Historia

HELENISTA

Helenista, Ἑλληνιστής, palabra que aparece en Por aquellos días, al multiplicarse el número de los discípulos, surgió una queja de parte de los judíos helenistas en contra de los judíos nativos, porque sus viudas eran desatendidas en la distribución diaria de los alimentos .[…]Hechos 6:1, donde se reconocen dos grupos distintos entre los judíos, "hebreos" y "helenistas" (griegos), que parecían estar entre sí, en cierto grado, en una relación de rivalidad celosa. Así también, cuando Pablo visitó Jerusalén por primera vez después de su conversión, "habló y disputó con los helenistas" (También hablaba y discutía con los judíos helenistas; mas éstos intentaban matarlo.[…]Hechos 9:29), como si esperara encontrar más simpatía entre ellos que con los gobernantes de los judíos. El término helenista aparece una vez más en el Nuevo Testamento en el relato de la fundación de la iglesia en Antioquía (Pero había algunos de ellos, hombres de Chipre y de Cirene, los cuales al llegar a Antioquía, hablaban también a los griegos, predicando al Señor Jesús.[…]Hechos 11:20), pero allí el contexto, así como la forma de la frase requiere la otra lectura "griegos", lo cual está respaldado por una gran evidencia externa, ya que es la verdadera antítesis de "judíos".

El nombre, según su derivación, ya sea que se tome el verbo original de acuerdo con la analogía común de formas similares, en el sentido general de adoptar el espíritu y el carácter de los griegos, o, en el sentido más limitado de usar la lengua griega (Xen. Anab. vii. 3, § 25), marca una clase distinguida por hábitos peculiares, y no por ascendencia. Los helenistas incluían no solo a los descendientes de padres griegos (o extranjeros) (Algunos de ellos creyeron, y se unieron a Pablo y a Silas, juntamente con una gran multitud de griegos temerosos de Dios y muchas de las mujeres principales.[…]Hechos 17:4; 13:43; 17:17), sino también a aquellos judíos que, al establecerse en países extranjeros, habían adoptado la forma predominante de la civilización griega, y con ella el uso de la lengua griega común y la exclusión del arameo, que era el representante nacional del hebreo antiguo. El helenismo era, por lo tanto, un tipo de vida, y no una indicación de origen. Los helenistas podían ser griegos, pero cuando se usa el segundo término (Y había unos griegos entre los que subían a adorar en la fiesta;[…]Juan 12:20), es la raza, y no el credo, lo que está en primer lugar en la mente del autor.

La flexibilidad de la lengua griega le granjeó en la antigüedad una vigencia similar a la que disfruta el inglés en la actualidad, pero con esta importante diferencia: que el griego no era solo la lengua de los hombres cultos, sino también la de las masas en los grandes centros de comercio. Las colonias de Alejandro y sus sucesores establecieron originalmente lo que se ha llamado el dialecto macedonio en todo el Cáucaso; pero incluso en esto se hizo sentir claramente el poder imperante de la literatura ática. Las palabras y formas peculiares adoptadas en Alejandría eran indudablemente de origen macedonio, pero el ático posterior puede considerarse con razón como la verdadera base del griego oriental. Sin embargo, sus primeras palabras pronto se modificaron, al menos en el uso común, por el contacto con otras lenguas. Su vocabulario se enriqueció con la adición de palabras extranjeras, y la sintaxis se modificó con nuevas construcciones. En este sentido, debieron surgir diversos dialectos locales, cuyos caracteres específicos fueron determinados en primera instancia por las condiciones bajo las cuales se formaron, y que posteriormente desaparecieron con las circunstancias que los habían producido. Pero uno de estos dialectos se conservó tras la ruina del pueblo entre el que surgió, siendo consagrado al servicio más noble que el lenguaje haya desempeñado hasta ahora. En otros casos, los dialectos se extinguieron junto con las comunidades que los usaban, pero en el caso de los judíos, la versión alejandrina del Antiguo Testamento, dio una definición y fijación al lenguaje popular que no se habría podido lograr sin la existencia de una norma reconocida. El estilo de la Septuaginta, en efecto, difiere en distintas partes, pero el mismo carácter general recorre toda la obra, y las variaciones que presenta no son mayores que las que existen en los distintos libros del Nuevo Testamento.

Las funciones que debía cumplir este judeo-griego serían de amplia aplicación, y el idioma mismo combinaba rasgos de lo más opuestos. Era, esencialmente, una fusión del pensamiento oriental y occidental. Sin tener en cuenta las peculiaridades de la inflexión y las palabras nuevas, la característica del dialecto helenístico es la combinación de un espíritu hebreo con un cuerpo griego, de una forma hebrea con palabras griegas. La concepción pertenece a una raza, y la expresión a otra. No es exagerado decir que esta combinación fue una de las preparaciones más importantes para la recepción del cristianismo y una de las ayudas más importantes para la expresión adecuada de su enseñanza. Por un lado, mediante la lectura del griego helenístico, el aspecto teocrático del mundo y de la vida, que distingue el pensamiento judío, se presentó ante el público en general; y por otro, las verdades sutiles que la filosofía había obtenido del análisis de la mente y la acción, y que había plasmado en palabras, se transfirieron al servicio de la revelación. En el momento oportuno, cuando llegó el gran mensaje, se preparó una lengua para transmitirlo; y así, el propio dialecto del Nuevo Testamento constituye una gran lección en la verdadera filosofía de la historia y se convierte en sí mismo en un monumento al gobierno providencial de la humanidad.

