Historia
LÁZARO

La redacción de Y estaba enfermo cierto hombre llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta.[…]Juan 11:1 sugiere que las hermanas eran las más conocidas. Lázaro era "de Betania, de la aldea de María y de su hermana Marta". No conviene insistir demasiado en la diferencia entre las preposiciones, pero ello sugiere la posible deducción de que, si bien Lázaro era —en el momento de la narración de Juan— de Betania, se le describe como proveniente de allí, lugar ya conocido por el relato de Lucas como la residencia de las dos hermanas (Greswell, On the Village of Martha and Mary, Disert. v. ii. 545). A partir de esto, y del orden de los tres nombres en Y Jesús amaba a Marta, a su hermana y a Lázaro.[…]Juan 11:5, podemos inferir razonablemente que Lázaro era el menor de la familia. La ausencia de su nombre en el relato de 38 Mientras iban ellos de camino, El entró en cierta aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa. 39 Y ella tenía una hermana que se llamaba María, que sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. 40 Pero Marta se preocupaba con tod[…]Lucas 10:38-42 y su posición subordinada (entre los que estaban reclinados a la mesa) en el banquete de Y le hicieron una cena allí, y Marta servía; pero Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con El.[…]Juan 12:2 conducen a la misma conclusión.
La casa donde se celebra el banquete parece ser, según Y le hicieron una cena allí, y Marta servía; pero Lázaro era uno de los que estaban a la mesa con El.[…]Juan 12:2, la de las hermanas. Marta "sirve", tal como en Pero Marta se preocupaba con todos los preparativos; y acercándose a El, le dijo: Señor, ¿no te importa que mi hermana me deje servir sola? Dile, pues, que me ayude.[…]Lucas 10:40. María asume lo que constituía el deber especial de una anfitriona hacia un huésped distinguido (comp. No ungiste mi cabeza con aceite, pero ella ungió mis pies con perfume.[…]Lucas 7:46). La impresión que este relato deja en nuestra mente, si se considerara aisladamente, sería que ellas eran las anfitrionas del banquete. En Y hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso,[…]Mateo 26:6 y Y estando El en Betania, sentado a la mesa en casa de Simón el leproso, vino una mujer con un frasco de alabastro de perfume muy costoso de nardo puro; y rompió el frasco y lo derramó sobre la cabeza de Jesús.[…]Marcos 14:3, el mismo hecho aparece como ocurrido en "la casa de Simón el leproso"; pero un leproso, en tal condición, se habría visto obligado a llevar una vida apartada y, ciertamente, no habría podido ofrecer un banquete ni recibir a una multitud de invitados. Entre las explicaciones conjeturales que se han dado sobre esta diferencia, la hipótesis de que este Simón era el padre de las dos hermanas y de Lázaro —que había padecido lepra y que su muerte real, o la muerte civil derivada de su enfermedad, había dejado a sus hijos en libertad de obrar por cuenta propia— resulta al menos tan probable como cualquier otra, y cuenta con cierto respaldo en las tradiciones eclesiásticas primitivas (Nicéforo, H. E. i. 27; Teofilacto, in loc.; comp. Ewald, Geschichte, v. 357). Las razones por las que, de ser así, Mateo y Marcos describen la casa de la manera en que lo hacen, y por las que se omite por completo el nombre de la hermana de Lázaro, son cuestiones que abordaremos más adelante.
Todas las circunstancias narradas en 1 Y estaba enfermo cierto hombre llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta. 2 María, cuyo hermano Lázaro estaba enfermo, fue la que ungió al Señor con perfume y le secó los pies con sus cabellos. 3 Las hermanas entonces mand[…]Juan 11 y 12 —el banquete para tantos invitados, el número de amigos que acuden desde Jerusalén para consolar a las hermanas, quienes habían quedado acompañadas por parientes mujeres pero sin hermano ni pariente varón cercano (y muchos de los judíos habían venido a casa de Marta y María, para consolarlas por la muerte de su hermano.[…]Juan 11:19), el frasco de alabastro, el costoso ungüento de nardo, el sepulcro propio— apuntan a una riqueza y una posición social superiores a la media (comp. Trench, Miracles, 29). El sentido particular que adquiere en Juan el término "los judíos" (comp. Meyer sobre y muchos de los judíos habían venido a casa de Marta y María, para consolarlas por la muerte de su hermano.[…]Juan 11:19) —referido a los líderes de la oposición a las enseñanzas de Cristo o, dicho de otro modo, como equivalente a escribas, ancianos y fariseos— sugiere además que tales visitantes o amigos pertenecían a dicha clase y que debían existir vínculos previos que los unían a la familia de Betania.
