
Es obvio que la pertenencia al rebaño no puede ser una opción entre otras, de la misma manera que para la oveja no es una alternativa ser parte del mismo. Se trata de un imprescindible, porque de no existir esa pertenencia significaría que está a merced de sus propios recursos, que son nulos, y en manos de un enemigo poderoso e implacable, como es el lobo, por no hablar de otros peligros. Es decir, sin pertenencia al rebaño es la supervivencia de la oveja lo que está en grave peligro.
Por eso es imprescindible que nos hagamos una pregunta vital al respecto. En primer lugar sobre nuestra pertenencia al rebaño y en segundo lugar respecto a nuestra entrada al mismo, no vaya a ser que pensando que estamos dentro, en realidad estemos fuera. La respuesta a esta cuestión fundamental aparece en el sexto de los imprescindibles de Dios que hay en el evangelio de Juan, en la afirmación que Jesús hace sobre sí mismo, cuando dijo: ‘De cierto, de cierto os digo: Yo soy la puerta de las ovejas.’1
Cuando Jesús hizo esta declaración acababa de sanar a un ciego de nacimiento, quien como consecuencia fue expulsado de la sinagoga por confesar su adhesión a Jesús. Ahora bien, se suponía que la sinagoga representaba el rebaño de Dios en la tierra, la comunidad de redimidos escogidos para ser luz en medio de la oscuridad pagana. Pero el contrasentido que aquí se plantea es si efectivamente la sinagoga puede ser el rebaño auténtico de Dios, cuando queda excluido de la misma cualquiera que se atreva a confesar a Jesús como Hijo de Dios. Porque la exclusión no se limita al que confiesa sino, por supuesto, al confesado, esto es, a aquel que ha sido enviado por Dios, precisamente con el objetivo de formar el rebaño. Y aquí es donde se toca un punto de contradicción suprema, ya que quienes piensan que forman parte del rebaño en realidad no pertenecen al mismo y además se han erigido a sí mismos en supervisores de los demás. La ceguera, pues, es total.
Esto significa que hay un rebaño falso, basado en falsas premisas que conducen a conclusiones erradas. El falso rebaño está constituido por personas que basan su derecho en su pertenencia a una determinada nacionalidad y a una supuesta excelencia moral, que los eleva por encima del resto. Según ellos, no necesitan nada más de lo que ya tienen, que es su propia presunción de dar por hecho que son del rebaño de Dios.
Pero las palabras de Jesús no dejan lugar a dudas al respecto, ya que lo que definitivamente importa no tiene nada que ver con lo referente a la nacionalidad ni a una categoría espiritual, sino a la imprescindible entrada al redil a través de una puerta específica. Lo determinante es la puerta por la que se entra y esa puerta tiene un nombre concreto. Tratar de esquivarla, negarla o cortocircuitarla, es evidencia de ser un salteador, un usurpador o un ladrón.
Durante una etapa de su vida Saulo estuvo seguro de su pertenencia al rebaño de Dios, basándose para ello en su linaje y celo religioso. Como consecuencia se convirtió en perseguidor implacable de los pertenecientes al verdadero rebaño de Dios, combatiendo con saña la puerta de acceso a dicho rebaño; hasta que por la gracia de Dios le fueron abiertos los ojos, cayendo en la cuenta de su falsa presunción y de la necesidad de entrar en el redil a través de Cristo. No estaba en mejor posición que el más ciego de los paganos, ya que fuera de Cristo todas sus ventajas eran mera confianza en la carne.
El acceso al rebaño de Dios es único y universal, no habiendo dos accesos, uno para paganos y otro para judíos. De la misma manera que no hay dos formas de perderse sino sólo una, que es por el pecado, y esa manera es común a judíos y paganos, así sólo hay una manera de entrar al rebaño de Dios, que es a través de la puerta que se llama Cristo. Un acceso imprescindible para una pertenencia imprescindible.
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