Inspiración

El tweet de Dios sobre el misericordioso y el cruel

El tweet de Dios sobre el misericordioso y el cruel
La dificultad reside en ser misericordioso cuando se ha recibido crueldad; la facilidad en ser cruel cuando se ha recibido crueldad

Las acciones y actitudes que expresamos hacia otros tienen su repercusión en nosotros mismos, de modo que nada de lo que hacemos hacia los demás nos resulta ajeno. El primer favorecido o el primer dañado no es quien recibe el favor o el daño, sino el que lo ejerce. Es un factor muy a tener en cuenta en nuestras relaciones horizontales, porque quien sale ganando o perdiendo es el ejecutor, de tal modo que antes de emprender un determinado curso de acción es muy importante sopesarlo. El factor en cuestión sería el siguiente: El bien hace bien al que lo practica; el mal hace mal al que lo cultiva. Se trata de una regla universal e intemporal.

Esta regla significa que aunque el que hace mal espera que haciéndolo obtendrá bien, la realidad es que el mal mismo será su remuneración. Hay una acariciada esperanza por parte del que practica el mal, en el sentido de encontrar placer y resarcimiento al hacerlo; sin embargo, el pago que experimentará en sí mismo será el daño que esperaba producir en otro. Y de manera semejante, el bien ejercido hacia fuera, se traduce en bien hacia dentro, de modo que el que lo practica es quien se beneficia.

Hay un tweet de Dios que dice lo siguiente: ‘A su alma hace bien el hombre misericordioso; mas el cruel se atormenta a sí mismo.’ (El hombre misericordioso se hace bien a sí mismo, pero el cruel a sí mismo se hace daño.[…]Proverbios 11:17). El tweet viene a enseñarnos la vigencia de dos principios. El primero es que lo semejante produce lo semejante; el segundo es que el autor de una acción es receptor de la misma.

Por el primer principio aprendemos que así como las líneas paralelas nunca se juntan, del mismo modo del bien no puede salir el mal ni del mal el bien. Como el bien y el mal tienen dos orígenes totalmente diferentes, así sus resultados van en consonancia con dichos orígenes.

Por el segundo principio aprendemos que existe una identidad entre el autor y el receptor de una acción, no pudiéndose dar el caso de que se pretenda ser autor sin ser receptor. Lo que se da es lo que se recibe y lo que se hace es lo que se recoge. Se trata de una ley que es intrínseca; es decir, aparte de que haya un juicio externo por el que se remunerará a cada uno conforme a sus obras, ya hay en operación una norma por la cual el individuo se remunera a sí mismo. El misericordioso se hace bien; el cruel se atormenta. El primero es su propio bienhechor, el segundo su propio torturador.

Hay un caso de hombre que quiso atormentar a su prójimo y acabó él mismo atormentado, siendo su vida un continuo padecimiento por esa causa. El ejemplo de Saúl debiera servir de aviso, para no entrar en una dinámica por la que la obsesión de hacer mal a un rival, desemboque en la auto-destrucción. Resulta patético comprobar los perturbadores vaivenes a los que aquel rey estuvo sujeto, porque el objetivo de su vida se convirtió en eliminar a David. Lo implacable de su actitud hizo mella de tal manera en su propia personalidad, que no pudo escapar a sus letales efectos. El artífice de su destrucción fue él mismo, ya mucho antes de llegar al suicidio. Probablemente no haya un ejemplo más claro que el suyo en la Biblia, de cómo un carácter desequilibrado y compulsivo es el fruto de una acción continuada para perjudicar a otro. Al final, el perjudicador fue el perjudicado. Y el que un día fuera un instrumento para Dios, se convirtió en impedimento.

Pero hay otro caso de hombre que aun habiendo recibido mal por parte de otros, les pagó con bien y, al hacerlo, él mismo fue el primer favorecido. José tenía argumentos más que de sobra para tratar mal a sus hermanos y devolverles el pago que ellos le habían dado. La hora de su resarcimiento había llegado y fácilmente los podría haber destruido. Se dice que la venganza es un plato que se sirve frío, porque el vengativo la planifica cuidadosamente, no importándole que pase el tiempo y el ardor, aunque no dejando que su maligno propósito fenezca. Bien fría podía haber sido la crueldad de José hacia sus hermanos, del modo que lo fue la de ellos hacia él. Sin embargo, la grandeza de corazón de ese hombre, su perdón y generosidad, no solamente significaron la salvación para ellos, sino la salvación de él mismo, convirtiéndose en la figura clave para el plan que Dios tenía para esa familia. José no dejó que la amargura y el resentimiento hallaran cobijo en su corazón; no los alimentó, ni se regodeó con ellos. Al contrario, los desechó y, al hacerlo, él mismo salió ganando, al quedar libre de las rigurosas y despiadadas reclamaciones que la amargura y el resentimiento exigen al que los alberga.

Pero en esta cuestión del misericordioso y del cruel hay una dificultad y una facilidad. La dificultad reside en ser misericordioso cuando se ha recibido crueldad; la facilidad en ser cruel cuando se ha recibido crueldad. Toda nuestra naturaleza va en contra de lo primero y a favor de lo segundo. Por eso se hace preciso, primeramente, recibir una nueva naturaleza, esto es, un corazón nuevo que cambie esa tendencia, y luego ejercer y practicar la nueva disposición recibida, rechazando la vieja. De ello depende nuestro propio bien.