Historia
ALEJANDRÍA

La población de Alejandría fue mixta desde el principio (Curt. iv. 8, 5) y este hecho fue la base del carácter alejandrino. Las tres partes en las que la ciudad se dividió (Regio Judæorum, Brucheium, Rhacotis) se correspondían con las tres clases principales de sus habitantes, judíos, griegos y egipcios; 'pero además de estas principales razas, representantes de casi todas las naciones se encontraban allí' (Dion Chrys. Orat. xxxii.) Según Josefo, el propio Alejandro asignó a los judíos un lugar en su nueva ciudad; 'que obtuvieron', agrega, 'igualdad de privilegios con los macedonios' (c. Ap. ii. 4) en consideración 'de sus servicios contra los egipcios' (B. J. ii. 18, 7). Ptolomeo I imitó la política de Alejandro y, después de la captura de Jerusalén, trasladó un considerable número de sus ciudadanos a Alejandría. Muchos otros se fueron por su propia voluntad; y todos recibieron la franquicia macedonia completa (Josefo, Ant. xii. 1 comp. c. Ap. i. 22), como hombres de renombre y probada fidelidad (Josefo, c. Ap. ii. 1). Ya en otra ocasión, los judíos habían procurado un hogar en la tierra de su servidumbre. Más de dos siglos y medio antes de la fundación de Alejandría, gran parte de ellos se habían refugiado en Egipto, tras el asesinato de Gedalías; pero estos, después de una apostasía general, fueron llevados cautivos a Babilonia por Nabucodonosor (Entonces todo el pueblo, desde el menor hasta el mayor, y los jefes de las tropas se levantaron y se fueron a Egipto, porque temían a los caldeos.[…]2 Reyes 25:26; 1 Palabra que vino a Jeremías para todos los judíos que moraban en la tierra de Egipto, los que moraban en Migdol, en Tafnes, en Menfis y en la tierra de Patros, diciendo: 2 Así dice el SEÑOR de los ejércitos, el Dios de Israel: "Vosotros habéis vist[…]Jeremías 44; Josefo, Ant. x. 9, 7).
El destino de la colonia posterior fue muy diferente. Los números y la importancia de los judíos egipcios aumentaron rápidamente bajo los Ptolomeos por nuevas inmigraciones y trabajo incansable. Filón los estimaba en su tiempo en poco menos que un millón (In Flace. § 6, pág. 971); y agrega que dos de los cinco distritos de Alejandría fueron llamados 'distritos judíos' y que muchos judíos vivían esparcidos en los otros tres restantes (id. § 8, pág. 973). Julio César (Josefo, Ant. xiv. 10, § 1) y Augusto les confirmaron los privilegios que habían disfrutado antes, reteniéndolos con varias interrupciones, de las cuales la más importante, 39 d. C., la describe Filón (l. c) durante los tumultos y persecuciones de reinados posteriores (Josefo, c. Ap. ii. 4; B.J. xii. 3, 2). Estuvieron representados, al menos por algún tiempo (desde el tiempo de Cleopatra hasta el reinado de Claudio; Jost, Gesch. d. Judenth. i. 353) por su propio oficial y Augusto nombró un concilio (es decir, sanedrín) 'para supervisar los asuntos de los judíos', de acuerdo con sus propias leyes. El establecimiento del cristianismo alteró la posición cívica de los judíos, pero mantuvieron su relativa prosperidad; y cuando Alejandría fue tomada por Omar, se contabilizaron 40.000 judíos tributarios entre las maravillas de la ciudad (Gibbon, cli.).
Durante algún tiempo el judaísmo de Alejandría dependió estrechamente del de Jerusalén. Ambos estaban sujetos al poder civil de los primeros Ptolomeos y ambos reconocían al sumo sacerdote como su cabeza religiosa. La persecución de Ptolomeo Filopátor (217 a. C.) ocasionó la primera separación entre los dos lugares. Desde ese tiempo los judíos de Tierra Santa se unieron al futuro de Siria; y la misma política que separó a esa facción, dio unidad y decisión a los judíos de Alejandría. La traducción de la Septuaginta reforzó la barrera del lenguaje entre Tierra Santa y Egipto y el templo de Leontópolis (161 a. C.) que sometió a los judíos egipcios a la acusación de cisma, ensanchó la brecha ya abierta. Pero la división, aunque marcada, no estaba completa. Al comienzo de la era cristiana los judíos egipcios todavía pagaban las contribuciones al servicio del templo (Raphall, Hist. of the Jews, ii. 72). Jerusalén, aunque su nombre fue moldeado a una forma griega, seguía siendo la Ciudad Santa, la metrópoli no de un país sino de un pueblo y los alejandrinos tenían allí una sinagoga (Pero se levantaron algunos de la sinagoga llamada de los Libertos, incluyendo tanto cireneos como alejandrinos, y algunos de Cilicia y de Asia, y discutían con Esteban.[…]Hechos 6:9). La administración interna de la facción alejandrina era independiente del sanedrín de Jerusalén; pero el respeto sobrevivió a la sumisión.
