon de Marción (c. 140) contenía ambos elementos, un evangelio ("El Evangelio de Cristo") que era una recensión mutilada de Lucas y un "Apóstol" o Apostolicon, que contenía diez epístolas de Pablo, el único apóstol verdadero a juicio de Marción, excluyendo las epístolas pastorales y la de Hebreos (Tertuliano, adv. Marc. v.; Epifanio, adv. Haer. xlii.). Los estrechos límites de este Canon fueron una consecuencia necesaria de la creencia y posición de Marción, pero ofrecen un claro testimonio del hecho de que los escritos apostólicos fueron tan temprano considerados una regla de doctrina original completa. No hay ninguna evidencia que demuestre que consideró los libros que rechaza como no auténticos. La conducta de otros maestros heréticos que profesaron admitir la autoridad de todos los apóstoles, prueba lo opuesto, pues generalmente defendieron sus principios por interpretaciones forzadas, y no por negar la autoridad de los registros comunes. Y mientras las primeras huellas del reconocimiento de la inspiración divina y la unidad colectiva del Canon provienen de ellos, no se puede suponer, sin invertir toda la historia del cristianismo, que dieron un modelo a la Iglesia católica y no simplemente perpetuaron la creencia y la costumbre que había crecido dentro de ella.

El cierre de este periodo de la historia del Canon del Nuevo Testamento está marcado por la existencia de dos testimonios importantes para el Nuevo Testamento como un todo. Hasta entonces la evidencia había sido en lo principal fragmentaria y ocasional; pero el Canon Muratoriano en el oeste, y la Peshito en el este, trataban con la colección de las Escrituras cristianas como tal. El primero es un fragmento, aparentemente traducido del griego y sin embargo de origen romano, mutilado tanto al principio como al final, y escrito, a partir de pruebas internas, hacia el año 170. Comienza con una clara referencia al evangelio de Marcos y luego pasa a Lucas como el tercero, Juan, los Hechos, trece epístolas de Pablo. La primera epístola de Juan se cita en el texto; y luego dice que "la epístola de Judas y las dos epístolas de Juan mencionadas anteriormente (superscripti: o "que llevan el nombre de Juan", superscriptae) se cuentan entre las católicas [epístolasJ". "Además recibimos los Apocalipsis de Juan y Pedro solamente, que [última] algunos de nuestro cuerpo no han leído en la Iglesia." Por tanto, este catálogo omite de los libros recibidos en el presente la epístola de Santiago, la epístola a los Hebreos y 2 Pedro, mientras que señala la recepción parcial del Apocalipsis de Pedro. El Canon de la Peshito forma un notable complemento de este catálogo. Incluye los cuatro evangelios y los Hechos, catorce epístolas de Pablo, 1 Juan, 1 Pedro y Santiago, omitiendo Judas, 2 Pedro, 2 y 3 Juan y el Apocalipsis; este Canon se preservó en las Iglesias sirias mientras tuvieron una literatura independiente (Ebed Jesu † 1318, ap. Assemani, Bibl. Or. iii. páginas. 3 y sig.). Hasta ese momento, por lo tanto, 2 Pedro es el único libro del Nuevo Testamento que no se reconoce como escritura apostólica y autorizada; y en este resultado la evidencia de citas casuales coincide exactamente con la enumeración en los dos catálogos formulados.

