Salvación

Seis verdades imprescindibles

Seis verdades imprescindibles
En realidad no sólo las cosmogonías paganas ponían un abismo insalvable de distancia entre cielo y tierra; la misma enseñanza bíblica daba pie a pensar algo así, dada la trascendencia absoluta de Dios y la volatilidad del hombre, por no hablar de la santidad suya y la pecaminosidad nuestra
La publicidad usa el calificativo de imprescindibles para promover la venta de ciertos artículos que son esenciales. Por ejemplo, para aficionados a la música clásica se crea una colección a la que se le da el título de ‘Clásicos imprescindibles’, donde aparecen los grandes compositores y sus obras maestras, o si se trata de cinéfilos entonces el título puede ser ‘Los imprescindibles del cine’, donde están los artistas y directores más famosos.

En el evangelio de Juan hay una expresión que Jesús usa hasta 25 veces y que es exclusiva de ese evangelio. Se trata de la expresión ‘de cierto, de cierto’, que es la traducción de ‘amén, amén’. Como la palabra amén tiene el significado de firme y seguro, la repetición de la misma supone el reforzamiento de esa idea. Dicho sea de paso, la tradicional noción de que amén quiere decir ‘así sea’ es defectuosa. Más bien quiere decir ‘así es’. Y hay un mundo de diferencia entre ambas nociones, porque la primera es un deseo o una aspiración, pero la segunda una certeza. Una aspiración puede realizarse o no, al tratarse de algo cuyo cumplimiento no está garantizado, pero una certeza descansa en la solidez de lo que no puede fallar. Este es el sentido que tiene la palabra amén.

Pues bien, hay seis de esos amén, amén que podríamos denominar las seis verdades imprescindibles que es necesario saber. Podemos quedar ignorantes de muchas cosas, pero sería fatal que ignorásemos estas.

  1. Que hay un mediador sin el cual no hay acceso al cielo (Y le dijo*: En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre.[…]Juan 1:51).
  2. Que allí no se entra gracias al mérito propio sino al nuevo nacimiento (Respondió Jesús y le dijo: En verdad, en verdad te digo que el que no nace de nuevo no puede ver el reino de Dios.[…]Juan 3:3).
  3. Que esa bendición se recibe por la fe en Cristo (En verdad, en verdad os digo: el que oye mi palabra y cree al que me envió, tiene vida eterna y no viene a condenación, sino que ha pasado de muerte a vida.[…]Juan 5:24).
  4. Que esa fe no es un mero asentimiento intelectual sino una apropiación de Cristo (Entonces Jesús les dijo: En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del Hombre y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros.[…]Juan 6:53).
  5. Que la verdadera libertad es de la esclavitud del pecado (Jesús les respondió: En verdad, en verdad os digo que todo el que comete pecado es esclavo del pecado;[…]Juan 8:34).
  6. Que para formar parte de la comunidad de los redimidos hay que entrar por Cristo (Entonces Jesús les dijo de nuevo: En verdad, en verdad os digo: yo soy la puerta de las ovejas.[…]Juan 10:7).

La primera de estas seis verdades está basada en la siguiente declaración: ‘De cierto, de cierto os digo: De aquí en adelante veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios que suben y descienden sobre el Hijo del Hombre.’1 Esta afirmación tiene conexión con la escena, casi 2.000 años antes, de Jacob en Betel2, donde él soñó con aquella escalera que unía la tierra y el cielo. Aquel sueño le mostró una verdad sorprendente, pues al ser cielo y tierra dos compartimentos remotos y distintos, se estaba acostumbrado a pensar que no había posibilidad de unión entre ambos. Así es como las cosmogonías de aquel entonces concebían ambos compartimentos.

En realidad no sólo las cosmogonías paganas ponían un abismo insalvable de distancia entre cielo y tierra; la misma enseñanza bíblica daba pie a pensar algo así, dada la trascendencia absoluta de Dios y la volatilidad del hombre, por no hablar de la santidad suya y la pecaminosidad nuestra. El abismo era, pues, doble: De orden ontológico, del ser, y de orden moral. El mismo protagonista de este sueño, Jacob, era prototipo perfecto de esa distancia infinita, porque su carácter y sus maneras de moverse en la vida no eran precisamente las de un modelo de ética y santidad.

Y sin embargo, es a este hombre al que se le anuncia esa gran verdad de que sí existe tal vinculación, ilustrada en la escalera, y por lo tanto de que hay una vía de comunicación entre Dios y el hombre, aun a pesar de su fragilidad e indignidad congénita. Aquí estamos ante una noticia de dimensiones colosales. Por supuesto, Jacob no sabe, no puede saberlo, qué o quién es esa escalera, pero la reacción que experimenta no es de alegría al conocer la verdad de la vinculación entre cielo y tierra; más bien es de miedo, porque tiene un conocimiento intuitivo de que ha estado frente a lo sagrado y excelso, lo cual le resulta abrumador e insoportable.

Pero aquí es donde la afirmación que hizo Jesús viene a despejar dudas y miedos, porque él es el mediador que une cielo y tierra, a Dios y al hombre. En primer lugar los une en su persona, por sus naturalezas divina y humana, y los une por su obra, al haber efectuado la reconciliación del hombre con Dios, mediante la sangre de su cruz. Lo que de otra manera sería pavoroso, tener a Dios cerca, se convierte en la mayor bendición, al recuperarse la comunión perdida con el Creador, por medio de la pacificación efectuada por Cristo.

Sí, el cielo está abierto y al estarlo está disponible todo lo que hay allí, incluido Dios mismo. Pero hay una vía de acceso y nada más que una. Es la del Mediador que ha hecho posible lo que de otra manera sería imposible. Una verdad imprescindible de la que pende toda nuestra existencia.

1 Y le dijo*: En verdad, en verdad os digo que veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subiendo y bajando sobre el Hijo del Hombre.[…]Juan 1:51
1 Y tuvo un sueño, y he aquí, había una escalera apoyada en la tierra cuyo extremo superior alcanzaba hasta el cielo; y he aquí, los ángeles de Dios subían y bajaban por ella.[…]Génesis 28:12

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Cuadro: El sueño de Jacob, por William Blake