Una comparación entre Y hallándose Jesús en Betania, en casa de Simón el leproso,[…]Mateo 26:6 y Y estando El en Betania, sentado a la mesa en casa de Simón el leproso, vino una mujer con un frasco de alabastro de perfume muy costoso de nardo puro; y rompió el frasco y lo derramó sobre la cabeza de Jesús.[…]Marcos 14:3 con 36 Uno de los fariseos le pedía que comiera con él; y entrando en la casa del fariseo, se sentó a la mesa. 44 Y volviéndose hacia la mujer, le dijo a Simón: ¿Ves esta mujer? Yo entré a tu casa y no me diste agua para los pies, pero ella ha regado mis[…]Lucas 7:36,44, sugiere otra conjetura que armoniza con lo anterior y, en parte, lo explica. Asumir la identidad de la unción del relato posterior con la del anterior (como hace Grocio), y la de la mujer pecadora con María, la hermana de Lázaro, y de una o ambas con María Magdalena (Lightfoot, Horae Hebraicae et Talmudicae, § 33, vol. iii. 75), es ciertamente (a pesar de las autoridades, tanto críticas como patrísticas, que pueden citarse a favor o en contra) totalmente arbitraria y carente de rigor crítico. Sería igualmente arriesgado inferir, a partir de la mera coincidencia de un nombre tan común como Simón, que el leproso de un relato es la misma persona que el fariseo del otro; ni tampoco se vería muy reforzado el argumento recurriendo a los intérpretes que han sostenido tal opinión (comp. Crisóstomo, Homm. in Mateo lxxx; Grocio, sobre Mateo xxvi. 6; Lightfoot, loc. cit.; Winer, Realwörterbuch, s. v. Simon). Existen, sin embargo, otros hechos que concuerdan con esta hipótesis y, en cierta medida, la confirman. Si Simón el leproso fuera también fariseo, se explicaría el hecho antes mencionado de la amistad entre las hermanas de Lázaro y los miembros de dicho partido en Jerusalén. También explicaría la facilidad con que Marta expresó el principio fundamental del credo de los fariseos (Marta le contestó*: Yo sé que resucitará en la resurrección, en el día final.[…]Juan 11:24). El generoso acto de amor de María cobraría un nuevo interés para nosotros si lo consideráramos (como esta conjetura nos llevaría a pensar) como algo surgido del recuerdo de lo que había ofrecido la mujer pecadora. La enfermedad que dio origen a ese apelativo posterior pudo haber aparecido después del incidente que registra. La diferencia entre las ubicaciones de ambos relatos (el de 1 Cuando Jesús terminó todas sus palabras al pueblo que le oía, se fue a Capernaúm. 2 Y el siervo de cierto centurión, a quien éste apreciaba mucho, estaba enfermo y a punto de morir. 3 Al oír hablar de Jesús, el centurión envió a El unos ancianos de[…]Lucas 7 situado aparentemente en Galilea, cerca de Naín, y el de 1 Cuando Jesús terminó todas estas palabras, dijo a sus discípulos: 2 Sabéis que dentro de dos días se celebra la Pascua, y el Hijo del Hombre será entregado para ser crucificado. 3 Entonces los principales sacerdotes y los ancianos del pueblo se reu[…]Mateo 26 y 1 Faltaban dos días para la Pascua y para la fiesta de los panes sin levadura; y los principales sacerdotes y los escribas buscaban cómo prenderle con engaño y matar le ; 2 porque decían: No durante la fiesta, no sea que haya un tumulto del pueblo. 3[…]Marcos 14 en Betania) no es mayor que la que encontramos al comparar Mientras iban ellos de camino, El entró en cierta aldea; y una mujer llamada Marta le recibió en su casa.[…]Lucas 10:38 con Y estaba enfermo cierto hombre llamado Lázaro, de Betania, la aldea de María y de su hermana Marta.[…]Juan 11:1 (comp. Greswell, Diss. l. c). De esta suposición se desprendería que el fariseo —a quien hasta ahora identificamos con el padre de Lázaro— era probablemente uno de los miembros de dicha secta enviados desde Jerusalén para vigilar al nuevo maestro (comp. Ellicott, Hulsean Lectures, p. 169); que lo veía en parte con reverencia y en parte con recelo; y que en su hogar se manifestó la simpatía y el amor de Cristo, lo cual no podía dejar de causar una impresión profunda y duradera en quienes lo presenciaron u oyeron hablar de ello, siempre que no se hubieran endurecido en el formalismo.