Sin embargo, hubo otras causas que tendieron a producir en Alejandría una forma distinta del carácter y fe judíos. La religión y la filosofía de esa inquieta ciudad produjeron un efecto sobre los poderosos, mayor que la influencia de la política o el comercio. El mismo Alejandro simbolizó el espíritu que deseaba insuflar a su nueva capital, al fundar un templo de Isis junto a los templos de los dioses griegos (Arr. iii. 1). Los credos de Oriente y Occidente coexistirían en unión amistosa y en tiempos posteriores el culto mixto de Serapis (comp. Gibbon, c. xxviii; Dict. of Geogr. i. p. 98) era característico del reino griego de Egipto (Agustín, De Civ. Dei, xviii. 5). Esta adoración ecuménica se combinó además con la difusión del saber universal. Los mismos monarcas que favorecieron la adoración de Serapis (Clemente de Alenadría, Protr. iv. § 48) fundaron y embellecieron el museo y la biblioteca; y parte de la biblioteca se depositó en el Serapeum. La nueva fe y la nueva literatura desembocaron en un resultado común; y los judíos egipcios necesariamente embebieron el espíritu que prevalecía a su alrededor.
Los judíos fueron, de hecho, particularmente susceptibles a las influencias a las que estuvieron expuestos. Mostraron desde el principio una capacidad para el desarrollo oriental u occidental. A la fe y el conservadurismo oriental, unieron la actividad y energía griega. La mera presencia de la cultura helénica no podía dejar de poner en juego sus poderes de especulación, que apenas fueron reprimidos por el legalismo tradicional de Tierra Santa (comp. Jost, Gesch. d. Judenth. i. 293 y sigs.); y el inmutable elemento de la revelación divina que ellos siempre retuvieron, les permitió armonizar nuevos pensamientos con antiguas creencias. Pero mientras el intercambio de judíos y griegos habría producido las mismas consecuencias generales en cualquier caso, Alejandría se adaptó peculiarmente para conseguir su pleno efecto. El resultado del contacto del judaísmo con los muchos credos que estaban vigentes debe haber sido rápido y poderoso. Un fragmento griego muy antiguo de escritura judía que se ha conservado (alrededor del 160 a. C.), contiene grandes citas órficas, que ya habían sido moldeadas en una forma judía (comp. Jost, Gesch. d. Judenth. i. 370); y el intento así hecho de relacionar las tradiciones helénicas más antiguas con la ley, se repitió a menudo después. Esto no fue hecho en el espíritu de una audaz falsificación. Orfeo, Museo y las Sibilas parecían ser, en algún período remoto anterior a las corrupciones del politeísmo, testigos de una revelación primitiva y de la enseñanza de la naturaleza, por lo que parecía excusable atribuirles un conocimiento de las doctrinas de Moisés. El tercer libro de las Sibilas (150 a. C.) es la reliquia más valiosa de esta literatura pseudohelénica, y muestra hasta qué punto el pensamiento del judaísmo se combinó para concordar con una visión más amplia de la condición religiosa del paganismo, que fue abierto por un conocimiento más íntimo del pensamiento griego; aunque el Apocalipsis posterior de Esdras muestra una marcada reacción ante la extrema exclusividad de tiempos anteriores.
Pero la influencia indirecta de la literatura y filofoía griega produjo efectos aún mayores sobre los judíos alejandrinos que el conflicto abierto y la combinación de los dogmas religiosos. La escuela literaria de Alejandría era esencialmente crítica y no creativa. Por primera vez, los hombres trabajaron para recopilar, revisar y clasificar todos los registros del pasado. Los poetas confiaban en su saber más que en su imaginación. El lenguaje se convirtió en un estudio y las leyendas de la mitología primitiva se transformaron en misterios filosóficos. Los judíos tomaron una vigorosa participación en estos nuevos estudios. La precaución contra escribir, que se convirtió en una ley establecida en Tierra Santa, no encontró favor en Egipto. Numerosos autores adaptaron la historia de los patriarcas, de Moisés y de los reyes, a los modelos clásicos (Eusebio, Praep. Ev. ix. 17-39), como Eupolemo, Artapano (?), Demetrio, Aristeo, Cleodemo o Malchas, 'un profeta'. Un poema que lleva el nombre de Focílides, proporciona en verso varios preceptos de Levítico (Daniel sec. LXX. Apolog. p. 512 f. Roma, 1772); y varios grandes fragmentos de una 'tragedia' en la que Ezequiel (110 a. C.) dramatizó el Éxodo, han sido preservados por Eusebio (l. c.), quien también cita numerosos pasajes en verso heroico del anciano Filón y Teodoto. Este clasicismo de estilo fue síntoma y causa del clasicismo de pensamiento. El mismo Aristóbulo que dio curso a los versos judeo-órficos, se esforzó por mostrar que el Pentateuco fue la verdadera fuente de la filosofía griega (Euseb. Praep. Ev. xiii. 12; Clemente de Alejandría, Strom. vi. 98).