2. La historia del Canon del Nuevo Testamento desde el año 170 al 303.
El segundo período de la historia del Canon está marcado por un cambio total en el carácter literario de la Iglesia. Desde finales del siglo II los escritores cristianos toman el lugar más importante tanto intelectual como moralmente; y la poderosa influencia de la Iglesia alejandrina amplió el rango del pensamiento católico, y frenó la propagación de las herejías especulativas. Desde el principio los elementos comunes de los cánones romano y sirio, forman un Canon de los libros reconocidos, considerados en su conjunto, autorizado e inspirado, y coordinado con el Antiguo Testamento. Cada uno de estos puntos es probado por el testimonio de Padres contemporáneos que representan a las iglesias de Asia Menor, Alejandría y África del Norte. Ireneo, que estaba relacionado por sucesión directa con el apóstol Juan (Eusebio H. E. v. 20), habla de las Escrituras como un todo, sin distinción del Antiguo o Nuevo Testamento, "perfectas, puesto que fueron pronunciadas por la Palabra de Dios y su Espíritu" (Adv. Haer. ii. 28, 2). "No podría haber", argumenta en otra parte, "más de cuatro Evangelios ni menos" (Adv. Haer. iii. 11, 8 sig). Clemente de Alejandría, de nuevo, señala "al apóstol" (Strom. vii. 3, § 14) como una colección definida como "el evangelio", y los combina "como Escrituras del Señor" con la Ley y los Profetas (Strom. vi. 11, § 88) "ratificadas por la autoridad de un Poder todopoderoso" (Strom. iv. 1, § 2). Tertuliano señala particularmente la introducción de la palabra Testamento por la palabra anterior Instrumento, aplicado a la dispensación y el registro (adv. Marc. iv. 1), y apela al Nuevo Testamento, compuesto por los "evangelios" y "apóstoles" (Adv. Prax. 15). Este extenso testimonio se extiende a los cuatro evangelios, Hechos, 1 Pedro, 1 Juan, trece epístolas de Pablo y el Apocalipsis; y, con la excepción del Apocalipsis, ninguno de estos libros fue rechazado después o cuestionado hasta los tiempos modernos.

Pero este acuerdo inicial en cuanto al contenido principal del Canon dejó varios puntos aún sin decidir. El este y el oeste recibieron por separado algunos libros que no fueron universalmente aceptados. Hasta ahora el error estaba en el defecto; pero en otros casos los libros apócrifos o no apostólicos obtuvieron una sanción parcial o un uso popular, antes de que finalmente pasaran al olvido. Ambos fenómenos, sin embargo, fueron limitados en el tiempo y rango, y admiten la explicación del carácter interno de los libros en cuestión.

En general se puede decir que de los libros "discutidos" del Nuevo Testamento, el Apocalipsis fue universalmente recibido, con la única excepción de Dionisio de Alejandría, por todos los escritores de la época; y la epístola a los Hebreos, por las iglesias de Alejandría, Asia (?) y Siria, pero no por las de África y Roma. Las epístolas de Santiago y Judas, por otro lado, fueron poco utilizadas, y 2 Pedro apenas era conocida.

Pero mientras que la evidencia de la formación del Canon es mucho más copiosa durante este período que durante el anterior, es esencialmente del mismo tipo. Es la evidencia de uso y no de investigación. El Canon se fijó en la práctica ordinaria y las dudas fueron resueltas por la costumbre y no por la crítica. Se perpetuaron viejos sentimientos y creencias por una tradición viva; y si esta costumbre de mente era desfavorable a la solución permanente de dificultades, da nueva fuerza a las reivindicaciones de los libros reconocidos, que son atestiguados por el testimonio de cada división de la Iglesia (Orígenes, Cipriano, Metodio), porque es difícil concebir cómo podría haber surgido tal unanimidad excepto del peso original de la autoridad apostólica. Porque se observará que la prueba a favor de los libros reconocidos en su conjunto es a la vez clara y concordante desde todos los lados, tan pronto como la literatura cristiana es independiente y considerable. El Canon precedió a la literatura y no fue determinado por ella.

