La historia del reinado de Joacim que narra Josefo no es coherente ni con las Escrituras ni consigo mismo. Su relato de la muerte de Joacim y la ascensión de Joaquín parece ser solo una deducción suya de la narración bíblica. Según Josefo (Ant. x. 6) Nabucodonosor atacó Judá en el octavo año del reinado de Joacim y lo obligó a pagar tributo, lo cual hizo durante tres años, y luego se rebeló en el undécimo año, al enterarse de que el rey de Babilonia había ido a invadir Egipto. Luego inserta el relato de Joacim quemando la profecía de Jeremías en su quinto año, y concluye diciendo que poco tiempo después el rey de Babilonia hizo una expedición contra Joacim, dando paso a Nabucodonosor en la ciudad, bajo ciertas condiciones, que Nabucodonosor rompió inmediatamente, matando a Joacim y a la flor y nata de los ciudadanos, y envió tres mil cautivos a Babilonia, y puso a Joaquín como rey, pero casi inmediatamente después se apoderó de él el temor de que el joven rey vengara a su padre, y así envió de vuelta a su ejército para sitiar Jerusalén; que Joaquín, siendo un hombre de disposición justa y gentil, no quiso exponer la ciudad al peligro por su propia cuenta, y por lo tanto se entregó, junto con su madre y parientes, a los oficiales del rey de Babilonia con la condición de que la ciudad no sufriera daño alguno; Nabucodonosor, en violación directa de las condiciones, hizo 10.832 prisioneros e hizo rey a Sedequías en lugar de Joaquín, a quien tenía bajo custodia, una afirmación cuya parte principal parece no tener fundamento alguno en los hechos. El relato dado anteriormente se deriva de las diversas afirmaciones en las Escrituras y parece coincidir perfectamente con las probabilidades de los movimientos de Nabucodonosor y con lo que los descubrimientos más recientes han sacado a la luz acerca de él. El reinado de Joacim abarcó desde el año 609 a. C. hasta el 598 a. C., y algunos calculan que hasta el 599 a. C.
Casi ningún acto de Joacim revela tanto de su carácter y el de su época como la quema del "rollo" de Jeremías. Era el rollo en el que Baruc había escrito las advertencias pronunciadas por Jeremías, para despertar al rey y a los nobles a la conciencia del peligro. Baruc hizo un intento de leer estas advertencias al pueblo, en uno de los ayunos públicos. "En ese día", como Stanley describe la escena, "un día invernal de diciembre, Baruc apareció en la cámara de un noble amigo, Gemarías, hijo de Safán, que aparentemente estaba sobre la nueva puerta ya mencionada. Allí, desde la ventana o balcón de la cámara, o desde la plataforma o columna sobre la que los reyes se habían parado en ocasiones solemnes, leyó la larga alternancia de lamento e invectiva a la vasta congregación reunida para el ayuno nacional. Micaías, hijo de su anfitrión, alarmado por lo que oyó, bajó del monte del templo y se lo comunicó a los príncipes que, como era habitual durante estos reinados turbulentos, estaban sentados en consejo en el palacio en los aposentos del secretario principal. Uno de ellos, Jehudí, descendiente de una casa noble, actuó como portavoz de los demás, y fue enviado a convocar a Baruc ante ellos. Se sentó y mientras leía infundió terror en los corazones de sus oyentes, que vieron el peligro y le ordenaron a él y a Jeremías que se ocultaran, depositando el rollo sagrado en la cámara donde lo habían escuchado, mientras anunciaban al fiero y despiadado rey su espantoso contenido. Una tercera vez fue leído, esta vez no por Baruc, sino por Jehudí, al rey mientras éste se calentaba en el brasero de carbón, con sus príncipes de pie a su alrededor. Tres o cuatro columnas agotaron la paciencia real. Tomó un cuchillo, como los que usan los escribas orientales para borrar, cortó el pergamino en tiras y lo arrojó al brasero hasta que se redujo a cenizas. Quienes habían oído de sus antepasados el efecto que la lectura de las advertencias de Deuteronomio produjo en Josías, bien podrían haberse escandalizado ante el contraste. No hubo señal de asombro ni dolor y ni el rey ni sus sirvientes rasgaron sus vestiduras. Baruc, escondido, se sintió abrumado por la desesperación ("Tú dijiste: '¡Ay, infeliz de mí!, porque el SEÑOR ha añadido tristeza a mi dolor. Cansado estoy de gemir y no he hallado reposo.'"[…]Jeremías 45:3) ante el fracaso de su misión. Pero Jeremías no vaciló. Le pidió a su tímido discípulo que tomara la pluma y registrara una vez más los terribles mensajes. El país estaba condenado. Jeremías tomó otro rollo y se lo dio a Baruc el escriba, hijo de Nerías, quien escribió en él, de boca de Jeremías, todas las palabras del libro que Joacim, rey de Judá, había quemado en el fuego, y además se añadieron muchas palabras semejantes (Entonces Jeremías tomó otro rollo y se lo dio al escriba Baruc, hijo de Nerías, y éste escribió en él al dictado de Jeremías todas las palabras del libro que Joacim, rey de Judá, había quemado en el fuego, y aun se le añadieron muchas palabras semeja[…]Jeremías 36:32).