La proposición así enunciada era completamente agradable al carácter alejandrino; y de ahora en adelante fue el principal objeto de la especulación judía rastrear las sutiles analogías que supuestamente existían entre los escritos de Moisés y la enseñanza de las escuelas. Las circunstancias bajo las que los estudios filosóficos ganaron posición en Alejandría favorecieron el intento. Durante algún tiempo las ciencias prácticas fueron reinas supremas, siendo el resultado el escepticismo (Matter, Hist. de l'Ecole d'Alex. iii. 162 ss.). Finalmente, el claro análisis y la moralidad práctica de los peripatéticos encontraron seguidores dispuestos; y en la fuerza de la reacción, los hombres confiaron ansiosamente en esas espléndidas empresas con las que Platón les enseñó a contentarse, hasta que pudieran obtener un conocimiento más seguro (Fedón, p. 85). Para el judío, éste más seguro conocimiento parecía estar ya dado; y la creencia en la existencia de un significado espiritual subyacente a la letra de la Escritura era el gran principio en el que todas sus investigaciones descansaban. Los hechos eran supuestamente simbólicos; el lenguaje era el velo (o a veces la máscara) que en parte disfrazaba de la vista común las verdades que envolvía. De esta manera se hizo posible retirar al Ser Supremo del contacto inmediato con el mundo material y aplicar las narraciones de la Biblia a los fenómenos del alma. Es imposible determinar el proceso por el que estos resultados fueron incorporados; pero, como en casos paralelos, parecen haber sido configurados gradualmente en las mentes de la masa, y no formados a la vez por un gran maestro. Incluso en la Septuaginta hay rastros de un esfuerzo por interpretar la imaginería antropomorfa del texto hebreo; y no cabe duda de que los Comentarios de Aristóbulo dieron alguna forma y coherencia al sistema alegórico. En el tiempo de Filón (20 a. C. - 50 d. C.) los sistemas teológicos e interpretativos estaban evidentemente fijados, incluso en muchos de sus detalles, apareciendo él en ambos casos sólo para recoger y expresar las opiniones populares de sus compatriotas.
En cada una de esas grandes formas de especulación, la teológica y la exegética, el alejandrismo tuvo una importante relevancia en los escritos apostólicos. Pero las doctrinas que son características de la escuela alejandrina no era en modo alguno peculiares de ella. Las mismas causas que llevaron a la formación de visiones más amplias del judaísmo en Egipto, actuando bajo gran moderación, produjeron resultados correspondientes en Tierra Santa. Una doctrina de la Palabra (Memra) y un sistema de interpretación mística creció dentro de las escuelas rabínicas, que tienen una analogía más cercana al lenguaje de San Juan y a las 'alegorías' de San Pablo que las especulaciones de Filón.
Pero mientras la importancia de este elemento rabínico en relación con la expresión de la verdad apostólica a menudo se pasa por alto, no puede haber duda de que la enseñanza alejandrina fue más poderosa en la promoción de su recepción. Sin embargo, incluso cuando la función del alejandrismo con respecto al cristianismo es limitada, es necesario evitar la exageración. La preparación que hizo fue indirecta y no inmediata. La doctrina de Filón de la Palabra (Logos) ayudó a los hombres a aceptar la enseñanza de San Juan, pero no la anticipó; del mismo modo que su método de alegoría encajaba en los argumentos de la espístola a los Hebreos, aunque no podía haber previsto su aplicación.
