
Que es muy fácil hablar, es una experiencia que a todos nos es familiar; que nada hay más fácil que dañar hablando, es también una experiencia demasiado repetida; pero que no es tan fácil hablar saludablemente, es igualmente verdad. Si por algo se caracteriza la sociedad actual es por la profusión de palabras concebidas para hacer daño, ya sean orales o escritas. Tanto los que están en puestos de mando como los que están en puestos de a pie las usan sin discriminación y mientras antes solo las declaraciones de unos pocos tenían repercusión pública, porque solo ellas eran recogidas para ser publicadas, hoy, con la disponibilidad de lanzar al espacio virtual lo que cualquiera en cualquier sitio se le antoje decir sobre cualquier asunto, ese daño asciende en progresión geométrica hasta alcanzar cotas nunca imaginadas.
El perjuicio que pueden causar las palabras es inmenso, estando asociados algunos de los peores vocablos a su mal uso, tales como calumnia, mentira, murmuración, maledicencia o perjurio, cuyos resultados son letales, pues son capaces de matar una reputación, echar por tierra un testimonio, enturbiar una verdad, destruir una relación y propagar el error. Pero ese daño no se limita solamente al ámbito de lo particular sino que se extiende al comunitario, desde el familiar hasta el social y el nacional, quedando la atmósfera general cargada de un tóxico aire irrespirable que expande la muerte allí donde llega. ‘Hay muchos hombres cuyas lenguas podrían gobernar multitudes, si ellos pudieran gobernar sus lenguas’ dijo alguien. Tristemente la declaración se puede parafrasear así: ‘Hay muchos hombres que sin poder gobernar sus lenguas, están gobernando, o quieren gobernar, a multitudes.’
‘Un fuego’, ‘un mundo de maldad’, ‘un mal que no puede ser refrenado’ y ‘un veneno mortal’ son los calificativos con los que hace dos mil años se definió a la lengua. Como entonces no existía la tecnología actual, quiere decirse que el mal no está en la tecnología sino en la propia lengua en sí, con lo cual vamos a la raíz misma del problema, no a los síntomas.
Hay un tweet de Dios que tiene que ver con la locuacidad deslenguada y también con su contraria, siendo el que dice: ‘Hay quien habla sin tino como golpes de espada; pero la lengua de los sabios sana.’ (Hay quien habla sin tino como golpes de espada, pero la lengua de los sabios sana.[…]Proverbios 12:18). Andar dando mandobles a diestro y siniestro sería la imagen que evoca el tweet, pero como el instrumento que se usa es una espada, sus golpes son cortes que provocan heridas que pueden acarrear la muerte. Así es el uso indiscriminado de la lengua. Cada palabra que pronuncia es un tajo, cada frase una cortadura, con la consiguiente hemorragia de sangre que la acompaña.
La facilidad de desbocarse con la lengua la ilustra bien el caso del hombre más manso que se pueda pensar, que en un momento determinado perdió los papeles y soltó por su boca palabras que estaban fuera de lugar. En un arrebato de furia no controló su lengua y dijo cosas que le salieron muy caras. Satisfizo plenamente su fogosidad momentánea, pero pagó las consecuencias a la larga, porque por ese pronto perdió la oportunidad de pisar la tierra que le había sido prometida. En su fuero interno pensó que las palabras que pronunció estaban de sobra justificadas, pero al estar gobernadas por la pasión irrefrenable ya nacían desfiguradas. Hay algo irreversible en las palabras pronunciadas sin ton ni son, del mismo modo que es irreversible cuando se escribe un mensaje electrónico y se pulsa el botón de enviar, que por más que uno quiera, aunque solo sea un segundo después, revertir el proceso o detenerlo, ya no es posible, al escapar del control propio.
Pero frente al inmenso daño que hacen las palabras de los lenguaraces, está el colosal beneficio que producen los dichos de los sabios. El tweet de Dios afirma que esos dichos sanan. Es decir, es lo contrario que hacen los dichos de los lenguaraces, pues mientras los de éstos hieren los de aquéllos curan. Y esas palabras, cuando se aplican a las heridas que han provocado los lenguaraces, producen salud, trayendo cicatrización y restauración. Así que el mismo órgano, la lengua, que es capaz de hacer tanto daño, es también capaz de hacer tanto bien.
Por eso acudo cada día a la Biblia, para recibir esas palabras que sanan, algunas de las cuales ciertamente son duras, pero se trata de una dureza disciplinante y correctora, no destructora, salvo de lo malo que hay en mí, lo cual es medicina. Todo médico sabe que antes de que la sanidad acontezca es preciso emplear métodos agresivos hacia el organismo del paciente, mediante el bisturí que extirpa, en proporción directa a la gravedad del mal que le aqueja, no siendo tal agresión caprichosa sino necesaria para su bien.
Golpes de espada o medicina ¿qué es lo que produce tu lengua?
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