
Pero para que un análisis desemboque en resultados genuinos hay que tomar no una parte de la cuestión sino el todo. Y en el caso de la familia hay una proposición que tiene dos aspectos a ser tenidos en cuenta:
- La familia, contemplada en su aspecto general, es la entidad más fuerte que hay en el mundo.
- La familia, contemplada en su aspecto particular, es la entidad más frágil que hay en el mundo.
Esas, aparentemente, contradictorias aserciones en realidad son complementarias y tienen cada una de ellas su explicación. La familia es la entidad más fuerte que hay en el mundo, en razón de que no se trata de una institución convencional humana establecida por razones prácticas o de supervivencia, sino de algo cuyo diseño es idea de Dios. La fuerza que la familia tiene como entidad le viene de su Hacedor. De ahí que no es un fenómeno peculiar a determinadas etnias ni culturas, ni a ciertas estructuras socio-económicas o históricas, sino que estamos frente a algo común a toda la humanidad. Por eso ha salido airosa de todas las convulsiones, cambios, revoluciones y transformaciones que ha habido en el mundo desde su origen, siendo mucho más que una fórmula para propagar el linaje humano. Esa fuerza, que es de Dios, es la que le permitirá a la familia prevalecer frente al ataque actual y ante cualquier eventual ataque en el futuro.
Pero una vez dicho esto, es necesario afirmar el otro lado de la proposición: la familia es la entidad más frágil que hay en el mundo. Esta debilidad le es transmitida por los integrantes de la misma, esto es, los seres humanos que componen cada unidad familiar. Solamente tenemos que mirar dentro de nosotros mismos para darnos cuenta de la cantidad de potencialidad destructiva y negativa de la que somos portadores. Ya sea el matrimonio en el papel de cónyuges o en el de padres, o ya sean los hijos, lo cierto es que en cada una de esos roles somos, a causa de nuestro mal inherente, amenazas reales a la estabilidad de nuestra familia. Por eso cada familia es tan frágil como lo es cada uno de sus miembros. Además de esta debilidad interna, hay que añadir los múltiples factores corrosivos externos que trabajan desde fuera para aumentar esa fragilidad todavía más; aquí entrarían en juego ideologías, legislaciones y colectivos cuyo interés primordial es desacreditar, minar y destruir a la familia. Aparte de que hay alguien, invisible pero real, que tiene un interés primordial en tirar por tierra todo lo que es de Dios.
Resumiendo, pues, la fuerza indestructible de la entidad familiar le viene de Dios, que la creó. La debilidad destructora de cada unidad familiar le viene de los débiles seres humanos que la componen. Es decir, con la familia ocurre algo parecido a la paradoja que sucede en la ficción con Supermán, el héroe capaz de superar todos los desafíos, pero que tiene un flanco, la exposición a la kryptonita, que lo hace tan frágil como el resto de los mortales y susceptible de ser derrotado. O para ponerlo en términos reales, es como la relación directamente proporcional que existe entre dureza y fragilidad en algunos elementos naturales, tal como el vidrio.
Ahora bien, si la debilidad de cada unidad familiar procede de cada uno de sus miembros, se deduce que cada uno de ellos ha de poner todo de su parte a fin de contrarrestar las fuerzas destructivas de las que son portadores y contribuir a la edificación y fortalecimiento de la unidad familiar. ¿Qué podemos hacer para ello? En mi opinión la solución pasa por tres factores vitales:
- Cónyuges.
- Prioridades.
- Educación.
El orden de los factores, en este caso, sí altera el producto. Es decir, en primer lugar los cónyuges son el factor vital y primordial en el orden familiar y quienes marcan las prioridades en su seno; a su vez, las prioridades marcadas por ellos son las que van a determinan el tercer factor: la educación de los hijos. Pero todo esto lo veremos en el próximo artículo
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