
La palabra tiempo en español posee, entre otras, dos grandes acepciones, teniendo que ver una con la cronología y otra con la oportunidad. La diferencia está más marcada en la lengua griega, en la que se emplean dos palabras diferentes, siendo una cronos y la otra kairos. Por cronos se entiende el tiempo cronológico y por kairos el momento oportuno, la ocasión conveniente. Por tanto, no cualquier tiempo cronológico es adecuado para una determinada acción, pues pudiera suceder que no fuera el instante apropiado.
La distinción es muy importante en todas las esferas de la vida. Por ejemplo, es evidente que la infancia es la etapa de la vida propicia para el adiestramiento, siendo un ejemplo destacado la extraordinaria capacidad de un niño para el aprendizaje de un idioma e incluso para el aprendizaje de dos o tres simultáneamente. Lo que a un adulto le cuesta horrores aprender y, a veces, aprender mal, un niño lo consigue de manera asombrosa, tal como refleja el conocido y gracioso epigrama de Nicolás Fernández de Moratín, que dice:
Admiróse un portugués
de ver que en su tierna infancia
todos los niños en Francia
supiesen hablar francés.
«Arte diabólica es»,
dijo, torciendo el mostacho,
«que para hablar en gabacho
un fidalgo en Portugal
llega a viejo, y lo habla mal;
y aquí lo parla un muchacho».
Pero de la misma manera que hay un tiempo oportuno para hacer determinadas cosas, también hay un tiempo inoportuno y desatinado para hacerlas, aunque la intención sea buena, pudiendo ser el resultado el opuesto al que se buscaba. Cuántas veces nos ha sucedido que queriendo transmitir algo bueno a alguien, lo que ha sucedido es justamente lo contrario, al haberse malinterpretado la motivación o el contenido de la acción, con el consiguiente enredo, chasco y confusión asociados. Y todo ello, por no haber sabido discernir el momento de hacerlo.
También puede resultar que aparte, o además, de lo improcedente del momento, también resulte desacertada la manera de hacerlo, con lo que se malogra el efecto buscado y hasta se convierte en lo contrario de lo intentado. Hay modos y modos de hacer una misma cosa, radicando la diferencia del resultado en la forma de llevarla a cabo.
Para que el tiempo y el modo sean idóneos a la hora de ejercer una acción, se precisa la sabiduría. Hay un tweet de Dios en el que se enseña cómo una buena acción se echa a perder totalmente, porque el momento y la manera son contraproducentes, y es el que dice: ‘El que bendice a su amigo en alta voz, madrugando de mañana, por maldición se le contará.’ (Al que muy de mañana bendice a su amigo en alta voz, le será contado como una maldición.[…]Proverbios 27:14).
El texto muestra cómo la acción se efectúa entre dos amigos, es decir, allí donde hay una buena relación entre dos personas, no existiendo el inconveniente de la animosidad o enemistad por medio, que facilitaría la mala interpretación. Teóricamente, se supone que entre dos amigos una buena acción siempre será bien entendida y si además esa buena acción consiste en una bendición, todo indica que el resultado será agradable. Amistad y buena acción parecen garantizar un buen fruto, pues todo son ventajas. Pero no necesariamente, pues incluso aquí se precisa cuidar el tiempo y la forma. Porque una bendición, es decir, una palabra buena e inspiradora, dicha intempestivamente en el instante menos adecuado, se convierte en maldición, o al menos así la acoge el receptor. La escena tiene algo de jocosidad, porque ¿a quién se le ocurre ir a horas desatinadas voceando, aunque las palabras empleadas puedan ser magníficas? El fastidio y malestar que provocan, sepultan su pretendida bondad y hasta la buena relación previamente existente queda perjudicada, por la imprudencia mostrada. La incomodidad producida convierte en odioso lo que supuestamente era obsequioso. Si así es cuando hay relaciones cordiales, ¿cuánto más habrá que cuidar la ocasión y el modo, cuando las relaciones son solo formales o distantes? Y no digamos, si las relaciones son espinosas.
Este tweet de Dios nos enseña una lección imperecedera: ha de haber una acomodación entre intención, sazón y manifestación. De lo contrario, lo excelente se puede tornar impertinente.
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