Mapa de la Dispersión judía en el imperio romano
La Dispersión, como elemento distintivo que influye en todo el carácter de los judíos, data del exilio babilónico. Inciertas leyendas señalan a asentamientos anteriores en Arabia, Etiopía y Abisinia; pero aun cuando estos establecimientos se realizaran, eran aislados y casuales, mientras que la Dispersión, de la cual Babilonia fue el centro reconocido, era la prueba externa de que una fe había permanecido sobre un reino. Aparte de la necesaria influencia que las comunidades judías unidas por leyes comunes, ennoblecidas por la posesión de la misma verdad y animadas por similares esperanzas, deben haber ejercido sobre las naciones entre las que fueron esparcidas, las dificultades que imposibilitaron la observancia literal del ritual, llevaron a una visión más amplia del alcance de la ley, y un sentido más fuerte de su significado espiritual. Exterior e interiormente, por sus efectos tanto en los gentiles como en el pueblo de Israel, la Dispersión parece haber sido la preparación providencial más clara para la expansión del cristianismo.
Pero mientras que el hecho de una Dispersión reconocida debe haber debilitado las influencias locales y ceremoniales que fueron esenciales para la primera preparación del pueblo de Dios, la Dispersión todavía estaba unida en sí misma y a su tierra madre por lazos religiosos. El templo era el reconocido centro del judaísmo y los fieles judíos en todas partes contribuían con medio siclo para su mantenimiento (Cuando llegaron a Capernaúm, se acercaron a Pedro los que cobraban el impuesto de dos dracmas y dijeron: ¿No paga vuestro maestro las dos dracmas?[…]Mateo 17:24; comp. Mishná, Shekalim. 7, 4; Josefo, Ant. xvi. 6); y, en parte al menos, el calendario eclesiástico se fija en Jerusalén, desde donde los fuegos señalan el verdadero momento de las lunas nuevas (Mishná, Rosh-Hashaná, 2, 4). El tributo era en verdad la prueba exterior más simple y sorprendente de la unidad religiosa de la nación. Se establecieron tesorerías para recibir los pagos de diferentes regiones (Josefo, Ant. xviii. 9, 1; comp. Ant. xvi. 6, 5, § 6) y las sumas recaudadas se enviaban a Jerusalén (Jost, Gesch. d. Judenth. i. 337 n.; Cicerón, pro Flacco, 28).
Al principio de la era cristiana la Dispersión se dividía en tres grandes secciones, la babilónica, la siria y la egipcia. La precedencia fue cedida a la primera. Los celos que existían originalmente entre los pobres que regresaban a Judea y sus compatriotas más ricos en Babilonia habían pasado y Gamaliel escribió "a los hijos de la Dispersión en Babilonia, y a nuestros hermanos en Media... y a toda la Dispersión de Israel" (Frankel, Monatsschrift, 1853, p. 413). Desde Babilonia, los judíos se esparcieron por Persia, Media y Partia; pero los asentamientos en China pertenecen a una fecha muy posterior (Frankel, l. c. p. 403). Los pocos detalles de su historia que han conservado dan testimonio de su prosperidad e influencia (Josefo, Ant. xiii. 2, § 2 sig., xviii. 9). No se conocen escuelas de saber, pero Hillel el Viejo y Nahúm el Medo se mencionan viniendo de Babilonia a Jerusalén (Frankel).
Las conquistas griegas en Asia extendieron los límites de la Dispersión. Seleuco Nicator trasladó grandes números de judíos desde Babilonia hasta las capitales de sus provincias occidentales. Su política fue llevada a cabo por su sucesor, Antíoco el Grande; y las persecuciones de Antíoco Epífanes sólo sirvieron para impulsar la emigración judía a las regiones más remotas de su imperio. En Armenia los judíos alcanzaron las mayores dignidades y Nisibis se convirtió en un nuevo centro (Frankel, pág. 454-456). Los judíos de Capadocia (Pedro, apóstol de Jesucristo: A los expatriados, de la dispersión en el Ponto, Galacia, Capadocia, Asia y Bitinia, elegidos[…]1 Pedro 1:1), son mencionados en la Mishná; y un príncipe y una princesa de Adiabene adoptaron la fe judía sólo treinta años antes de la destrucción del templo (Josefo, Ant. xx. 2). Granes asentamientos de judíos se establecieron en Chipre, en las islas del Egeo (Cos, Delos; Josefo, Ant. xiv. 10), y en la costa occidental de Asia Menor (Éfeso, Mileto, Pérgamo, Halicarnaso, Sardis; Josefo, Ant. l. c.). Los romanos les confirmaron los privilegios que habían obtenido de los reyes sirios; y aunque estuvieron expuestos a estallidos repentinos de violencia popular (Josefo, Ant. xviii. 9; B. J. vii. 3), los judíos de las provincias sirias formaron gradualmente una relación muy estrecha con sus nuevos hogares y junto con el idioma griego adoptaron en muchos aspectos las ideas griegas.
Esta tendencia helenizante encontró su pleno desarrollo en Alejandría. Los asentamientos judíos establecidos allí por Alejandro y Ptolomeo I se convirtieron en la fuente de la Dispersión africana, que se extendió por la costa norte de África y quizás tierra adentro hasta Abisinia (los Falasha). En Cirene (Josefo, Ant. xiv. 7 § 2) y Berenice (Trípoli), los habitantes judíos formaban una parte considerable de la población, y una inscripción descubierta en este lugar (Frankel, p. 422) habla de la justicia y clemencia que recibieron de un gobernador romano (cf. Josefo, Ant. xvi. 6, § 5). La Dispersión africana, como todas las demás judías, preservó su veneración por la "ciudad santa" (Filón, Leg. ad Caium, § 36; in Flacc. c. 7) y reconoció los derechos universales del templo mediante el tributo anual (Josefo l. c.) Pero la distinción en el idioma condujo a diferencias más amplias, que fueron evitadas en Babilonia por la existencia de la lengua aramea. Las Escrituras ya no se leían el sábado (Frankel, p. 420; Vorstudien, p. 52 sig.) y las señales de fuego no transmitían las fechas de las lunas nuevas a Egipto (comp. Frankel, p. 419). Aún así, el espíritu nacional de los judíos africanos no fue destruido. Después de la destrucción del templo, los zelotes encontraron recepción en Cirene (Josefo, B. J. vii. 11); y hacia el final del reinado de Trajano, 115 d. C., la población judía en África se rebeló con gran violencia (Dion, lxviii. 32). La insurrección fue sofocada por una guerra de exterminio (Eusebio, H. E. iv. 2); y el remanente que escapó se estableció en la costa opuesta de Europa, comenzando una nueva dispersión.