La cuestión de por qué los tres primeros evangelios omiten toda mención de un hecho tan extraordinario como la resurrección de Lázaro ha planteado un interrogante a intérpretes y apologistas desde una época relativamente temprana. Los críticos racionalistas han convertido este punto en uno de sus principales argumentos de ataque, cuestionando directamente la fiabilidad de Juan e, indirectamente, la credibilidad de la historia evangélica en su conjunto. Spinoza llegó a afirmar que éste era el caso decisivo que, de contar con pruebas suficientes, le habría llevado a abrazar la fe común de los cristianos (Bayle, Dict., s. v. "Spinoza"). Woolston, el más mordaz de los deístas ingleses, sostiene que el relato está "repleto de absurdos" y que constituye "un tejido de insensatez y fraude" (Diss. on Miracles, v.; compárese con las Vindications de N. Lardner, Works, ii., 1-61). Strauss (Leben Jesu, parte II, cap. ix., § 100) desestima con triunfal desprecio las evasivas de Paulus y de los intérpretes naturalistas (como, por ejemplo, la hipótesis de la animación suspendida) y concluye que la narración posee todas las características de un mito. Ewald (Gesch. x. p. 404), por otro lado, en marcado contraste con Strauss, reconoce no solo la ternura y la belleza de la narración de Juan, y su valor como representación del poder vivificador de Cristo, sino también su carácter histórico distintivo. Las explicaciones dadas para este fenómeno desconcertante son, en resumen, las siguientes: (1) Que el temor a atraer la persecución sobre alguien ya señalado para sufrirla impidió a los tres evangelistas —que escribían durante la vida de Lázaro— mencionarlo en absoluto; y que, al desaparecer este motivo de silencio con su muerte, Juan pudo escribir libremente. Algunos (Grocio, ad loc.) tal vez han insistido demasiado exclusivamente en este punto. Otros (Alford, ad loc.; Trench, Miracles, l.c.) quizá lo han rechazado con demasiada precipitación por considerarlo extravagante. (2) Que los autores de los tres primeros evangelios se limitan, como por un plan deliberado, a los milagros realizados en Galilea (siendo la única excepción el del ciego de Jericó) y que, por tanto, se abstuvieron de mencionar cualquier hecho —por interesante que fuera— que quedara fuera de ese límite (Meyer, ad loc.). Esto también tiene su peso, pues demuestra que, en esta omisión, los tres evangelistas son al menos coherentes consigo mismos; sin embargo, deja sin respuesta la pregunta: ¿qué condujo a esa coherencia?. (3) Que la narración, en su belleza y sencillez, en su sensibilidad humana y maravillosa transparencia, lleva consigo la prueba de su propia veracidad, y se aleja lo más posible de los adornos y la retórica de un creador de mitos empeñado en inventar un milagro que superara a todos los demás (Meyer, l.c.). Sin duda, hay mucha verdad en esto. Inventar y relatar una historia tal como esta ha sido contada requeriría una capacidad equiparable a la mayor destreza artística de nuestra época posterior, y que en esa destreza difícilmente cabría esperar encontrar, simultáneamente, los anhelos más profundos de verdad junto con una perversión deliberada de la misma. Para cualquiera que no sea un crítico racionalista, parecería existir una improbabilidad casi infinita en la unión —en un solo escritor— de las características de un Goethe, un Ireland y un Kempis. (4) Quizás pueda añadirse otra explicación, basada en el efecto que tales acontecimientos —como el que aquí nos ocupa— ejercen sobre la vida de quien los ha experimentado. La historia de las órdenes monásticas y de las conversiones repentinas tras librarse de graves peligros o enfermedades ofrece una analogía que puede servirnos de guía. En tales casos, ha sucedido en innumerables ocasiones que el hombre siente como si el hilo de su vida se hubiera roto, el pasado quedara sepultado para siempre y las cosas antiguas se hubieran desvanecido. Se retira del mundo, cambia de nombre, no habla con nadie —o solo alude indirectamente— sobre todo aquello que pertenecía a su vida anterior, y evita, ante todo, convertir su conversión —su resurrección de la muerte del pecado— en tema de conversación común. El caso de Drithelm, ya mencionado en Beda, ofrece un ejemplo muy elocuente de esto. Cunningham, en dicha historia, renuncia a todo en favor