3. La historia del Canon del Nuevo Testamento desde 303 a 397.
La persecución de Diocleciano iba dirigida en gran medida contra los escritos cristianos (Lactancio, Instit. v. 2; de Mort. Persec. 16). La influencia de las Escrituras ya era tan grande y tan notoria, que el método más seguro de destruir la fe parecía ser la destrucción de los registros en los que se apoyaba. El plan del emperador tuvo en parte éxito. Hubo algunos que encontraron protección por la entrega de los libros sagrados, y en un momento posterior la cuestión de la readmisión de estos "traidores" (traditores), como fueron llamados enfáticamente, creó un cisma en la Iglesia. Los donatistas, que mantenían el juicio más severo sobre su delito, pueden ser considerados los más estrictos en su integridad en África sobre el contenido del Canon de la Escritura, que fue la ocasión de la disensión; y Agustín admite que mantuvieron en común con los católicos las mismas "Escrituras canónicas", y estaban igualmente "obligados por la autoridad de ambos Testamentos" (Agustín, c. Cresc. i. 31, 57; Ep. 129, 3). La única duda que puede ser planteada en cuanto a la integridad del Canon donatista surge del lenguaje incierto que Agustín mismo usa en cuanto a la epístola a los Hebreos, que los donatistas también pueden haber tolerado. Pero, sea como fuere, el Canon completo del Nuevo Testamento, como comúnmente se recibe en la actualidad, fue ratificado en el tercer concilio de Cartago (397), y desde entonces fue aceptado en toda la Iglesia latina (Jerónimo, Inocencio, Rufino, Filastrio), aunque había ocasionalmente dudas sobre la epístola a los Hebreos (Isid. Hisp. Proem. §§ 85109).

Mientras tanto, las iglesias sirias, fieles al espíritu conservador del este, aún conservaban el Canon de la Peshito. Crisóstomo († 407), Teodoro de Mopsuestia († 429) y Teodoreto, que representa a la Iglesia de Antioquía, no proporcionan ninguna conclusión en apoyo de las epístolas de Judas, 2 Pedro, 2 y 3 Juan, o el Apocalipsis. Junilio, en su relato de la enseñanza pública en Nisibis, coloca las epístolas de Santiago, Judas, 2 y 3 Juan, 2 Pedro en una segunda clase, y menciona las dudas que existían en oriente en cuanto al Apocalipsis. Y aunque Efrén Sirio estaba familiarizado con el Apocalipsis (Opp. Syr. ii. p. 332 c), sin embargo, sus obras genuinas sirias no muestran uso habitual de los libros que no estaban contenidos en el Canon sirio, un hecho que debe arrojar algún descrédito por las frecuentes citas de ellos que aparecen en aquellos escritos que están sólo prservados en una traducción griega.

Las iglesias de Asia Menor parecen haber ocupado una posición media en cuanto al Canon entre el este y el oeste. Con la excepción del Apocalipsis, recibieron generalmente todos los libros del Nuevo Testamento, tal como está contenido en el Canon Africano, pero está definitivamente excluido del Catálogo de Gregorio de Nacianzo († 389), y declarado "espurio", bajo la autoridad de "la mayoría" en el de Anfiloquio (c. 380), mientras que se pasa por alto en silencio en el Catálogo Laodiceno, que, aunque no tiene derecho a posición canónica, pertenece al período y territorio con el que está comúnmente relacionado. El mismo Canon, con la misma omisión del Apocalipsis, es dado por Cirilo de Jerusalén († 386); aunque Epifanio, quien fue su compatriota y contemporáneo, confirma el Canon occidental, mientras que señala las dudas que se albergaban en cuanto al Apocalipsis. Estas dudas prevalecieron en la Iglesia de Constantinopla, y el Apocalipsis no parece haber sido reconocido allí hasta una época posterior, aunque en otros aspectos el Canon Constantinopolitano era completo y puro (Nicéforo, Focio, Ecumenio, Teofilacto, † 1077).