De hecho, lo primero que sorprende al lector de Filón en relación con San Juan, es la similitud de fraseología sin similitud de idea. Su tratamiento del Logos es vago e inconsistente. Discute sobre el término y no sobre la realidad, y parece deleitarse con la ambigüedad que implica. En un momento él presenta al Logos como la razón de Dios, en la que las ideas arquetípicas de las cosas existen y en otro momento como la Palabra de Dios por la cual se da a conocer al mundo exterior; pero en ninguna parte percibe la noción de Uno que es a la vez Revelador y Revelación, que es la esencia de la enseñanza de San Juan. La idea del Logos activo le es sugerida por la necesidad de retirar lo Infinito de lo finito, Dios del hombre, y no por el deseo de acercar a Dios al hombre. No sólo es imposible concebir que Filón pudo haber escrito como San Juan escribe, sino incluso suponer que pudo haber admitido la posibilidad de la encarnación del Logos, o de la unidad personal del Logos y el Mesías. Pero mientras es correcto señalar en toda su amplitud la oposición entre las enseñanzas de Filón y San Juan, es imposible no sentir el importante papel que la teosofía mística, de la que Filón es el representante, ejerció en la preparación para la aprehensión de la más alta verdad cristiana. Sin ninguna distintiva concepción de la personalidad del Logos, la tendencia de los escritos de Filón era llevar a los hombres a considerar el Logos, al menos en alguno de los sentidos del término, como persona; y mientras mantenía con devoto fervor la indivisibilidad de la naturaleza divina, describió al Logos como divino. De esta manera, aunque inconscientemente, preparó el camino para el reconocimiento de una doble personalidad en la Deidad, y realizó una obra sin la cual puede parecer que el lenguaje del cristianismo hubiera sido ininteligible (comp. Doruer, Die Lehre von der Person Christi, i. 23 ss.).
El método alegórico está en la misma relación con la interpretación espiritual de la Escritura que la doctrina mística de la Palabra con la enseñanza de S. Juan. Fue una preparación y no una anticipación de ella. A menos que los hombres hubieran estado familiarizados en alguna manera con la existencia de un significado interno en la ley y los profetas, es difícil entender cómo un Apolos 'poderoso en las Escrituras' (24 Llegó entonces a Efeso un judío que se llamaba Apolos, natural de Alejandría, hombre elocuente, y que era poderoso en las Escrituras. 25 Este había sido instruido en el camino del Señor, y siendo ferviente de espíritu, hablaba y enseñaba con exact[…]Hechos 18:24-28) pudo haber convencido a muchos, o cómo la Iglesia naciente pudo haber visto removido, casi impasiblemente, el ritual del Antiguo Pacto, aunque fuerte en la posesión consciente de su antitipo espiritual. Pero lo que se encuentra en Filón en fragmentos aislados, se combina en el Nuevo Testamento para formar un gran todo. En el primero la verdad se afirma en detalles casuales, en el segundo es establecida en sus amplios principios que admiten una aplicación infinita; y una comparación de la interpretaciones patrísticas con las de Filón demostrará la poderosa influencia que ejerció el ejemplo apostólico, refrenando la imaginación de los escritores posteriores. Y esto no es todo. Mientras Filón miraba lo que era positivo en el judaísmo como el mero símbolo de verdades abstractas, en la epístola a los Hebreos aparece como la sombra de las bendiciones realizadas (Pero cuando Cristo apareció como sumo sacerdote de los bienes futuros, a través de un mayor y más perfecto tabernáculo, no hecho con manos, es decir, no de esta creación,[…]Hebreos 9:11) en la presencia de un Salvador personal. La historia en un caso es la enunciación de un enigma; en el otro es el registro de una vida.
Las doctrinas especulativas que así obraron para la recepción general de la doctrina cristiana también fueron incorporadas en una forma de sociedad, que luego fue transferida a la Iglesia. Numerosos grupos de ascetas (herapeute), especialmente a orillas del lago Mareotis, se dedicaron a una vida de incesante disciplina y estudio. A diferencia de los esenios, que representan la fase correspondiente en la vida palestiniense, abjuraron de la sociedad y el trabajo, y a menudo olvidaron, como se dice, las necesidades más simples de la naturaleza, en la contemplación de la sabiduría oculta en las Escrituras (Filón, De Vit. Contempl.). La descripción que da Filón de su ocupación y carácter, le pareció a Eusebio que presentaba una imagen tan clara de las virtudes cristianas que las reclamó como cristianas; y puede ser sin duda, que algunas de las formas de monasticismo fueran moldeadas sobre el modelo de los therapeutae (Eusebio, H. E. ii. 16).
Según la leyenda común (Eusebio, l. c.) Marcos primero 'predicó el evangelio en Egipto, y fundó la primera iglesia en Alejandría.' A principios del siglo II el número de los cristianos de Alejandría debe haber sido muy grande y los grandes dirigentes del gnosticismo que surgieron allí (Basílides, Valentín), muestran una exageración de la tendencia de la Iglesia. Pero las formas posteriores de la especulación alejandrina, las extrañas variedades del gnosticismo, el progreso de la escuela catequética, el desarrollo del neoplatonismo, las diversas fases de la controversia arriana, pertenecen a la historia de la Iglesia y a la historia de la filosofía. Hasta el final, Alejandría cumplió su misión y todavía le debemos mucho al espíritu de sus grandes maestros, que en épocas posteriores lucharon, no sin éxito, contra los sistemas más rígidos del oeste.
Bibliografía:
Brooke Foss Westcott, Dr. William Smith's Dictionary of the Bible.