
Pero no todos los recursos naturales son como el sol; muchos hay que trabajarlos, para que rindan el provecho que inherentemente tienen. Eso significa que hay que aprender y practicar la manera en la que pueden sernos de provecho. Están ahí, pero como su presencia es pasiva, hace falta la actividad del ser humano que extraiga de ellos la riqueza que portan. Esa actividad es lo que denominamos trabajo. De manera que el trabajo es la llave que nos abre la puerta que da acceso a las fructíferas posibilidades que los recursos naturales tienen.
Ahora bien, esos recursos no son ilimitados y mientras no podamos llevar a la práctica aquella fórmula cuasi-mágica que Einstein nos dejara, E=mc2, que prácticamente supondría la solución de todos nuestros problemas energéticos, hemos de ser responsables y cuidadosos con ellos. Además, hay que considerar que dichos recursos no son máquinas inagotables a las que podemos someter a una presión constante, sino que en cierto sentido son seres vivos y como tales precisan del ciclo trabajo-descanso que todos los seres vivos necesitan para continuar rindiendo. Ni siquiera las máquinas inanimadas fabricadas por el hombre pueden estar permanentemente sometidas a un proceso continuo de trabajo. Llegado un momento se agotan, se averían y finalmente su tiempo de utilidad acaba para siempre.
El problema es que en lugar de considerar que los recursos naturales deben ser tratados con el preciso respeto, fruto de una aproximación sabia hacia ellos, nos hemos lanzado en una frenética carrera de crecimiento económico sostenido, sin reparar que hay una frontera donde el colapso se produce. El ansia de prosperidad y comodidad desmedida, somete a los recursos a una sobreexplotación que les lleva indefectiblemente al agotamiento. Es la codicia y la falta de contentamiento lo que está en el origen de buena parte del problema.
Y aquí es donde comenzamos a vislumbrar que la economía no es solamente una cuestión de cifras y operaciones bursátiles complejas e ininteligibles, salvo para los expertos, sino que tiene una componente que todos podemos entender. Ahora que hemos puesto al planeta en serio peligro hemos inventado esa palabrita que ya es de dominio público: Ecología.
Pero el concepto, aunque no la palabra, ya estaba presente en algunas culturas antiguas, que por ser antiguas no hay que subestimarlas. Ahora bien, es mejor tener claro el concepto y practicarlo que tener la palabra solamente, por muy rimbombante que suene, y continuar en una línea que lleva al desastre.
Una de esas culturas antiguas en las que estaba presente el respeto a los recursos naturales es la de Israel en el Antiguo Testamento. En su legislación, y recordemos que la legislación de una nación es la expresión de los principios y creencias que la sostienen, estaba contenida esta gran noción del respeto a tales recursos. La institución del año sabático1 supone que la tierra no ha de ser sometida a un cultivo constante, sino que precisa del reposo, lo mismo que las demás criaturas. Desde el punto de vista de la ganancia inmediata esto es una pérdida. Pérdida de posibilidades, pérdida de frutos y pérdida de réditos. El problema es que la óptica de la ganancia inmediata es una óptica miope, que no ve más allá de sus narices. Pero desde el punto de vista de la ganancia a largo plazo, el año sabático es una inversión, un ahorro, porque significa que a la tierra se le da tiempo para que se regenere, toda vez que es un organismo vivo, sujeto a procesos orgánicos, de manera que su potencialidad para producir se multiplica a través de ese descanso.
Sería bueno que leyéramos algunos capítulos de la Biblia en los que se trata la economía desde la perspectiva del respeto a los recursos naturales. Seguramente tienen mucho que enseñarnos.
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