La conocida carta Festal de Atanasio († 373) da testimonio del Canon Alejandrino. Contiene una lista clara y positiva de los libros del Nuevo Testamento tal como se reciben en la actualidad; y el juicio de Atanasio es confirmado por la práctica de su sucesor Cirilo. Queda por mencionar un catálogo importante. Después de notar en lugares separados el origen y uso de los evangelios y epístolas, Eusebio resume en un famoso pasaje los resultados de su investigación sobre la evidencia de los libros apostólicos proporcionada por los escritos de los tres primeros siglos (H. E. iii. 25). Su testimonio no está de ninguna manera libre de dificultades, ni en todos los puntos obviamente es consistente, pero su última declaración debe usarse para fijar la interpretación de la primera y más superficial nota. En la primera clase de libros reconocidos coloca los cuatro evangelios, las epístolas de Pablo (es decir, catorce, H. E. iii. 3), 1 Juan, 1 Pedro, y en caso de que se admita la autenticidad (tal parece ser su significado), el Apocalipsis. La segunda clase de libros disputados la subdivide en dos partes, la primera consistente en los que eran generalmente conocidos y reconocidos, incluyendo las epístolas de Santiago, Judas, 2 Pedro, 2 y 3 Juan; y la segunda de los que declara falsos, es decir, que no eran auténticos o no apostólicos, como los Hechos de Pablo, el Pastor, el Apocalipsis de Pedro, el Apocalipsis de Juan (si no obra del apóstol), y según algunos el evangelio según los Hebreos. Estas dos grandes clases contienen todos los libros que habían recibido sanción eclesiástica, y eran en común distinguida de una tercera clase de falsificaciones heréticas (por ejemplo, los evangelios de Tomás, Pedro, Matías, etc.).

Una cuestión en el testimonio de Eusebio es particularmente merecedora de tenerse en cuenta. La prueba a favor de la autoridad apostólica de 2 Pedro que se puede derivar de los escritos existentes de los tres primeros siglos es extremadamente endeble; pero Eusebio, que poseía materiales más copiosos, lo describe como "generalmente bien conocido"; y esta circunstancia solo sugiere la necesidad de recordar que los primeros catálogos se basan en pruebas que ya no están disponibles para nosotros. En otros aspectos, la clasificación de Eusebio es un resumen justo de los resultados que siguen del examen de la existente literatura antes de Nicea. La evidencia de escritores posteriores es poco más que la repetición o combinación de los testimonios ya citados.

En la época de la Reforma la cuestión del Canon del Nuevo Testamento volvió a ser tema de gran aunque parcial interés. El precipitado decreto del concilio de Trento, que afirmó la autoridad de todos los libros comúnmente recibidos, provocó la oposición de los controversistas, quienes citaron y reforzaron las antiguas dudas. Erasmo, con característica moderación, negó el origen apostólico de la epístola a los Hebreos, 2 Pedro y el Apocalipsis, pero dejó su autoridad canónica incuestionable (Praef. ad Antilegom.). Lutero, por otro lado, con audaz confianza en sí mismo, creó una norma puramente subjetiva para la canonicidad de las Escrituras sobre el carácter de su "enseñanza de Cristo", y mientras ponía el evangelio y la primera epístola de Juan, las epístolas de Pablo a los Romanos, Gálatas, Efesios y la primera Epístola de Pedro, en primer lugar por contener el "núcleo del cristianismo", dejó a un lado la epístola a los Hebreos, Judas, Santiago y el Apocalipsis al final de su versión, y habló de ellos y de los restantes Antilegómena con diversos grados de falta de respeto, aunque no separó 2 Pedro y 2 y 3 Juan de las otras epístolas. Las dudas que Lutero sembró principalmente sobre la evidencia interna, fueron variadamente extendidas por algunos de sus seguidores (Melancthon, Centurias de Magdeburgo, Flacius, Gerhard; comp. Reuss, § 334); y especialmente con un objetivo polémico contra la Iglesia católica por Chemnitz (Exam. Conc. Trid. i. 73). Pero mientras la tendencia de los escritores luteranos fue colocar a los Antilegómena en un nivel inferior de autoridad, sus puntos de vista no recibieron sanción directa en ninguno de los libros simbólicos luteranos, que admiten los "escritos proféticos y apostólicos del Antiguo y Nuevo Testamento", en su conjunto, sin ir más allá en clasificación o detalle. Las dudas en cuanto a los Antilegómena del Nuevo Testamento no se limitaban a los luteranos. Carlstadt, que originalmente fue amigo de Lutero y luego profesor en Zurich, se esforzó por llevar la cuestión a una crítica discusión de la evidencia, y colocó los Antilegómena en una tercera clase "a causa de la controversia en cuanto a los libros, o más bien (ut certius loquar) en cuanto a sus autores" (De Can. Script. pp. 41012). Calvino, aunque negó la autoría paulina de la epístola a los Hebreos, y al menos cuestionó la autenticidad de 2 Pedro, no dejó a un lado su canonicidad (Praef. ad Haebr.; ad 2 Petr.); y señala las dudas en cuanto a Santiago y Judas sólo para descartarlas.

