
Recuerdo que hace varias décadas, cuando existía el comunismo en Europa oriental, algunos desde España sentimos que era nuestra obligación como cristianos ser de ayuda a nuestros hermanos que estaban siendo perseguidos por causa de su fe. De esta manera se hicieron muchos viajes a los países tras el Telón de Acero para llevarles Biblias (de contrabando), ayuda práctica y el consuelo y ánimo de saber que no estaban solos ni olvidados. Nos parecía que era algo elemental y un deber basado en los principios del amor cristiano. Sin embargo, hubo algunos evangélicos en España que entendieron aquella iniciativa de acuerdo a los parámetros políticos del momento. De ese modo, nos acusaron de estar haciéndole el juego a los Estados Unidos, hasta el punto de poner en duda si realmente los cristianos estaban sufriendo en Europa del Este a manos del comunismo. Tal vez todas las informaciones que apuntaban en ese sentido nos las facilitaba el ‘amigo americano’ que, ya se sabe, era el primer interesado en denigrar al sistema político imperante tras el Telón de Acero. Y así, para no verse asociados con tan detestable influencia, optaron por desentenderse del asunto y olvidarse de que había persecución en los países comunistas. Hoy resulta patético pensar que hubo quienes esgrimieron el argumento de la neutralidad política para no intervenir, neutralizando así las más elementales convicciones cristianas, a fin de salvaguardar su respetabilidad e imagen.
Qué chantaje puede llegar a ser toda esta sutil argumentación que razona de esta manera: ¡Ah! ¿Entonces tú estás de acuerdo con esto? Luego entonces es que estás del lado de esos. Qué poder de seducción tan enorme ejerce ese chantaje sobre nuestras conciencias, hasta el punto de dejarlas paralizadas. El miedo a que nos clasifiquen en categorías detestables es tan grande, que llegamos a preferir antes el silencio o la ambigüedad calculada que posicionarnos del lado de la justicia. Es el viejo temor al ¿Qué dirán? que sigue ahí hegemónico. Pensábamos que éramos independientes, que teníamos criterio propio, que no éramos como la masa borreguil, que sigue ciertos dictados sin saber a ciencia cierta por qué, y de pronto descubrimos que no somos diferentes. Que nos asusta ser considerados de cierta manera; que en ninguna manera nos resulta indiferente lo que piensen otros de nosotros. Es decir, que la cobardía no es solo patrimonio comprensible de quienes viven bajo férreas dictaduras, sino que viviendo en democracia es perfectamente posible callar para no complicarnos la vida. O para salvar nuestra conveniencia.
Y así, aunque la Biblia tiene mucho que decir sobre los débiles, es posible reinterpretar ese mensaje a la luz de nuestro interés personal, de manera que pasamos por alto cualquier cosa que suponga llegar a ciertas incómodas conclusiones. Por ejemplo, que los no nacidos entran dentro de lleno en esa categoría y tal vez con más poderosas razones que ningún otro colectivo. Que pasajes como
Porque él librará al menesteroso que clamare,
Y al afligido que no tuviere quien le socorra.
Tendrá misericordia del pobre y del menesteroso,
Y salvará la vida de los pobres.
De engaño y de violencia redimirá sus almas,
Y la sangre de ellos será preciosa ante sus ojos.1
no solo han de ser entendidos en términos socio-económicos, porque en realidad las palabras menesteroso, afligido y pobre no agotan su significado en ese aspecto, sino que incluyen la desprotección en cualquier sentido. Por ejemplo, la desprotección ante la agresión en el útero materno. Es por eso que una democracia puede salir culpable, igual que una dictadura, si deja sin protección a los más indefensos entre los indefensos. Porque resulta paradójico, si no fuera porque es alarmante, que extendamos la protección de la ley a los peores delincuentes y se la neguemos a los indefensos.
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