de su esposa, sus hijos y los pobres; se retira al monasterio de Melrose, adopta el nuevo nombre de Drithelm y "no quería relatar estas y otras cosas que había visto a personas indolentes o que vivían con negligencia". Basta con suponer que las leyes de la vida espiritual actuaron de manera similar en Lázaro; que el sentimiento sería intenso en proporción a la magnitud del prodigio que lo originó; y que existía el recuerdo —tanto en él como en otros— de que, en el caso paralelo más cercano, se había ordenado solemnemente guardar silencio y secreto (Entonces les dio órdenes estrictas de que nadie se enterara de esto; y dijo que le dieran de comer a la niña.[…]Marcos 5:43); entonces, difícilmente parecerá extraño que un hombre así huyera de la publicidad, y deseara ocupar su lugar como el último y el más humilde en la compañía de los creyentes. ¿Es extraño que llegara a reconocerse tácitamente entre los miembros de la iglesia de Jerusalén que, mientras él y sus seres queridos sobrevivieron, acaso el gran prodigio de sus vidas era algo que debían recordar con asombro quienes lo presenciaron, y no algo de lo que hablar o escribir para quienes no lo conocieron?
Sea como fuere, los hechos del caso concuerdan singularmente con esta última explicación. Mateo y Marcos —quienes (el uno escribiendo para los hebreos, y el otro bajo la guía de Pedro) representan lo que podría describirse como el sentir de la iglesia de Jerusalén— omiten por igual toda mención de los tres nombres. Emplean palabras que bien podrían haber sido fuertes gritos, pero evitan los nombres. La costosa ofrenda de María es la de "una mujer" (se le acercó una mujer con un frasco de alabastro de perfume muy costoso, y lo derramó sobre su cabeza cuando estaba sentado a la mesa.[…]Mateo 26:7; Y estando El en Betania, sentado a la mesa en casa de Simón el leproso, vino una mujer con un frasco de alabastro de perfume muy costoso de nardo puro; y rompió el frasco y lo derramó sobre la cabeza de Jesús.[…]Marcos 14:3). La casa donde se celebró el banquete se describe de tal manera que resulta reconocible para quienes conocían el lugar, y sin embargo, se omite el nombre de Lázaro. La hipótesis antes mencionada añadiría dos casos más de esta misma reserva. Lucas, que escribe más tarde (probablemente después de que Mateo y Marcos hubieran dejado la iglesia de Jerusalén con los materiales que luego darían forma a sus evangelios), y que recopila de todos los informantes los hechos que estos comparten, se topa con un relato en el que se menciona a las dos hermanas por su nombre y lo registra, omitiendo —o desconociendo— el de la localidad. Juan, al escribir mucho tiempo después, cuando los tres ya habían "dormido" [fallecido], considera que tal reserva ya no es necesaria y deja constancia —a medida que el Espíritu trae todas las cosas a su memoria— de toda la maravillosa historia. Las circunstancias de su vida —su residencia en Jerusalén o sus cercanías como protector de la afligida madre de su Señor (Después dijo* al discípulo: ¡He ahí tu madre! Y desde aquella hora el discípulo la recibió en su propia casa .[…]Juan 19:27), su retiro de la actividad pública durante un periodo tan prolongado, la profunda comprensión que demostró tener de los pensamientos y sentimientos de quienes habrían sido los compañeros y amigos naturales de las hermanas de Lázaro ([…]Juan 20:1,11-18)— todo ello indica que él, más que cualquier otro evangelista, probablemente vivió en ese círculo íntimo de discípulos donde estos sucesos se recordaban con mayor amor y reverencia. Existe, pues, una parte de verdad —como suele ocurrir— en el idealismo de algunos intérpretes: lo que para la mayoría de los demás discípulos parecería simplemente un milagro, una obra de poder —como otras obras, y por tanto algo que podían omitir sin mayor reparo—, para él sería una señal que manifestaba la gloria de Dios y daba testimonio de que Jesús era "la resurrección y la vida"; algo que él de ningún modo pasaría por alto, sino que debía registrarse en su plenitud cuando llegara el momento oportuno. Es, por supuesto, evidente que si esta suposición explica la omisión en los tres evangelios del nombre y la historia de Lázaro, explica también el desajuste cronológico y las dificultades de armonización que fueron sus inevitables consecuencias.
