
Lo contingente fue un concepto que en los filósofos y teólogos de la Edad Media desempeñó un papel crucial en sus sistemas de pensamiento. Todo lo que tiene que ver con las criaturas es contingente, es decir, puede ser o puede no ser, dada la variabilidad y cambio a que están sujetas por causa de su finitud. De ahí que lo imprevisible sea característica fundamental de todo lo creado. En ese conjunto de cosas creadas se encuentra el tiempo, cuyo desarrollo supone un misterio que está más allá de nuestro conocimiento. La incógnita sobre el futuro siempre ha sido motivo de preocupación y ansiedad, dado que queremos tenerlo todo bajo control, porque de esa forma sentimos que nuestra seguridad está garantizada.
No es extraño que desde siempre hayan proliferado métodos, a cual más estrambótico, para conocer el futuro, desde la inspección de las entrañas de un animal hasta la lectura de las hojas del té, pasando por la bola cristal, las rayas de la mano, el horóscopo o las cartas del tarot.
Y sin embargo, al mismo tiempo que se procura conocer el futuro y que de esta forma no sea un amenazador interrogante, hay una injustificada certidumbre sobre el mismo, pues se dan por sentado cosas que de ninguna manera lo están y se da por hecho lo que nadie puede garantizar. Y de esta manera se vive cabalgando sobre nubes, soñando que son sólidas rocas, hasta que, en un momento dado, la realidad abruptamente nos despierta y caemos en la cuenta de que estábamos asumiendo mucho más de lo que debíamos asumir. Una enfermedad insospechada, un accidente imprevisto, un cambio no deseado y todo lo imaginado se va al traste. Y aquí no hay derechos que se puedan exigir, ni ventanilla de reclamaciones a la que acudir. Aunque, pasado el primer impacto del choque, siempre y cuando tal choque haya sido recuperable, se regresa otra vez al estado de semiinconsciencia y de confiado letargo, volviendo, de nuevo, a hacer presunciones infundadas sobre el futuro y alegremente andando sobre un campo que está minado.
Los locos años veinte, a los que habría que renombrar como los locos de los años veinte, serían un ejemplo de ello, pues nada más salir de una terrible guerra aquella generación se lanzó en una frenética carrera de euforia incontenida, cuando solo una década después aguardaba agazapada otra guerra mil veces peor. Hoy, cien años después de aquellos veinte, la locura es la misma, aunque lo que está por venir es mucho más aterrador.
Hay un tweet de Dios que nos avisa para no caer en semejante estado de confianza insensata y es el que dice: ‘No te jactes del día de mañana; porque no sabes qué dará de sí el día.’ (No te jactes del día de mañana, porque no sabes qué traerá el día.[…]Proverbios 27:1). El tweet nos recuerda la fragilidad de la vida humana, de la que aunque estadísticamente se puede hacer un cálculo de probabilidades en cuanto a su duración, no pasa de ser una estadística, que se quiebra en cualquiera y en cualquier momento. Es decir, el futuro es contingente; puede ser o puede no ser y la diferencia entre lo uno y lo otro no depende de nosotros.
Pero no solamente nuestro futuro es contingente, nos avisa el tweet, también su contenido lo es, porque no sabemos qué nos deparará el día de mañana. La expresión que literalmente se emplea es qué engendrará, usándose la ilustración de un embarazo del que se desconoce su resultado final. Es como si el día de mañana estuviera preñado, quedando en secreto lo que va a dar a luz.
El tweet nos enseña la dependencia y limitación a la que estamos sujetos, contrariamente a la acariciada idea de nuestra independencia e ilimitadas posibilidades. Ahora bien, si somos dependientes es que dependemos de algo o de alguien y si estamos limitados es porque algo o alguien ha impuesto esa limitación. Como no es razonable que algo sea el autor de tales realidades, se sigue que debe ser alguien quien las ha establecido. Y ese alguien es a quien se refirió el apóstol Pablo, cuando hablando a los de Atenas dijo las siguientes palabras: ‘Y les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación, para que busquen a Dios.’ (26 y de uno hizo todas las naciones del mundo para que habitaran sobre toda la faz de la tierra, habiendo determinado sus tiempos señalados y los límites de su habitación, 27 para que buscaran a Dios, si de alguna manera, palpando, le hallen, aunque […]Hechos 17:26-27). Prefijar significa establecer de antemano ciertas condiciones básicas y quien las establece no es la criatura sino el Creador, quien tiene la soberanía para determinarlas. Y la razón suprema para esa determinación prefijada, es suscitar en nosotros la conciencia de nuestra limitación y dependencia que nos impulse a buscar a Dios.
Así pues, la verdad de que somos seres contingentes no es una teoría de teólogos medievales enfrascados en sus abstrusos soliloquios, sino una verdad cuyo olvido será fatal, porque es hoy, no mañana, cuando hay que buscar a Dios. Mañana puede ser tarde o nunca.
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