Esta visión del dialecto helenístico eliminará de inmediato una de las ideas erróneas más comunes relacionadas con él. Pues se deduce que sus desviaciones de las leyes ordinarias del griego clásico están, a su vez, sujetas a alguna ley común, y que las irregularidades de construcción y los usos alterados de las palabras deben rastrearse hasta su origen e interpretarse estrictamente según la concepción original de la que surgieron. Un dialecto popular no es menos preciso, o, dicho de otro modo, no es menos humano que uno refinado, aunque su interpretación a menudo pueda ser más difícil por la falta de materiales para el análisis. Pero en el caso del Nuevo Testamento, los propios libros proporcionan abundante material para el crítico, y la Septuaginta, al compararse con el texto hebreo, le proporciona la historia de la lengua que debe estudiar.

La adopción de una lengua extranjera fue esencialmente característica de la verdadera naturaleza del helenismo. Los elementos puramente externos de la vida nacional se dejaron de lado con una facilidad de la que la historia ofrece pocos ejemplos, mientras que el carácter interno del pueblo permaneció inalterado. En todos los aspectos, el pensamiento, por así decirlo, se revistió de un nuevo ropaje. El helenismo fue, en cierto modo, una nueva incorporación del judaísmo según leyes de vida y culto modificadas. Pero así como el espíritu hebreo se hizo claramente visible en el nuevo dialecto, permaneció intacto ante las nuevas condiciones que regulaban su acción. Mientras los judíos helenísticos seguían su instinto natural para el comercio, originalmente condicionado por la Ley de Moisés, y adquirían una comprensión más profunda del carácter extranjero, y con ello una simpatía más genuina, o al menos una mayor tolerancia hacia las opiniones extranjeras, encontraron al mismo tiempo los medios para extender el conocimiento de los principios de su fe divina y ganarse el respeto y la atención, incluso de aquellos que no abrazaban abiertamente su religión. El helenismo logró para el mundo exterior lo que el decreto de Ciro logró para los judíos: fue el paso necesario entre una religión de forma y una religión de espíritu; testificó contra el judaísmo como definitivo y universal, y testificó a su favor, como fundamento de una religión espiritual que no debía estar sujeta a restricciones locales. Bajo la influencia de esta instrucción más amplia, surgió un grupo griego en torno a la sinagoga, no admitido en la iglesia judía, pero que mantenía una posición reconocida con respecto a ella, capaz de comprender la enseñanza apostólica y dispuesto a recibirla. Los propios helenistas fueron a la vez misioneros para los paganos y profetas para sus propios compatriotas. Sus vidas fueron una protesta constante contra el politeísmo y el panteísmo, y conservaron con celo inquebrantable la esencia de su antiguo credo, cuando el predicador había ocupado el lugar del sacerdote, y un servicio de oración, alabanza y exhortación había sucedido en la vida cotidiana al elaborado ritual del templo. Sin embargo, este nuevo desarrollo del judaísmo se logró sin sacrificar los lazos nacionales. La conexión de los helenistas con el templo no se rompió, excepto en el caso de algunos judíos egipcios. La unidad coexistió con la dispersión; y la organización de una iglesia universal se vislumbró, no solo en la creciente amplitud de la doctrina, sino incluso externamente en las comunidades dispersas que veían a Jerusalén como su centro común.

En otro aspecto, el helenismo sirvió como preparación para un credo universal. Al proporcionar la base del cristianismo, también suplió ese instinto literario que contrarrestaba la tradicional reserva de los judíos palestinos. Los escritos del Nuevo Testamento y todos los de la época apostólica, eran, hasta donde sabemos, griegos; y el griego parece haber permanecido como el único vehículo de la literatura cristiana y el principal medio del culto cristiano hasta que la Iglesia del Norte de África adquirió importancia en tiempos de Tertuliano. El canon de las Sagradas Escrituras, los primeros textos y las liturgias son testimonios de esta preeminencia helenística en la Iglesia y ejemplos de su funcionamiento; y si en épocas posteriores el espíritu griego se dedicó a la investigación de sutiles complejidades, cabe preguntarse si la plenitud de la verdad cristiana podría haberse desarrollado sin el poder del pensamiento griego, atemperado por la disciplina hebrea.


Bibliografía:
Brooke Foss Westcott, Dr. William Smith's Dictionary of the Bible.