(2) El nombre Lázaro aparece también en la conocida parábola de 19 Había cierto hombre rico que se vestía de púrpura y lino fino, celebrando cada día fiestas con esplendidez. 20 Y un pobre llamado Lázaro yacía a su puerta cubierto de llagas, 21 ansiando saciarse de las migajas que caían de la mesa del rico; ademá[…]Lucas 16:19-31. Lo que resulta especialmente notable allí es que, mientras en todos los demás casos de parábolas se presenta a las personas según su posición o pertenencia a ciertas clases sociales, aquí —y solo aquí— nos encontramos con un nombre propio. ¿Debe considerarse este hecho excepcional simplemente como uno de los elementos accesorios de la parábola, que confiere, por así decirlo, una apariencia dramática de realidad a lo que era, al igual que otras parábolas, una mera ilustración? ¿Se pretendía llamar la atención sobre la etimología del nombre, indicando que quien lo portaba no tenía más ayuda en su pobreza que Dios, o bien —en su forma abreviada— que se trataba de alguien que había quedado totalmente desvalido? (Así lo interpreta Teofilacto, quien lo explica como "sin ayuda", reconociendo posiblemente la derivación sugerida por críticos posteriores a partir de lo-azar, "no hay ayuda". ¿O acaso no se trataba de una parábola, sino —al menos en su origen— de una historia real, de modo que Lázaro era un mendigo auténtico, como aquel que yacía junto a la puerta Hermosa del templo, y que por tanto era conocido tanto por los discípulos como por los fariseos? (Véanse Teofilacto ad loc.; Crisóstomo, Maldonado; Suicer, s.v.).
El nombre de Lázaro se ha perpetuado en una institución cristiana. La parábola cumplió su cometido —incluso en los tiempos más oscuros de la Iglesia— al llevar a los hombres a temer el lujo puramente egoísta y a socorrer incluso las formas más repugnantes de sufrimiento. El leproso de la Edad Media aparece designado como Lazzaro. Entre las órdenes de carácter mixto —mitad militares, mitad monásticas— surgidas en el siglo XII, figuraba la de los Caballeros de San Lázaro (año 1119), cuya misión específica consistía en atender a los leprosos, primero en Siria y más tarde en Europa. El uso de términos como lazaretto y lazar-house para designar los hospitales de leprosos fundados entonces en las ciudades de la cristiandad —especialmente en Italia— refleja el impacto que la parábola tuvo en la mentalidad de la Europa medieval y, por consiguiente, en su lenguaje posterior. En algunos casos, parece haberse producido una singular transferencia de atributos de un Lázaro al otro. Así, en París, la prisión de San Lázaro (el Clos Saint-Lazare, tan célebre en 1848) había sido originalmente un hospital para leprosos. En el siglo XVII fue asignada a la Sociedad de los Lazaristas —que tomaron su nombre de Lázaro de Betania—, y allí falleció Vicente de Paúl en 1660. En las inmediaciones de la prisión, sin embargo, existen dos instituciones que evocan al Lázaro de la parábola.
Bibliografía:
Edward Hayes Plumptre, Dr. William Smith's Dictionary of the Bible.