El lenguaje de los Artículos de la Iglesia de Inglaterra con respecto al Nuevo Testamento es notable. En los Artículos de 1552 no aparece ninguna lista de los libros de la Escritura; pero en los artículos de Isabel (1562, 1571) se da una definición de la Sagrada Escritura como "los libros canónicos del Antiguo y Nuevo Testamento, de cuya autoridad nunca hubo ninguna duda en la Iglesia" (Art. vi.). Esta definición es seguida por una enumeración de los libros del Antiguo Testamento y de los apócrifos; y luego se dice sumariamente, sin un catálogo detallado, "todos los libros del Nuevo Testamento, tal como son comúnmente recibidos, los recibimos y contabilizamos por canónicos (pro Canonicis habemus)." Así pues, hay una distinción entre los libros "canónicos" y "libros canónicos que nunca han sido puestos en duda en la Iglesia"; y parece imposible evitar la conclusión de que los redactores de los artículos pretendían dejar una libertad de juicio sobre un punto en el que los más grandes de los reformadores continentales, e incluso de los eruditos católicos (Sixto Sen. Biblioth. S. i. 1; Cayetano, Praef. ad Epp. ad Hebr., Jac. 2, 3 Juan, Jud.) estaban divididos. La omisión no puede haber surgido únicamente del hecho de que el artículo en cuestión fue elaborado con referencia a la Iglesia de Roma, con la que la Iglesia de Inglaterra estaba de acuerdo sobre el Canon del Nuevo Testamento; todas las demás confesiones protestantes que contienen alguna lista de libros, dan una lista de los libros del Nuevo, así como del Antiguo Testamento (Confesión Belga 4; Confesión Galicana 3; Conf. Fid. 1). Pero si esta licencia se concede correctamente por los Artículos Anglicanos, los grandes escritores de la Iglesia de Inglaterra no la han aprovechado. Los primeros comentaristas de los Artículos dan poca (Burnet) o ninguna importancia (Beveridge) a las dudas en cuanto a los Antilegómena; y los principales polemistas de la Reforma aceptaron el Canon completo con declaración enfática (Whitaker, Disp. on Scripture., cxiv. 105; Fulke, Defence of Eng. Trans, p. 8; Jewel, Defence of Apol. ii. 9, 1).

El juicio de la Iglesia griega en el caso del Antiguo Testamento fue visto como poco más que un reflejo de las opiniones de Occidente. La diferencia entre las iglesias católica y protestante sobre el Nuevo Testamento fue menos marcada; y las dos confesiones griegas en conflicto confirman en términos generales, sin ninguna enumeración distinta de libros, el popular Canon del Nuevo Testamento (Cirilo Lucar, Conf. i. 42; Dositeo, Confess. i. 467). La confesión de Metrófanes da una lista completa de los libros; y compara su número, treinta y tres, con los años de vida del Salvador, pues "ni siquiera el número de los libros sagrados podía estar desprovisto de un divino misterio" (Metroph. Critop. Conf. ii. 105, Ed. Kimm. y Weissenb.). En la actualidad, como ya fue el caso a fines del siglo XVII (León Alatio, ap. Fabric. Biblia Graec. v. App. pág. 38), los Antilegómena son considerados por la Iglesia griega de igual autoridad canónica en todos los aspectos con los libros restantes.


Bibliografía:
Ezra Abbot, Dr. William Smith's Dictionary of the Bible.