Matrimonio

De «imagen y gloria de Dios» a «ayuda idónea» para ella

De «imagen y gloria de Dios» a «ayuda idónea» para ella
La creciente feminización de la sociedad es un hecho. Casi sin darnos cuenta, e influidos por la propaganda feminista, la mayor parte de la gente ha ido aceptando que algo anda mal en los varones: son todos machistas y tienen que cambiar o hay que cambiarlos. El machismo no es ya solo el maltrato de la mujer o el considerarla inferior al hombre, sino cualquier sugerencia de que el hombre pueda ser distinto, tener ciertas aptitudes propias como varón o estar llamado a desempeñar un papel de líder en la familia, la iglesia o la sociedad.

Recuerdo que a finales de los años 80, hablando con una compañera de trabajo que era evangélica -aunque un poco especial, porque no pertenecía a ninguna iglesia-, le expuse mi creencia de que tanto el hombre como la mujer estaban hechos a imagen y semejanza de Dios, ambos eran iguales en Cristo y coherederos de la vida eterna, la mujer debía tener las mismas posibilidades de educarse que el hombre, por el mismo trabajo realizado debía cobrar lo mismo que él, y debía ser igual que el varón ante la justicia. Creía yo que con esas afirmaciones estaba dejando clara mi oposición al machismo. Pero cuando le dije que el hombre y la mujer eran diferentes y complementarios, y que el varón tenía un liderato natural dado por Dios que desempeñar en esta vida, ella me dijo: "Eres machista".

La enfermedad
No es que falten cosas que andan mal en los hombres -¡y muy mal, por cierto!-, como podemos ver por el aumento de la mal llamada "violencia de género". El abuso de la fuerza por parte del varón contra la mujer siempre será algo despreciable y opuesto a las enseñanzas y al ejemplo de Cristo, lo cual en vez de ennoblecer al hombre lo degrada. La misma existencia de dicho abuso nos dice que algo anda mal en los varones que necesita "reparación". Pero cuál sea la dolencia, cómo deba curarse, o quién haya de hacerlo es algo bien distinto.

El diagnóstico de la sociedad de hoy es que el mal del hombre consiste en creerse diferente y "superior" a la mujer; y se tiende a considerar ciertos rasgos propios de la masculinidad como negativos y perversos, porque difieren de los femeninos o parecen no satisfacer las necesidades de las mujeres. El carácter femenino o las expectativas de la mujer se convierten así en el patrón de medida. Un empleado del banco donde tengo mi cuenta, bromeaba conmigo el otro día diciendo que ojalá las mujeres no descubrieran nunca la importancia de su capacidad intuitiva, porque entonces -sugería- se darían cuenta de que son superiores. Como galantería y muestra de caballerosidad no está mal, pero ni es cierto que la mujer sea superior al varón ni la cuestión es para tomarla a la ligera.

El problema del hombre y de su machismo proviene del pecado de Adán, que afectó tanto a los hombres como a las mujeres y desvirtúa los rasgos inherentes a uno y otro sexo establecidos por Dios en la creación y declarados buenos por Él (Gn. 1:31). Esto lo apuntan muy bien David y Margarita Burt en sus respectivos artículos de nuestra sección "Tema del mes" sobre el matrimonio cristiano. El abuso de la fuerza y el sometimiento de la mujer por parte del varón han sido quizá, a lo largo de la Historia y en todo lugar y cultura, las consecuencias más obvias de la caída de Adán en los varones. El "machismo" es, sin duda, una consecuencia de la Caída y algo bíblicamente condenable (Ef. 5:29; Gn. 2:23); pero muchos rasgos del carácter masculino o de la condición de varón que hoy en día se consideran perversos o deficientes no lo son, sino que se conforman a la voluntad de Dios expresada en la creación y son perfectamente bíblicos.

La queja generalizada de las mujeres de nuestros días porque los varones no se comunican suficientemente con ellas, por ejemplo, se debe más bien a una expectativa de que el varón se comporte como una mujer que a ninguna otra cosa. El hombre llega a casa y puede sentarse a leer o a ver la TV sin contarle a su esposa qué es lo que le ha sucedido ese día en el trabajo, a menos que ella le pregunte. Para la mujer, en cambio, es bastante natural hacer partícipe a su esposo de cómo ha transcurrido el día para ella. ¡La mujer es más "narrativa"! ¿Pero puede esa diferencia considerarse un defecto en el hombre? ¿No debe más bien verse como un estímulo para que la mujer inicie el proceso de comunicación? ¿Hay que cambiar al hombre en ese aspecto? Desde luego que el hombre debe estar dispuesto a hablar con su mujer de aquellas cosas que son importantes para ella, pero no se le puede recriminar porque la conversación no surja de él de un modo natural. No hay nada en la Biblia que condene esos rasgos del carácter masculino o los considere deficientes.

