
Pero lo que llama la atención es que en un mundo tan poco dado a lo abstracto e inmaterial, como lo es el de los negocios, la palabra confianza sea tan vital. Uno pensaría que es un vocablo más apropiado para el mundo de la religión y de las creencias, ya que esa expresión está fuertemente unida a la palabra fe, que significa el acto por el cual alguien se fía de Dios. De hecho, el término fe ha sido ridiculizado hasta la saciedad por los que niegan todo lo sobrenatural, al subrayar la ingenuidad de quienes creen en lo intangible. Pero resulta que fe es el ingrediente vital en ese mundo materialista del dinero, ingrediente sin el cual ese dinero no se mueve ni se invierte.
Así pues, si para las cuestiones temporales y materiales hace falta una clase de fe ¿por qué va a ser ridículo pensar que para las trascedentes también hace falta? O ¿por qué una fe sí es respetable y la otra deleznable, si al fin y al cabo se trata de fe en ambos casos? El ateísmo, con su ataque a la validez de la fe del creyente, yerra el tiro, porque hasta los brokers de Wall Street ejercen todos los días fe (confianza) para realizar sus operaciones financieras. Al final resulta que la fe está presente en todas las dimensiones de la vida y las determina de manera definitiva.
En realidad es posible decir que nuestra perdición vino a consecuencia de un acto de confianza, en el que estuvo implícito otro de desconfianza. Se escuchó una voz que presentaba una promesa de grandeza sublime, mucho más allá de la que ya se disfrutaba, dando por sentado que esa promesa era fiable. Y al hacerlo se desechó la palabra que avisaba de las consecuencias devastadoras que sobrevendrían si se traspasaban ciertos límites. El hombre puso su confianza en una palabra y desconfió de la otra. Eran dos palabras y como tales merecedoras de confianza o desconfianza, pero al ser opuestas necesariamente no podían ser dignas de crédito las dos. Una tenía que ser verdadera y la otra falsa. Y equivocarse en dilucidar esa cuestión supondría errar catastróficamente. Ahora bien ¿cómo saber cuál era fiable y cuál no? Había un criterio infalible para llegar a una conclusión correcta y ese criterio era la fuente de donde procedían ambas.
Una fuente era desconocida totalmente. De pronto alguien apareció en escena con un discurso grandilocuente, en el que todo resultaba fácil y prometedor. Pero era alguien de quien no había constancia que hubiera demostrado nada de lo que prometía. Es decir, tras sus palabras no había ninguna prueba de ser cierto lo que anunciaba. Y lo que pedía es que se le concediera total credibilidad a lo que afirmaba, sin presentar por su parte señal alguna que corroborara sus palabras. Hacía falta ingenuidad, por decirlo de una manera suave, para fiarse de alguien así. La otra fuente era conocida. Era la fuente que había dado la existencia al hombre y a todo lo que había a su alrededor. Lo había bendecido y también le había marcado los límites que no debía traspasar. Había dado pruebas evidentes de su bondad y eso era un argumento sólido de la fiabilidad a la que se hacía merecedor. Sin embargo, contradiciendo toda lógica, el hombre puso su confianza en quien nada aportó como probable y se la negó a quien le había proporcionado razones más que suficientes para fiarse de él. Una confianza y una desconfianza insensatas que repercutieron desastrosamente en el hombre y en toda su descendencia.
El tercer imprescindible del evangelio de Juan dice así: ‘De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida.’1 Tras aquel fiasco original de confianza y desconfianza erradas, la fuente confiable viene a presentarnos el remedio para que podamos salir de nuestro calamitoso estado. Y ese remedio gira alrededor de un eje: confianza en una palabra. No en una palabra cualquiera ni de cualquiera, sino en la palabra de quien al principio demostró ser fiable y que ahora de nuevo nos pide que creamos en la promesa de salvación que ha puesto en Jesucristo.
Si los negociantes del dinero necesitan razones para fiarse e invertir, el negocio del alma no le va a la zaga. Por tanto, me fiaré de quien no puede engañarse ni engañarme y creeré en su palabra, que es verdadera y digna de toda confianza.
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