Basta con leer algunos libros sobre el matrimonio para darse cuenta de que se está tratando de meter como sea a los varones en un molde femenino: haciéndolos hablar acerca de lo que sienten, animándolos a llorar, etc. Bien es cierto que Jesús no reprimió sus sentimientos -como en el caso de Lázaro (Jn. 11:35) o cuando lloró sobre Jerusalén (Lc. 19:41)-, pero tampoco lo vemos llorando a cada paso o quejándose lastimeramente. El dicho de "Los hombres no lloran" es perfectamente aplicable al Señor.

Hace poco, una hermana hacía en Protestante Digital una paráfrasis del 1 ¡Cuán bienaventurado es el hombre que no anda en el consejo de los impíos, ni se detiene en el camino de los pecadores, ni se sienta en la silla de los escarnecedores, 2 sino que en la ley del SEÑOR está su deleite, y en su ley medita de día y de n[…]Salmo 1 en la que, en lugar de "Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos [...], sino que en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche" (vv. 1, 2), daba su propia lista de ocupaciones bienaventuradas para el hombre. Entre ellas sobresalían las de derramar lágrimas, dejarse consolar por una mujer, abandonar la educación tradicional y llorar "cuando estalla la tormenta interior", compartir las tareas del hogar en un plano de igualdad, reconocer "su debilidad" con una amiga, no esconder su inocencia ante una mujer, aguardar feliz el momento de terminar una conversación con su esposa, habitar ya en este lado del país de las igualdades... Ni que decir tiene que una paráfrasis como esa de la Palabra de Dios, no solo es arriesgada por sustituir los términos de la bendición, sino también poco rigurosa: el varón no es como es solo a causa de "la educación tradicional" (que también juega su parte), sino por su constitución masculina -genética, hormonal, etc.- complementaria de la de la mujer. Desde luego, si un varón se atreviera hoy en día a hacer una lista de bienaventuranzas parecida para el sexo femenino se le tildaría de paternalista y machista.

La cura y el médico
Pero ni la falta de actitudes femeninas es el problema del varón, ni su verdadero problema -el pecado original- se cura con la feminización de su carácter. Solamente Cristo puede transformar a un varón abusivo y prepotente en un esposo amante y considerado; pero este no dejará por ello de ser un hombre, ni de tener responsabilidades de hombre, ni de responder de una manera diferente de la femenina.

Después del cambio efectuado por Cristo (2 Co. 5:17) viene el proceso de transformación a la imagen del Señor (Ro. 8:29), que la pareja deberán acometer juntos, porque tanto el hombre como la mujer tienen que ser transformados más y más adaptándose al carácter de Jesús y a la voluntad de Dios, y para ello el Señor usa a cada uno de los cónyuges para perfeccionar al otro.

La participación de la mujer en el proceso de transformación de su esposo se da por hecha incluso cuando el hombre no es cristiano (1 P. 3:1-6), pero esto dista mucho de la idea que se ha puesto de moda entre algunas mujeres de que son ellas quienes deben cambiar a sus maridos. Esta idea es equivalente a la del hombre machista que piensa que debe imponerle su voluntad a su mujer por la fuerza, solo que las armas son diferentes: armas de mujer. El único que puede cambiar a ambos -al hombre y a la mujer- es el Espíritu Santo, y en esto ni la imposición por parte del varón ni la astucia por parte de la mujer ayudarán mucho. La mejor manera para ambos de colaborar con Dios en ese proceso es siguiendo a Cristo mediante la puesta en práctica de ciertos principios bíblicos elementales, tales como el aceptar al otro como Cristo mismo lo ha aceptado (es decir, tal y como es, con sus puntos fuertes y sus defectos, y esto en las diferentes etapas de la vida), amarle y respetarle, orar por el otro, ser paciente con él, perdonarlo... (Ro. 15:7; Ef. 4:32). Una buena dosis de 12 Entonces, como escogidos de Dios, santos y amados, revestíos de tierna compasión, bondad, humildad, mansedumbre y paciencia; 13 soportándoos unos a otros y perdonándoos unos a otros, si alguno tiene queja contra otro; como Cristo os perdonó, así t[…]Colosenses 3:12-14 es mucho más efectiva para la felicidad y la buena marcha de un matrimonio que el aprendizaje de todas las técnicas sexuales y de comunicación del mundo.

En el pasado, se les reconocía a los hombres el derecho de ser ellos mismos, e incluso se les daba la preeminencia (¡eran tiempos más bíblicos que estos!). Pero siendo el varón "la imagen y gloria de Dios" por preceder en la creación a la mujer, y ésta "gloria del varón" porque de él fue tomada (1 Co. 11:7; Gn. 2:23), era de esperar que el enemigo de Dios intentara dar la vuelta a las cosas e invertirlas. Lo cierto es que la norma hoy en día es convertir al hombre de "imagen y gloria de Dios" en "ayuda idónea" para ella (cf. Gn. 2:18).